1 ago 2011

Pecados de euforia y de pánico



Manzanares, 29 de octubre de 2009

Por Manuel Pimentel

Muchísimas gracias a todos y todas por estar aquí y participar en este acto en el que vamos a hablar de algo tan atractivo, y al mismo tiempo tan lejano o cercano como queramos, que es la ciudadanía. 
Ciudadanos somos por derecho y por nacimiento. Pero el ciudadano o la ciudadanía, y así lo entiendo además, conociendo al director de esta Escuela, Román Orozco, va mucho más allá de habitar o tener un carné de identidad, o un pasaporte. Conlleva un compromiso, una vocación, una participación, una voluntad de participar y ser en el bien colectivo que es el Estado, la sociedad, el municipio o la región.
Esta noche voy a hablar sobre algunos temas de actualidad: de la corrupción, que me preocupa mucho;  un poquito de economía, que también me preocupa mucho, y del papel de España, con sus riesgos y sus posibilidades. Terminaré haciendo una reflexión de carácter más político. 
Actualmente, me muevo en el mundo de los libros. No soy una persona de certezas. Tengo muchísimas dudas y carezco totalmente del don de la clarividencia. Por tanto, dudo continuamente.  De hecho, probablemente, pertenezco a ese grupo, muy odiado normalmente, de relativistas. 
¿Qué significa relativista? Yo intento hacer las cosas bien. Busco verdades, pero todas las doctrinas conllevan algunos principios hermosos, convenientes; algunos principios que han funcionado en determinadas circunstancias, pero que también conllevan a veces rigideces o dogmatismos o mal funcionamientos que hacen que pierdan parte de ese aroma beneficioso. 
Les va a hablar una persona que no pretende adoctrinar, que tiene dudas, que no tiene todas las certezas que le gustaría. Cuando una persona me dice esa expresión de “yo lo tengo clarísimo, esto lo arreglaba yo en cinco minutos”, pienso que efectivamente te puede arreglar la vida en cinco minutos, pero el que te arregla la vida en cinco minutos normalmente no lo hace para bien general, para bien tuyo, sino suyo. 
Una vez hecho este preámbulo de dudas, les hablaré desde una experiencia política limitada en el tiempo, pero intensa como todas las personas que están en política. La política no se puede vivir de otra forma que no sea pasionalmente. La política tiene una componente intelectual, pero no te deja tiempo para racionalizar, ni para pensar. Tienes que resolver mil conflictos. Esto hace que la política sea extraordinariamente literaria, shakesperiana.  Si leéis a Shakespeare, observareis que era pasión pura, la envidia, los celos, la pasión, todo puro, no hay masa sanguínea latiendo. 

En la política, aunque no en toda, hay mucha inteligencia, hay mucho juego de ajedrez. Pero tiene sobre todo un componente pasional puro. Ves las pasiones en su pureza. Yo intentaré hablar sin esas pasiones. Voy a intentar,  como a veces hay que hacer en la vida, salirme un poquito para hablar desapasionadamente de la dinámica política o de cual es nuestra situación. 
Otra impresión más: soy andaluz, me siento español, amo lo que significa España, la Hispania ancestral, y además soy optimista. En muchas ocasiones, soy una de las pocas personas que en algunos debates sigue teniendo bastante confianza en nuestras propias posibilidades, a pesar de la que está cayendo.
España es un auténtico milagro. Ahora mismo estamos todos muy deprimidos -perdonad que utilice el masculino, no quiero excluir a ninguna mujer y por eso pido disculpas-. Deprimidos por la crisis, consternados. No nos lo esperábamos. Yo no me lo esperaba la intensidad con la que nos ha caído la crisis. Esperábamos todos, quizás, la crisis de la construcción. Se venía contando: no era lo normal, construíamos mucho. Pero este tsunami financiero, el escándalo de las subprimes, la restricción del crédito, esta crisis internacional brutal, no nos la esperábamos. Por eso, nos hemos quedado un poco congelados. 
Las personas que han perdido el empleo sufren una situación durísima. Posiblemente habrá aquí algunos empresarios o pequeños empresarios, que también lo estarán pasando.  Todos estamos ahora mismo muy deprimidos y creemos que España no tiene futuro, que lo hemos hecho mal. Hemos vivido en una especie de orgía tremenda de la construcción. Parecíamos seres semovientes que solo sabemos construir y una vez que se acaba la construcción, no tenemos futuro. Estamos pasando ahora un momento anímico malo, como sociedad, que se expresa en varias facetas. 
En este momento malo, recuerdo un libro que he leído hace poco de Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (FED). Greenspan era un tipo muy poderoso, que hacía subir o bajar la bolsa con una declaración suya. Fue admirado y loado en su mandato y ahora está siendo muy criticado, porque se le achaca gran parte de la burbuja financiera. Supongo que haría cosas bien y cosas mal. Su libro La era de las turbulencias, está pues escrito por escribe una persona mayor, con muchísima experiencia. No cabe duda de que Greenspan es una persona inteligente, que escribe desde la sabiduría. 
Como sabéis, no es lo mismo sabiduría que conocimiento. Conocimiento es acumular información con capacidad de análisis. Sabiduría es lo que destila la vida. La persona con sabiduría y conocimiento es lo mejor, porque tiene más materia para destilar y la esencia que produzca será más aromática y más acertada. 

Greenspan, con su sabiduría, dice algo que me hizo pensar mucho y que cada día me creo más: en economía solo hay dos estados posibles, el de euforia y el de pánico y se pasa de uno a otro sin solución de continuidad. Viniendo de un liberal, después matizaba: por eso el deber del Estado, de  las instituciones, es atemperar los dos extremos, el de euforia, el de la curva arriba cuando nos sentimos guapos, ricos, simpáticos, nos comemos el mundo y el de abajo, cuando nos vemos como gusanos en el barro. Tenemos que atemperar lo alto y lo bajo. 
En la naturaleza humana  sucede igual: todos tenemos un grado e ciclotímico. Algunos días vemos el mundo estupendamente, nos sentimos bien. Otro día, sin saber muy bien por qué, nos vemos mal y el mundo parece que es más gris de lo que veíamos el día anterior. 
En economía, esto se acentúa aun más. Venimos de un tiempo de euforia. El mundo viene de un tiempo de euforia. España viene de un tiempo de supereuforia. Todos cometimos pecados de euforia. El pecado de euforia está muy extendido. ¿Cómo se peca de euforia? 
Nos entrampamos más allá de lo que debíamos, de lo prudente. Compramos más allá de lo que deberíamos. El empresario se entrampó o invirtió más allá de lo que debía. El consumidor consumió más…Esos son pecados de euforia. Por ello, cuando cambió el ciclo, nos pilló a todos endeudados, o pilló endeudados a un porcentaje alto de personas, Estados y empresas. 
Ahora estamos en una mala situación, estamos en pánico, estamos abajo. Pero ojo, también existen pecados de pánico. El pecado de pánico es: “no me muevo, no invierto, no gasto, no hago nada, me quedo en mi casa”. El pecado de euforia es más grave que el de pánico, porque cuando se comenten los grandes errores en la vida, normalmente, es en la fase de euforia. Pero el pecado de pánico es peligroso en una sociedad. 
En esta crisis ha surgido un debate muy interesante: el papel público en la economía, que respetando la libertad individual y de empresa, que son cosas fuera de todo debate en este momento, debe servir para atemperar, limitar, frenar un poquito la euforia cuando nos pasamos de rosca. 
Debe ayudar en estos momentos de pánico. Porque si no hay iniciativa pública ahora, no se movería absolutamente nada en este país.
Hago memoria de lo que ha pasado porque tendrá mucha influencia política en el futuro, la está teniendo ya. 

Nos situamos en el año 2007. Durante el verano, España todavía crecía fuerte. El crecimiento en los últimos en España nace en 1994, se acelera en 1995 y en 1996 ese crecimiento es muy destacado. Dura hasta el 2007. 
Hemos estado prácticamente 13 o 14 años con crecimiento económico muy fuerte, muy fuerte. Recuerdo la anterior crisis. En 1994, se llegó al 24%  de desempleo. Esos años, 93/94 no cumplíamos entonces ninguna condición exigible por Maastricht: deuda pública, inflación… o no sé qué otras historias. Si a mí, en aquel momento, a todos nosotros, nos hubieran dicho que España iba a tener 14 años de crecimiento tal que, a) el desempleo del 24% bajará al 8%, que es un paro menor que la media europea; b) la renta per cápita va a superar a la italiana; c) el crecimiento va a doblar al europeo. Si a nosotros nos dicen eso en el 93, no nos lo hubiésemos creído ninguno. Imposible. ¿Cómo, nosotros, españoles, tan cerrados y tal, podemos bajar tan drásticamente el desempleo?
Pero la realidad se impuso y situó el desempleo en 2007 en nuestro mínimo histórico, el 8%, por debajo de la media europea. 
En 2007 comenzamos a sacar pecho. Estábamos en la fase de euforia. Era normal. Nos veíamos guapos, presumíamos de ser más ricos que éste y que íbamos a ganar al otro. Normal, nos pasa a todos cuando estamos en euforia. Pero atención: los pecados acechan.
Si en 2007 me hubieran dicho, Manolo, en 2009 o incluso en 2010, porque todavía hay desgraciadamente un poquito de crecimiento de desempleo, en 2010 España va decrecer -4% y va a tener un desempleo del 20%, tampoco me lo hubiera creído. Ni en mi peor pesadilla hubiera podido sospechar, ni ningún analista sospechó, que en solo dos años aumentaríamos el desempleo de tal forma que nos dejara a todos absolutamente perplejos. 
Primera lección que te da la vida y que debemos aprender: 1) es imposible vaticinar el futuro en casi nada y mucho menos en economía; y 2) las crisis pasan de vez en cuando, volverán a pasar y de esta saldremos. Daré mi opinión, equivocada o acertada: durante unos años, volveremos a crecer, más lentitos; luego, la economía se irá recalentando. Volveremos a vivir nuevas etapas de euforia. Volveremos a vivir nuevas burbujas, porque el alma humana no tiene enmienda. Volveremos a tener crisis. 
Pero lo primero que tenemos que pensar ahora que estamos en crisis es: no pequemos de pánico. Debemos tener la convicción de que vamos a salir de ésta y por tanto hay que tomar decisiones empresariales, laborales, profesionales o personales, no creyendo que esto va a seguir para abajo para siempre, sino pensando que va a empezar a salir más pronto que tarde. Vamos a empezar a remontar lentamente, pero vamos a ir remontando. Esto es muy importante, porque si, por ejemplo, si en el mundo de la inversión alguien está pensando comprar una vivienda y es de los afortunados que le dan crédito, que ese es otro problema, es mejor comprar ahora que esperar a dentro de dos años porque piense que va a seguir bajando.
Segunda cosa que surgido con una fuerza tremenda: la deflación. La bajada de precios a causa de la depresión económica. Siempre hemos criticado mucho a los especuladores. Pero, ¿qué es un especulador? Es la persona que adquiere un bien, lo guarda y espera a que pase el tiempo y llegue alguien, lo compre y multiplique su valor. Hemos sido una sociedad especuladora. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Todos hemos vendido la casa de la abuela, vendimos un piso para comprarnos otro. Este año de, alguna forma, todos hemos tenido plusvalías por algún lado. Un porcentaje elevado de la población ha sido especulador. Esa alma especuladora la tenemos los españoles, es algo congénito. 

Cuando viene el ciclo hacia arriba, compres. Y lo compras, lo ves barato, porque dices: esto vale 10 y lo voy a vender por 12, pues lo compro. Nos hemos metido mucho con el especulador pensando que es una especie de parásito social, que no crea riqueza y que lo que hace es vivir de la renta.  Supongo que un poco de especulación está bien y que mucha especulación será mala. 
Ahora estamos viviendo un fenómeno que yo llamo de especulación inversa o antiespeculación, que es todavía más inmoral si cabe que la otra. Pero es también consustancial al ser humano y no puede evitarse. ¿Qué es la especulación inversa? Cuando se piensa así: yo puedo comprar, tengo dinero para comprar, necesito comprar, pero no compro porque creo que lo que quiero comprar va a bajar de precio; todo lo que yo pague hoy, lo voy a ver caro, porque mañana va a estar mas barato.
La especulación inversa, en la que estamos ahora mismo, tiene un componente muy sanguinario. Espero que lo que deseo siga bajando y lo compraré cuando el vendedor esté ya al límite, no pueda bajar ya más. El alma humana es especuladora para arriba y también para abajo. Ahora se está en ese fenómeno de especulación inversa que tiene un reflejo técnico que se llama deflación, que es la caída de precios, en la cual todavía estamos y esperemos salir pronto y volver a una mesura.
Todos estos ciclos muestran que las pasiones humanas individuales y colectivas tienen su reflejo en la economía. Como no podemos hacer nada por evitarlas, porque en el fondo tenemos mentalidad especuladora, los sistemas públicos tomar medidas que atemperen y equilibren esta materia.
Regresemos a 2007, en tiempos de euforia. Empezamos a ver cosas. Recuerdo perfectamente que iba en coche a la playa desde Córdoba y oigo o un palabro en la radio: subprime. Yo no tenía ni idea de lo que eran las subprime. Una forma de refinanciamiento o colocación de activos. En 2007 oigo ya por vez primera que hay una crisis financiera que arranca en los Estados Unidos, sobre la base de unas titulaciones de hipotecas de segundo y tercer grado, que son hipotecas basura y que por tanto no se van a cumplir. Oímos que esos activos estaban en los bancos, considerados como activos buenos, pero en realidad no valían nada, etc, etc,.. 
Nos dijeron que la crisis va a ser tremenda, pero la verdad es que no me lo creo. Pero efectivamente, había una crisis brutal que llegó a su punto más hondo en el otoño del año pasado (2008), cuando cae la compañía de servicios financieros Lehman Brothers y entonces cundió el pánico. Recuerdo esos días en los que las bolsas caían un 8% o un 9%,. Recuerdo esas imágenes de televisión, con los trabajadores de Lehman Brothers por las calles de Wall Street, con los periódicos en las manos, que recordaban las fotos del crack del 29, y aquellas colas del desempleo, todo tan absolutamente cinematográfico.
En mi entorno familiar, no sé aquí en Manzanares, aquello nos inquietó hasta el punto que hubo gente que creía que todos los bancos iban a caer y empezó a retirar su dinero del banco. En octubre del 2008 estuvimos al borde de una catástrofe financiera y económica. Entonces se produjo algo sorprendente: hubo una reunión del G-20, no sé si recordaréis, en la que de repente todos los países dijeron, oye, que tenemos que lanzar unos mensajes poderosísimos porque se nos viene abajo el mundo. Estamos hablando ya de un colapso superior al crack del 1929. 
Gobernaba por aquel entonces en Estados Unidos George Bush. Un neo-con (neoconservador), con una base bastante ortodoxa, liberal o relativamente ortodoxa-liberal, pues sería muy complicado matizar. Y si eres seguidor de una doctrina económica que entiende que el mercado se ajusta a sí mismo, en coherencia con tu pensamiento dejas caer las empresas que no funcionan. Que quiebren las empresas, ya nacerán otras. Por eso dejan caer Lehman Brothers
Las siguientes empresas en la lista, y en esto tengo buena memoria, eran AIG y Bank of América. En teoría, iban a caer también. Sin embargo, aquel gobierno neo-con no los deja caer. Empieza a meter dinero público. Se celebra una reunión urgente del G-20 y se toman varias medidas. Por cierto, una reunión a la que asiste España por primera vez, y de eso me siento muy orgulloso, de que estemos en esos foros internacionales. 
Las decisiones que se adoptan son: está justificado que el Estado adopte medidas fuertes, interviniendo bancos, nacionalizando bancos, no dejando caer ninguno nuevo, con estímulos fiscales, estímulos político-fiscales; que el Estado gaste ahora para que siga moviéndose dinero y siga moviéndose la actividad; bajada coordinada de tipos de interés; reforzar el G-20… 
Yo veía el espectáculo, y no salía de mi perplejidad. En aquel momento, un buen amigo mío, Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la CEOE, dice aquello de que había que hacer un paréntesis en la economía del mercado. Observaba un espectáculo que me tenía estupefacto intelectualmente: en 24 horas, cuando la necesidad aprieta los pilares más importantes del liberalismo, se adoptan fórmulas que van mucho más allá del keynesianismo clásico, de la intervención pública de demanda agregada. 
Vivimos un momento de asombro, que luego quedó muy matizado. Había pasado antes con la caída del muro de Berlín. De repente, la doctrina comunista falla, se ve que no con los tiempos. Y el liberalismo, falla, se hunden bancos, se intervienen. Inglaterra nacionaliza bancos, algo que nos llenó de inquietud. 
Ha pasado un año desde entonces. El panorama se ha serenado un poquito. Estados Unidos parece que sale;  Francia y Alemania están saliendo; esto se va remansando, aunque todavía hay dudas. 
Manuel Pimentel con el Club de Lectura de la Biblioteca
Los que seáis economistas, sabréis que el debate que tienen los economistas es si la recuperación es en V, que significaría que hemos bajado mucho y subiremos rápidamente; si es en W, es decir, que subiremos, bajaremos otra vez y después volveremos a subir. No hay ni idea. Pero de lo que no cabe duda, es que esto se ha estabilizado y estamos hablando de otro entorno en estos momentos. La reunión del G-20 fue la primera constatación de una intervención global, de la que nuestra generación hemos sido testigos. Cuando decíamos que el mundo era global y que hacían falta instituciones globales, pensábamos que este tipo de cosas era imposible ponerlas en marcha. 
Pero fijaos lo que significa que tantos países se pongan de acuerdo en el G-20. Normalmente son las grandes crisis o las grandes urgencias las que hacen que se den pasos de gigante. En esta ocasión, no es que se llegara a la convicción, pero sí hubo la urgencia de hacer, por primera vez, políticas globales. Esa reunión del G-20 fue una muestra de política global, todos los países importantes del mundo reunidos. Todos, incluido China, decidieron hacer algo simultáneamente, y al día siguiente los bancos centrales bajaron el tipo de interés en todo el mundo. Decidieron unánimemente comenzar una mayor regulación internacional para buscar transparencias en los mercados financieros, etcétera. 
No sabemos en qué quedará todo esto. Los pasos a veces son lentos, pero esa reunión fue una primera visualización de que, en efecto, el mundo era global y teníamos que tener instituciones globales. Esta es la primera idea que ha servido la crisis. Ya tenemos la imagen.
La segunda característica de este G-20 es la puesta de largo del poder de los nuevos actuantes internacionales, que son China, India, Brasil. Ya percibíamos el peso que tienen, y ahora se visualiza. Incluso le toca a China tirar del mundo para recuperarnos. En resumen, ya sabíamos que el mundo es global y ahora se ha visto la eficacia de la acción coordinada y global. Por tanto, si queremos ir avanzando hace falta tener unas ciertas políticas de regulación global, de transparencia global, y en el campo financiero, sin duda ninguna, una mayor responsabilidad global.
Otra conclusión muy importante: todos los partidos y todos los países, gobierne la izquierda, la derecha, el centro-derecha o el centro-izquierda, adoptan políticas muy similares. Por tanto, el consenso en torno a que el Estado está legitimado para intervenir, que es necesaria la intervención cuando la economía aprieta, es un factor importante.
¿Mientras, qué ha pasado en España en este tiempo?
En España hay algunas cosas que han funcionado sorprendentemente bien y algunas que han funcionado francamente mal. 
En los años de euforia, España ha hecho algo muy bien: se fue quitando deuda. Hemos tenido superávit y el Estado fue pagando deuda. Ha llegado a esta crisis con una deuda pequeña, un treinta y tantos por ciento del producto interior bruto (PIB). 
Sin embargo, las empresas y las familias teníamos encima una deuda brutal que nos asfixiaba. Eso significaba que los bancos, como el ahorro nacional no daba para financiar todo eso, tenía que tomar dinero de fuera. Al llegar la crisis, el dinero que llegaba de fuera, no solamente no viene, sino que los bancos españoles tenían que devolver lo que habían pedido antes en el exterior. 
Esta es en parte la justificación de que el crédito, además de que no se fía ya, se haya cortado absolutamente. 
Además de una España endeuda y sin crédito, teníamos un problema: la construcción. En este país se construía más que en el resto de Europa. Y de repente, se pasa de construir mucho a no construís nada. Si me preguntan, ¿quién se va a pegar el tortazo mas grande en actividad económica en Europa?, yo hubiera dicho España.
Pero España no es solamente construcción, afortunadamente. Esa es la parte positiva. La negativa, que nos debería escandalizar como ciudadanos, es que hemos pasado de un paro del 8% al 20%. No podemos convivir pacíficamente, ni resignarnos. Porque países como Alemania, que han tenido un crecimiento económico peor que nosotros, ha caído un 6% y nosotros un 4%, tiene un 9% de paro, como la mayoría de Europa. Hay muchas causas: la construcción, la temporalidad, la baja productividad…
Somos un país con un gran problema económico que no podemos darle la vuelta. No tiene ningún sentido que un país europeo tenga una tasa de desempleo del 18, del 19, o del 20%, El siguiente país que nos sigue es Irlanda, que tiene un 12,5%. Por tanto, la preocupación básica, importantísimo ahora mismo de nuestra ciudadanía, debe ser: esto no nos puede volver a pasar. 
La cuestión es ¿qué tenemos que hacer para que no vuelva a pasar esta tragedia? No hay recetas mágicas, no es cómodo, no es fácil, exige mucho consenso y mucho esfuerzo, pero necesitamos un debate y previamente un acto de voluntad: reconocer que algún problema grave tenemos para llegar  a un 20% de desempleo.
El debate político actual en materia económica es muy menor. ¿Por qué? 
El Gobierno ha hecho un presupuesto para el próximo año (2010) muy continuista. No da la impresión de querer meterse en mayores problemas. Ha tomado alguna medida, excepcional y de urgencia, que hemos apoyado todos, como el plan E. ¿Qué es el plan E? Antes lo comentaba con vuestro alcalde: hacer obras en los pueblos.
Como  estamos atravesando un momento de extrema gravedad, ponemos dinero en circulación para que haya trabajo. ¿Cómo se pone dinero en circulación rápidamente para que haya mucho trabajo? Pues haciendo obras en las ciudades, en los municipios, en los pueblos. Eso no es nada novedoso. Pero ha permitido poner en marcha, y lo hemos apoyado todos, aunque sabemos que no es la solución, muchos puestos de trabajo en los pueblos de España.
Por otro lado, hay otra medida que está bien: se preserva el gasto social. Habría sido una catástrofe quitar prestaciones sociales o reducirlas. Está bien. Pero veo también en el Gobierno cierto conformismo, No se vio venir la crisis y una vez que estamos en ella no veo voluntad de hacer una reflexión muy sencilla: tenemos algunos problemas profundos y tenemos que ponernos a trabajar. 
Si miro a la oposición, tampoco está ahora mismo haciendo su tarea. Está en otros menesteres: sus guerras internas, Caja Madrid, el caso Gürtel, no se qué historias de liderazgo. No está en su mejor momento, lo cual hace que cuando los ciudadanos miran arriba, a los padres y las madres de la patria, no perciben que su problema, el que tienen en su casa, sea la prioridad en estos momentos de nuestra clase y de nuestro sistema político. Y muchos de esos ciudadanos lo están pasando muy mal. Los parados, los autónomos, las empresas, lo están pasando canutas. A muchos les embargan sus casas y miran a sus mayores y no ven que se ocupen de sus problemas. 
A mí también me pasa muchas veces. Como editor, a final de mes las paso canutas. Y si miras arriba, ves que tu problema no es prioritario. Por ello, creo que, como ciudadano, tenemos que exigir muchas cosas, una de ellas es muy básica: que se ocupen del empleo. 
Tenemos un problema muy grave y debemos solucionarlo. Podemos solucionarlo. El entorno internacional está cambiando. Empiezan a pasar algunas cosas buenas y nosotros tenemos un potencial que deberíamos utilizar. 
Estos días hemos tenido una mala experiencia en el diálogo social en España. Pero sabéis que el modelo europeo, aparte de la Constitución que ahora se está haciendo, hay grandes consensos sociales, en los que se fundamenta Europa. Aparte de los criterios de libertad y de respeto a los derechos humanos, que son fundamentales, está la mirada a la tradición liberal, que nace en Europa
Defendemos la iniciativa privada y la libre empresa, pero en equilibrio y conviviendo con los derechos sociales, los derechos de los trabajadores. ,
El Estado del Bienestar, que es la mirada hacia los movimientos de izquierda, nace también básicamente en Europa. Es un equilibrio inestable, pues los partidos de centro-izquierda cargan en una mano y los de centro-derecha en la otra. Nos peleamos, y ese equilibrio siempre será inestable,  pero ese gran consenso está muy metido en la sociedad: libertad de empresa, el Estado como árbitro y derechos sociales. Eso en el mundo laboral se llama democracia industrial. Es una palabra un poco antigua, pero en fin, así se llamaba en los manuales que leíamos en la universidad. Se articulaba a través del diálogo social, de ahí que, aunque tenga mala fama a veces, se dice que las acciones empresariales y sindicales tienen una importancia fundamental en los sistemas europeos. Porque de alguna forma son los contrapesos de esa balanza entre empresas y derecho social. Es muy importante. Yo le tengo mucho respeto a ese juego. Tenemos organizaciones  empresariales muy respetables y muy dignas y tenemos organizaciones sindicales muy respetables y muy dignas. A veces aciertan y a veces se equivocan, pero en ese juego siempre se respeta.
En este caso, en España, desafortunadamente, no se pudo llegar a un acuerdo. No satanizo a los empresarios, tienen sus razones y los sindicatos las suyas. Pero creo que no ha sido acertada la crítica feroz del Gobierno a la postura empresarial. Debería haber tenido un poco más de mano izquierda para reconducirlo. Una vez dicho esto, creo que se reconducirá. Este debate es importantísimo y en este momento más que nunca. 
Por terminar con el capítulo de teoría político-económica, diré que estamos en un momento en donde el más importante partido de la oposición está en sus menesteres; el Gobierno tengo la impresión de que espera que el año 2010, aunque no va a ser bueno, no será tan malo. Cree que no haciendo demasiado eso se va a cumplir. Tengo la sensación de que el Gobierno no quiere arriesgar, porque en el fondo sabe que se va a cumplir esa recuperación. 
Ahora que hemos terminado un ciclo, es verdad, hemos terminado el ciclo de la construcción, (por cierto: no todo ha sido tan malo, ha habido muchos abusos, pero no todo ha sido tan malo), ahora deberíamos sentar las bases de un nuevo ciclo lo mas prolongado posible, más estable. 
Al igual que hubo en su día unos Pactos de la Moncloa, creo que es el momento de que nos sentemos y hagamos un gran acuerdo para sentar las bases de un nuevo modelo económico en España. Las bases de los factores productivos, los factores de competitividad, la productividad, la formación, la educación, las condiciones laborales. Esto parece ahora que es imposible, pero no sabéis las cosas se pueden conseguir desde posturas distintas. 
Pero afortunadamente esto es una democracia y cuando se sienta la gente con un fin único, se consiguen grandes logros. Creo que deberíamos hacer, en fin, lo algunos llaman un nuevo pacto de la Moncloa, un pacto de Estado, y además hacerlo con un consenso razonable. Si en vez de estas sensaciones que recibimos ahora, hubiera un pacto de Estado de estas características, que incorporara factores de economía productiva, de investigación, de mercado de trabajo, fiscales, de inversión pública, de gastos, el mensaje de esperanza y optimismo que lanzaríamos a la sociedad sería tremendo. 
De ahí viene mi optimismo, mi gran confianza en España. Ahora estamos depres y creemos que España se va a quedar atrás. Probablemente, sí, saldremos un poco más atrás. Pero tenemos varios activos muy importantes, pues ya son muchos años creciendo: tenemos unas infraestructuras equiparable a las mejores de Europa, carreteras, AVE, aeropuertos… 
Nuestro nivel de educación mejorable, pero ha mejorado sensiblemente. Nuestro nivel de apertura al exterior ha mejorado sensiblemente. Nuestra sociedad, no toquemos temas morales, que eso es más complicado, pero hay más sociedad, gente más formada, gente más concienciada en estos temas. Tengo la sensación, si nos miramos, que la España de hoy está más preparada y es mejor que la España de hace veinte o cuarenta años. En líneas generales, diría que sí. Seguro que hay algún capítulo que no, pero yo diría que sí. Esto me hace pensar que podemos hacer todavía grandes cosas, que esto no está todavía, ni mucho menos, acabado, ni mucho menos cerrado. Pero, claro, eso  conlleva cerrar un ciclo y ponernos a pensar y fundamentar esta nueva etapa que deberíamos de comenzar ahora.
Aunque soy optimista sobre las posibilidades, no soy nada optimista de que con la realidad política actual, este enfoque sea una prioridad. Los unos, porque están en una situación de continuidad cómoda para ellos y los otros porque están en una prioridad que no es exactamente el debate político-económico de la nación. 
En este punto entro en una materia que comentaba Román en su presentación: la perplejidad que nos causan los casos de corrupción. 
Los casos de corrupción municipal, que es la más nueva, lleva ya años, pero se está extendiendo peligrosamente. Pero hagamos algunas matizaciones previas: en la política municipal hay muchísima gente muy honrada, la mayoría. Sería injusto y frívolo no reconocerlo. La mayoría de las personas que están en política lo están por convicción, por deber, y les debemos agradecimiento. No hay ningún problema.
Pero también es verdad que ya son muchos y muy continuados, que además afectan a todos los partidos, los casos de corrupción. Visto desde fuera, podemos ir lanzando algunas teorías: no son casos aislados; hay algo de sistémico; hemos desarrollado una cultura, o unas instituciones, o nuestra urdimbre político-administrativa y nuestro nivel social o moral han permitido o han empujado que aparezcan estos casos de corrupción, que son bastante extensos. Además, uno tiene la sensación de que irán saliendo más. Que ni mucho menos están todos los que son, aunque, probablemente, si sean todos los que están. En esta materia hay tres niveles y los tres afectan a los derechos de la ciudadanía.
Hay en estos casos tres niveles: uno: el político, el sistema político. Cuando digo político, me refiero al sistema, a las leyes que regulan la política, porque entre las personas que están en política, como entre las que están en una comunidad de vecinos, hay buenas, malas y regulares. Pero, en general, la inmensa mayoría de gente que entra en un partido entra por ideología, por motivos nobles. 
Después llega la realpolitik que te hace que tengas que tomar decisiones a veces no tan en coherencia con tus valores. Pero la gente que milita en los partidos es gente buena y los partidos son fundamentales en una democracia occidental. Por tanto, hacen falta los partidos. Son necesarios. 
Pero quizá durante la transición, como hasta entonces no había habido partidos políticos, y había que fortalecerlos, creo que les dimos demasiada protección, en el sentido de que permitimos que se asentaran una partidocracia. No es que los partidos sean malos, que son buenísimos, pero no les hemos puesto un contrapesado. 
El poder de este país está en manos de los partidos, no de las instituciones. Son los partidos los que controlan las instituciones y controlan a su vez los propios órganos que los controlan. Cuando dicen: ¿es que el Tribunal de Cuentas no fiscaliza las cuentas de los partidos? Hombre, pues claro que las fiscaliza, hasta el punto en que se pueden fiscalizar, porque normalmente se fiscalizan las operaciones en dinero A, no en dinero B. 
Pero en el Tribunal de Cuentas o en la Cámara de Cuentas, sus vocales están nombrados por los partidos políticos. Lo mismo sucede en la televisión pública. Debe ser mas neutral, pero ¿quién nombra a los consejeros de las televisiones? Los partidos. Lo mismo en el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ)
Hemos creado la ficción de que son órganos de extracción parlamentaria. Pero ¿quién nombra a sus señorías? Los partidos. Como nuestro sistema es de listas cerradas, sabéis los que militáis en un partido, que es el partido el que dice quién va en la lista y quién no. , 
Y si te ponen el número cinco sales y si te ponen en el número seis no sales. La gente vota al partido. Si no eres dócil, no te van a poner. Si lo eres,  sí. Por tanto, es el partido quien diseña la composición de los parlamentos. Una vez que estas dentro, y eso no lo sabe la gente, el diputado no tiene ni libertad de voto, ni de iniciativa. En la Cortes españolas, un diputado no puede formular ninguna pregunta que no vaya sido visada por su grupo parlamentario. ¿Y quién controla el grupo parlamentario? El partido. Por tanto, si no te visan la papela, no hay no hay pregunta. 
El control del partido es total. ¿Existe una división de poderes? ¿Existe un poder legislativo? Formalmente, sí, y efectivamente aprueban la ley y hay un debate. ¿Pero, materialmente el poder legislativo es distinto al de los partidos? No, es el mismo poder. No hay división de poder, es el mismo. 
El ejecutivo es el mismo que manda en el partido. El señor González o el señor Aznar o el señor Zapatero controlan el partido y el ejecutivo, por tanto, es la misma cosa.
Miguel Ángel Pozas, Manuel Pimentel, Antonio Caba, Alfonso Gallego y Román Orozco
Los jueces son independientes y por tanto no vale esta aplicación tan estricta, pero ¿quién los órganos de los jueces, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), o los miembros del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional? Básicamente, esos cargos son de extracción parlamentaria, es decir, son los representantes del pueblo quienes los designan. Pero, ¿quién decide de verdad? Todo lo que procede de la extracción parlamentaria lo deciden los partidos. 
Por lo tanto, vivimos en una partidocracia. El poder reside en los partidos, y no tiene contrapeso. No se siente observado, ni controlado por nadie. Ese es un tema que debe preocuparnos a la ciudadanía.  
Los partidos son importantes, necesarios, tenemos grandes partidos y la gente que está en los partidos es fabulosa. No tengo nada que decir, salvo que no están controlados. ¿Cómo podríamos equilibrar ese poder? Intentando que los órganos no sean todos de estación parlamentaria o buscando otro sistema democrático de representación. Por ejemplo, que el Parlamento tenga capacidad de nombrar el cuarenta, el cincuenta por cien de esos cargos. Pero hay que contrapesar ese poder. 
Los partidos deben sentirse observados. Porque la competencia entre ellos es grande. Hay que financiar campañas electorales y las tentaciones son múltiples. Buena parte de los dineros que salen de la corrupción, en muchos casos se lo llevan, perdónenme la expresión, calentito los desalmados. Pero muchas veces esos fondos son para financiar un acto del partido, para un mitin, o para pagar los carteles de los candidatos. No sé qué historias. Esto está bastante extendido, muy extendido. Y se hace sin sensación de pecado. El del partido le dice al empresario: “oye, mira la factura de esta empresa, págamela tú…”. No hay sensación de pecado, está muy extendido, no se sienten observados, no se sienten penalizados. Parece que todo vale.
Por ello, insisto en esta reflexión ciudadana: defiendo los partidos y además creo que no tenemos problemas ni de personas ni de partidos. Pero creo que haría falta alguna reforma de cierta entidad para contrapesar su poder. Que se sientan observados. 
Otro asunto que me preocupa y del no tengo una opinión formada muy clara: el Parlamento es aburridísimo; sabes perfectamente lo que va a salir en una votación, porque sus señorías no deciden nada. Pero el debate es muy importante. Porque el debate es abierto a los ciudadanos, y es importante lo que se traduce a los ciudadanos a través de la televisión de esos debates. Pero allí, en los debates parlamentarios, no se convence a nadie. 
Un partido tiene 48 votos, otro 62 y un tercero otro 34 y sabes perfectamente cómo quedar la votación. Nunca hay errores. Sí alguna vez un diputado vota en contra de lo marcado por su partido, lo multan, lo quieren echar, se le acusa de traidor. 
Hay otros tipos de parlamentos en los que el diputado tiene una mayor libertad. Con todas las limitaciones, me gusta mucho más la libertad. Yo no tengo miedo. Pero otras personas entienden que lo bueno es este bloque monolítico, donde todo se controla. 
En muchos debates parlamentarios los escaños están bastante vacíos, lo que irrita a mucha gente. Los ciudadanos se preguntan: ¿dónde están sus señorías? Sus señorías están trabajando en los despachos, atendiendo a gente. Porque en el salón de plenos no pintan nada. ¿Qué pintan oyendo cuatro horas un debate, si al final suena un timbre en los despachos avisándoles que se va a producir la votación? Entonces, corremos todos, nos ponemos en el escaño y miramos al portavoz: si levanta un dedo, se vota sí;  si son dos, se vota no; si son tres, abstención. Delante suyo tiene tres botones y algunos se equivocan, por cierto, al pulsarlos. Este sistema le quita frescura al parlamento. Aquí hay un campo en el que debemos avanzar para equilibrar el poder de los partidos. 
Otro tema interesante es el administrativo-legal. La Administración tiene que regular y controlar, tiene que autorizar actividades o no. Hasta ahí de acuerdo. Pero, claro, en cuanto todo dependa de una licencia, loa ciudadanos se terminan topando con la Administración para cualquier cosa. 
Quiero aclarar una cosa: cuando hablamos de corrupción, normalmente nos referimos a la corrupción urbanística. Es la más importante y la que ha movido más dinero. Que pongan la raya aquí o la pongan allá, puede hacer de un campesino humilde, que vive de tu trigo, de sus gallinas, un millonario. Esas rayas las ponen las personas. Y la decisión de poner raya de suelo urbano, de suelo rústico, de suelo protegido, es muy importante. Por eso, ahí ha habido mucha corrupción y buena parte la conocemos. 
Pero no solamente hay ese tipo de corrupción. Hay otra de mucha menor intensidad, pero mucho más extendida. En cuanto todo dependa de una decisión administrativa, que tiene que depender, pero si la administración no va al mismo ritmo que la vida, la hemos fastidiado. 
Cualquier negocio necesita una licencia. Pero muchas veces el Ayuntamiento tarda dos o tres años en dártela. Tienes que poner velitas a la virgen para que no te pase nada en el negocio mientras llega la licencia, a los tres o cuatro años de estar el negocio funcionando. Os parecerá increíble, pero funciona así en muchísimos sitios. 
Durante todo ese tiempo dependes de la decisión de una persona. Comprendo que la Administración tiene que desempeñar esa función, pero debemos pedir, como ciudadanos, que el sistema sea mucho más objetivo y mucho más transparente, que no dependa todo de la voluntad de alguien, y que además vaya al ritmo que marca la vida. 
Nuestro entramado administrativo-legal, bien intencionado en principio, tiene otro aspecto singular. Somos de uno de los países que más permisos y controles de la Administración tiene a priori pero de los que menos tienen a posteriori. El sistema desconfía del ciudadano y le pide mucho para hacer cualquier cosa, pero después no lo inspecciona. En otros países, se confía más en  el ciudadano, se le exige menos, pero después se les inspecciona mucho más. Son modelos distintos y no sé dónde estaría el equilibrio. 
Pero cuando uno va viendo tanta corrupción en tantos municipios, no solo es el sistema político lo que falla, falla también el sistema administrativo-legal, por decirlo suavemente, que no garantiza, ni la agilidad, ni la transparencia, ni la objetividad. Porque tú no sabes si tus derechos se está respetando; en el fondo, no sabes por qué razones te van a dar o no los permisos que necesitas. Pero en un Estado de Derecho deberíamos tener muy claro lo que es sí y lo que es no, para que acudas con tranquilidad a resolver tus problemas con la Administración. 
Otro tema que me preocupa es el estado de moral ciudadana. Porque a menudo comprendemos, compartimos, toleramos o convivimos con cierto grado de corrupción, como se ha visto en algunos casos, como los de la trama Gürtel. Eso estaba muy extendido y lo debían saber muchas personas y nadie decía ni denunciaba nada. Además, como ha dicho Román, en muchos casos hasta se premia a estos personajes votándolos, lo que representa una renuncia ciudadana espectacular. 
Hay que decir claramente: mire usted, no vote a los corruptos, no los vote, échelos a su casa. Ese sería un primer salto ciudadano. Sin embargo, paradójicamente, y no lo entendemos, son muchos los ciudadanos que votan a esos políticos corruptos, que votan a estos partidos porque creen que los representan. En el fondo, como dan por hecho que todos los políticos hacen lo mismo, creen que los suyos estos van a luchar más. 
A corto plazo, estos personajes corruptos son muy efectistas: arreglan las calles, hay seguridad  en el pueblo, incluso hay una apariencia de prosperidad, que genera una cierta connivencia ciudadana. 
En democracia, quien gana los votos, gana las elecciones. Por ello, entre los votantes debería haber un compromiso de que a este tipo de personajes, ni agua. La acción más obvia que tenemos es votando: mire usted, pues no lo voto, no lo voto. Desgraciadamente, en muchos casos se les vota.
Y luego culpamos de todo al Gobierno, incluso de la lluvia. Como dicen los italianos, piove, porco Goberno (¿Llueve? ¡Cochino Gobierno!). ¿La culpa de todo es del Gobierno? Pues, mire usted, el Gobierno tiene parte de culpa, sin duda ninguna, y las leyes también, pero nosotros también. 
Los que sean empresarios, lo sabrán. Siempre que hay elecciones, alguien da, hay mucha gente que da y muchos incorporan ese gasto como un costo de producción más. Pero no se puede permitir, no debemos hacerlo. Si la competencia lo hace, porque ese argumento de ‘es que si yo no pago, se lo darán al que sí pague’, debemos denunciarlo. 
Los ciudadanos tenemos cierta capacidad para denunciar estas cosas. Hay instrumentos legales para hacerlo y de hecho muchos de estos escándalos han saltado cuando ha habido ciudadanos que han protestado o han denunciado. Todos tenemos en este tema una gran responsabilidad. 
La corrupción urbanística hasta ahora ha sido muy acusada, muy ostentosa. Ha sido nuestro petróleo. Probablemente, en los próximos años, no habrá. Pero surgirán otras formas, aparecerán nuevos campos para abonar las corruptelas. Miren lo que ha pasado con la industria fotovoltaica y los molinos de viento. Ya hay varios gobiernos locales afectados. Cada vez que aparece un boom, que se necesita una licencia, a ti sí te la doy, a ti no, hay diez mil kilovatios perdidos. Ya habéis visto varios cargos también en la cárcel por esta materia. 
El problema es que la tolerancia moral va incrementándose. Porque aquí se antivota. ¿Qué significa el antivoto? Pues que yo voto con tal de que no venga la derecha pérfida o con tal de que no venga la izquierda malvada. No me gusta mucho el señor Rajoy, pero lo voto porque Zapatero ¡a ver si se va ya! O voto a Zapatero, aunque piense que se ha equivocado, no vaya a ser que venga Aznar o quien sea. 
También funciona mucho entre nosotros el retrovoto. La gente, al final, se tapa la nariz y vota. Pero deberíamos castigar a los partidos cuando no nos gusta lo que hacen. Deberíamos castigarles. Pero eso se hace muy pocas veces, la verdad, y a las experiencias me remito. Como aquí antivotamos, y el otro siempre es malvado, pues siempre castigamos al otro votando al nuestro en un porcentaje muy alto. Por eso las elecciones las deciden ese porcentaje de ciudadanos que unas veces no vota o cambia de voto. 
Los dos grandes partidos tienen unos hooligangs (hinchas) que son fijos. Pero otras personas oscilan su voto, de uno a otro partido, según las circunstancias. Esas personas son muy importantes, las que dicen pues ahora sí, ahora no, ahora voto a este, ahora voto al otro. El voto sigue siendo muy importante. En vez de decir no voto, hay que hacer un ejercicio de ciudadanía, pensar bien tu voto, y dárselo a la persona, a las siglas que consideres mejor en ese momento. 
Por último, y quizá porque yo también lo necesite, quiero hacer un canto de optimismo en nuestras posibilidades. 
Vivo en una España que ni mi abuelo, ni mis padres jamás pudieron sospechar. Aquí hay personas de mi pueblo de Algodonales, de donde procede mi familia. Es un pueblo muy humilde de la sierra de Cádiz. Un pueblo de una pobreza similar a la de otros de la sierra.  ¿Quién nos iba a decir que estaríamos como estamos en estos momentos?  Este ha sido el trabajo de una o dos generaciones,  que lo han hecho bien: ha habido una transición, hemos conquistado la democracia, hemos entrado en la Unión Europea… 
Por cierto, hay un libro muy interesante, de Javier Cercas, Anatomía de un instante,  en el que el autor viene a decir que se construyó una democracia imperfecta, pero probablemente era la única posibilidad de aquel momento. La transición ha sido buena, porque hay que tener en cuenta que venimos de dónde venimos, de una guerra civil. Y en el siglo anterior, el XIX, también tuvimos un montón de guerras. En fin, que éramos expertos en desangrarnos los unos a los otros. 
Y de repente, llega cierta concordia y se produce un desarrollo espectacular del país. Ahora, en estos momentos, tengo la sensación que nos hemos venido un poquito abajo por las circunstancias y la crisis. Parece que se nos ha caído el modelo. Estamos cansados, hemos corrido mucho, y es ahora cuando tenemos que hacer una reflexión ciudadana. 
Porque una generación ha participado mucho den este cambio, a otros nos han dado bastante hecho el modelo. Pero ahora se tiene que incorporar la gente joven, que debe empujar y pensar cómo va a ser la España de los próximos años,  en un escenario europeo. Una España que debemos procurar que siga existiendo desde la libertad, desde el respeto a cada territorio. Para ello, tenemos que sumar y seguir avanzando en democracia, en derechos, en igualdad.

Hay problemas urgentes a resolver. La sostenibilidad y el medioambiente, por ejemplo. O el modelo económico. No podemos quedarnos quietos. Nuestra sociedad no merece que nos quedemos paralizados por comodidad, por miedo, por apriorismos ideológicos, por esperar que caiga el adversario, por ganar yo las elecciones y húndete tú, por el que mientras peor, mejor. Que cada uno que se aplique el cuento.
Tengo la sensación de que de alguna forma se termina un ciclo amplio. Aunque en algunos aspectos le queda aun mucho recorrido, en otros tenemos que hacer un ejercicio de responsabilidad ciudadana, que no hacemos, para abrir nuevos cauces. Cuando un país tiene un 20% de paro, un paro que dobla al europeo, y veo cómo nos estamos, en el fondo, adaptando pacíficamente y sin rebelarnos, es porque somos un país raro. Por ello, debemos decir a nuestros mayores, señoras, señores, aquí hay país, no nos vamos a quedar quietos, no somos flojos, es mentira, tenemos ganas de trabajar, hay formación, no somos un país de economía sumergida. Por cierto, que está creciendo la economía sumergida y es nuestro deber que no crezca. 
Concluyendo: debemos empujar todos, tomar la iniciativa, hablar y debatir de todas estas cuestiones, de la política, de nuestra propia responsabilidad. Esa es creo una de las grandes aportaciones y originalidad de esta Escuela de Ciudadanos. Por el enfoque que le ha dado Román, se puede hablar de todos estos temas. Decir lo que pensamos y aunque seguramente no estaremos de acuerdo en muchas cosas, bendita democracia. Para esto estamos, para debatir y coincidir o no, Pero siempre desde el respeto, el sosiego y sobre todo desde la responsabilidad individual y el convencimiento de que cada uno, en nuestra propia vida y nuestras circunstancias, podemos hacer más de lo que creemos por el bien común. 
¡Muchísimas gracias!

14 jul 2011

Vídeo. Presentación libro: Cómo ser un buen ciudadano




Presentación del libro Cómo ser un buen ciudadano


Vídeo. Conferencia Javier Reverte



Conferencia de Javier Reverte
Manzanares, 8 de mayo de 2009


Cartel Javier Reverte




Manzanares, 8 de mayo de 2009

Cartel anunciando la conferencia de Javier Reverte

Conferencia Javier Reverte


Lejos de los palacios y los salones



Manzanares, 8 de mayo de 2009


Por Javier Reverte
Primero, muchas gracias a Román por haberme invitado aquí. Los dos hemos compartido ese noble oficio que es el periodismo.

Hablaba Román de Ryszard Kapuscinski y me ha recordado una anécdota muy interesante de ese gran maestro que era Kapuscinski, para centrarnos en esa figura de un periodista al lado de la gente. Ese tipo de periodista y de escritor es el que a mi me gusta y al que uno quisiera, en alguna medida, aproximarse.

Recordareis la famosa marcha zapatista de 2001, cuando miles de personas marcharon desde Chiapas al Distrito Federal, en México. Atravesaron medio país hasta llegar a la plaza grande de México, el  Zócalo. El subcomandante Marcos lanzó un discurso en defensa de los derechos indígenas y de la revolución zapatista. Aquel subcomandante Marcos, que habló con su pasamontañas puesto y anunció que se lo iba a quitar y luego no se lo quitó.

En la presidencia de aquel acto, había gente muy importante de la intelectualidad y la política progresista. Estaba Danielle Mitterrand, la viuda del ex presidente francés François Mitterrand. Estaba el premio Nobel José Saramago. Había mucha gente muy ilustre: Joaquín Sabina, Miguel Ríos (que ha sido “profesor” en esta Escuela), Manuel Vázquez Montalbán y otros españoles del mundo de la cultura y gente progresista.

Y había otra persona más: Kapuscinski, que estaba abajo, no el palco. Kapuscinski estaba abajo, hablando con la gente. No critico, ni mucho menos, a los que estaban arriba, su papel era ése. En definitiva, eran iconos del progresismo e iconos de la cultura. Pero Kapuscinski era un humilde periodista que quería hablar con la gente y eso fue lo que hizo, hablar con los miserables de lo que significaba el zapatismo.

A mí, ese papel siempre me ha llamado la atención. No por lo que tiene de modesto y humilde, eso es lo de menos, sino por lo que tiene de estar oyendo la voz directa de la gente. Eso es muy importante, que esos escritores como Kapuscinski nos trasladen la voz de los que sufren, porque sabremos mucho más sobre lo que es el mundo. Ese era el oficio de Kapuscinski,

En ese sentido, podría dar una charla teórica. Tengo mis opiniones, como todo el mundo, sobre lo que ha sido esta crisis, lo que es el mundo de hoy, qué valores se están perdiendo, qué valores habría que reforzar. Hasta que punto la política en los países democráticos, hasta qué punto los políticos, son en buena medida  -y no hablo de partidos políticos concretos—  cómplices de todo lo que está sucediendo y de lo que ha sucedido. Porque la tarea de los políticos también es corregir los desmanes de los avariciosos, que no se han sabido corregir suficientemente bien, cuando ha habido posibilidad de hacerlo.
Yo tengo mis opiniones, como todo el mundo, pero no quiero hablar de esas opiniones, porque no soy un teórico. Lo he dicho siempre: no soy un teórico porque, primero, a lo mejor no valdría para teórico, y segundo porque no quiero serlo. A mí no me atrae el mundo de las grandes ideas para formularlas, sino que me gusta hablar de las cosas concretas.

En ese sentido, el escritor nunca tiene que escribir desde banderías. Escribir es otra historia. La escritura se dirige sobre todo al corazón de la gente. Se escribe sobre el corazón y evidentemente se escribe sobre el alma. La tarea de un escritor es, en ese sentido, poco partidista. Pero es cierto que muchos escritores adoptamos una posición ante las cosas muy directa, y pretendemos también, en un momento concreto, trasladar a nuestros lectores cual es nuestra concepción del mundo, poniendo ejemplos sobre la realidad del mundo.



Para que os hagáis una idea, os contaré la historia de un libro. Cómo surgió ese libro y cómo ese libro me hizo reflexionar sobre la condición humana. Es un libro que ha citado Román, La noche detenida, una novela que transcurre en el Sarajevo cercado de 1992. Una novela a la que le dieron un premio importante y bien dotado (Premio Ciudad de Torrevieja) hace años, y que me permitió además llevar una vida mejor, en el sentido de facilitarme los viajes que hago para poder escribir los libros que escribo.
Yo no empleo el dinero en especular, ni en comprar grandes posesiones para luego venderlas más caras, como se llevaba antes. Lo empleo en gastármelo en futuros libros.

El libro surgió en el año 92. Yo era un reportero free-lance, que trabajaba por libre. Había dejado el periodismo directo, no trabajaba en una redacción. Intentaba abrirme camino como escritor, como novelista. Todavía no se me había ocurrido escribir libros de viajes. Había escrito uno muchos años atrás, pero no pensaba hacer libros de viajes.  Luego saqué uno, El sueño de África, que me dio muchísimos lectores y dinero suficiente para poder vivir de la literatura y para la literatura, de una manera normal, no en plan de rico.
En esos años en los que intentaba abrirme camino como novelista, tenía que acudir de vez en cuando a trabajos de free-lance, porque si no, no tenía dinero para vivir, claro. En 1992, una revista, ya desaparecida, que se llamaba Panorama, nos contrató a Manu  Leguineche y a mí para hacer una serie de reportajes sobre la Guerra de Bosnia. Nos pidieron que nos fuéramos a Bosnia durante un mes y pico y, elaborásemos cada uno un reportaje semanal, durante cinco semanas.
Nos fuimos juntos en un coche, pero él tuvo que volverse  antes, porque eran las elecciones americanas, la primera vez que ganó Bill Clinton. Yo me quedé solo. Esperaba en Splitz, una ciudad de la costa croata, a que saliera un convoy de Naciones Unidas cargado de medicamentos con destino a Sarajevo, para sumarme con mi coche. Sarajevo era mi objetivo.
Yo conducía un coche que nos había dejado la revista, un Seat.  Manu, que era muy listo, muy zorro, había pedido que fuera de color blanco, como los de la ONU, para camuflarnos entre los de la ONU y que nos tomaran los soldados en los controles como gente de la ONU. Luego no te tomaban en absoluto como gente de la ONU, te paraban y te sacaban todo lo que podían. Porque los soldados se dedicaban en esos controles de carretera, entre otras cosas, a sacarte tabaco, alcohol, dinero, todo lo que podían.
Los periodistas se podían unir a esos convoyes aunque, como decían los de la ONU, a su propio riesgo. Firmabas un papel a Naciones Unidas en el que aceptabas que te unías al convoy, pero que ellos no te protegían en absoluto. Si te detenía alguien, quedabas detenido. Si te pasaba algo, ellos no eran responsables de lo que te sucediera.

Esperaba en Splitz, una ciudad muy bonita, con una gran explanada junto al mar, muy luminosa, muy mediterránea y para entretener la espera hacía fotos. Un día de noviembre muy luminoso, en el que no hacía frío, me estaba dando un paseo y vi a una mujer con un carrito de bebé y me puse a hacerle fotos. Ella me llamó y me preguntó en un inglés estupendo, mucho mejor que el mío: “¿es usted periodista?”, si soy periodista, y “¿dónde va?”, voy a Sarajevo.

La mujer se quedó muy impactada. Me dijo:

-- Mi marido está en Sarajevo, y yo aquí con nuestro hijo. Pude salir de Sarajevo al principio de la guerra, pero él no pudo escapar. Vive allí, y no sé nada de él. Sé que está vivo, pero nada más, solo que vive en unas condiciones terribles.
Los sarajevinos, que eran unos radicales serbios, no dejaban salir a nadie y tenían cercada la ciudad. 
Aquella mujer me preguntó si le llevaría alguna cosa a su marido. Le dije que sí.

-- Voy con el coche vacío, y lo que usted quiera, un paquete o lo que prefiera, se lo llevaré encantado.

Quedamos por la tarde en el hotel. La mujer me llevó una maleta llena con latas de conserva, comida, medicamentos, una botella de vodka… Me acuerdo que sobresalía un chorizo muy largo. También me dio unos crucigramas. Le expliqué que no podía llevar los crucigramas, porque estaba prohibido llevar cosas a la gente. El resto, la comida, la podía llevar haciéndolas pasar como mías. Pero si llevaba unos crucigramas en serbocroata, evidentemente, pensarían que no eran para mí. Me dio también una carta para su marido. Le dije que lo mejor era quitarle el sobre a la carta. La llevaría sin sobre en el bolsillo para que no me la quitaran.

-- No se preocupe, no sé serbocroata –le dije-. Si usted le dice muchas cosas cariñosas o eróticas a su marido, no me voy a enterar, no hay problema.
La mujer me preguntó si le podía llevar también dinero. Marcos alemanes. En Sarajevo, como en todas las guerras, siempre hay gente que se beneficia del horror y de la muerte. Existía un mercado negro de alimentos, pues allí escaseaba de todo, prácticamente no había de nada. Todo se pagaba con marcos alemanes o con dólares.

¿De dónde salían los productos que se encontraban en el mercado negro? Pues de convoyes humanitarios. Aproximadamente un 30% de lo que transportaban los convoyes humanitarios que iban desde Splitz por carretera o en avión, era confiscado en los controles de los serbios. Ese 30% quedaba en manos de los piratas de turno, que lo revendían en el mercado negro a la pobre gente que vivía en Sarajevo, que debía pagar en marcos o dólares.

Y aquella mujer de Splitz me dio 300 marcos. “Es todo lo que tengo, lléveselo porque le hará falta para comer”, me dijo. Ella vivía con unos parientes. Le expliqué: mire esto es una tontería; primero, porque usted no me conoce y, segundo, si no puedo entrar en  Sarajevo, y al volver a mi país no paso por Splitz, no se los podré devolver. También puede suceder, insistía, que no encuentre a su marido y no le pueda dar el dinero. O que me lo roben en un control. O simplemente, que me lo quede, porque usted a mí no me conoce y no sabe cómo soy yo; usted solo me ha visto esta mañana haciendo unas fotos.
La mujer me dijo una de esas frases que la realidad te ofrece y que la literatura no es capaz de inventar muchas veces. Me dijo: “en este país, después de unos años de guerra, hemos aprendido a confiar en los desconocidos y a desconfiar de los conocidos”.

Una frase que un escritor tardaría mucho tiempo en inventar. Son de esas frases que se te quedan y que te tocan el alma. Te hacen ver hasta qué punto es terrible una guerra, una guerra en la que hay que desconfiar de los conocidos: una guerra civil, en definitiva. Eso era aquella guerra y más en el cerco de una ciudad. Me dejó muy impactado. Le dije: déme el dinero, lo voy a intentar, pero no le garantizo nada.
Por fin llegué a Sarajevo, después de pasar muchas penalidades en el camino. Me paraban en muchos controles, intentaban sacarme tabaco o lo que fuera. Te quitaban parte de los alimentos. Pero bueno, al final pude entrar en Sarajevo. Entrar en aquella ciudad era horroroso, sobre todo en el último tramo, absolutamente bombardeado por los obuses de los serbios. Ese último tramo era tremendo.

Según llegabas a Sarajevo, veías un graffiti enorme que decía ‘Welcome to hell” (Bienvenidos al infierno). Ese lema te resumía dónde estabas entrando, en el infierno. Y era verdad. En Sarajevo, sólo había en pie un hotel que admitía huéspedes. La mitad  de la ciudad estaba destruida, la mitad que daba al río, por los balazos y las bombas de los francotiradores. La  otra mitad estaba en pie, y allí nos alojábamos los pocos periodistas extranjeros que en ese momento estaban en la ciudad.

Pasé varios días en Sarajevo, ocho o diez días. Aprendí a caminar entre aquella gente por las calles de la ciudad. Me enseñó el marido de esta mujer, porque ahora contaré la historia, con final feliz por cierto. Me enseñó cómo caminar por esas calles bajo la amenaza constante de los francotiradores. Una ciudad absolutamente rodeada, una ciudad que se extiende en las dos orillas del río Meridiana, cruzada por unas anchas avenidas que iban de norte a  sur.

Los francotiradores se apostaban fuera de la ciudad y al que cruzaba, le disparaban, como si fueran palitos de feria.
La manera de cruzar esas calles tenía su truco: no había que hacerlo en periodos de tiempo concreto, o sea cada minuto cruzaba uno, sino que había que romper los periodos: a lo mejor, tres corriendo al mismo tiempo y luego dejar cinco minutos, luego otros tres después, etcétera. Había que procurar no ir en grupo. Aún así, cazaban a mucha gente. Todos los días morían varias personas alcanzadas por los disparos de los francotiradores.

También moría gente en las colas del pan, en lugares de concentración como el mercado. Esos sitios eran bombardeados con granadas de mortero y producían una matanza diaria tremenda.

Además, había que soportar el sonido terrible de esa ciudad. El sonido de los balazos y los bombazos constantes. Era un bum-bum continuo. Incluso por la noche, aunque amainaba un poco, seguían disparando balas y explosionando granadas.
Una mañana le hice una pregunta a la chica que trabajaba en la recepción del hotel, y me contestó con otra de esas frases que no se pueden inventar casi en la literatura.

-- ¿Por qué disparan por la noche?, si saben que no pueden ni apuntar.

-- Es que por el día disparan para matar los cuerpos y por las noches disparan para matar las almas, disparan para mantener el miedo en pie, despierto.

Era también una frase de una expresividad y un dramatismo que difícilmente podía ser concebido por un escritor que no fuera Shakespeare, que ese sí que lo hacía bien, y te hacía unos diálogos imponentes.
Bueno, cuento antes el final de la historia.

Encontré al marido. Le entregué el dinero y los paquetes. Me invitó a su casa a cenar, pero no acepté. En su casa, no tenía ni luz, ni agua corriente. Se alumbraba con velas. Se hacía su propio pan en un horno. Tenía en las ventanas sacos terreros. Vivía muy mal el hombre, pero iba tirando como podía. Estaba muy delgado, porque, claro, la comida estaba muy racionada y no tenía dinero. 
En el tiempo que estuve en su casa, me entregó su diario. Me dijo: “este es mi diario, lléveselo a mi mujer, ahí dentro va mi vida”. Le señalé lo mismo que le había dicho a su mujer: quizá no la encuentre al regresar, no doy con ella… Él me dijo: “estoy seguro de que usted la encontrará”.

Efectivamente, cuando salí de Sarajevo regresé a Splitz. Encontré a la mujer y le di el diario. Recuerdo que se apartó con el niño, con su carrito, y lloró. Fue una situación de esas que te tocan el alma de verdad. Años después, me escribió la mujer contándome que al fin su marido había salido de Sarajevo y se habían ido a vivir a una ciudad cerca de Belgrado. Ellos eran de origen serbio, pero no radicales. Me decían que allí tenía mi casa. La historia había tenido un final feliz, de película bonita. No los mataron y yo salí vivo también. Todo terminó bien.



Durante esos días en Sarajevo hablé con mucha gente. Además, todo el mundo quería hablar contigo. No sólo querían contar su historia, sino que se supiera en el exterior. La gente me decía: cuéntelo usted por favor, los periodistas nos son muy necesarios. Hace falta que ustedes cuenten lo que nos sucede, porque si no lo cuentan, el mundo nos va a olvidar y entonces entrarán los serbios y nos matarán a todos.

Tenían un poco de razón. Porque dos años después, en 1995, entraron los serbios radicales en Srebrenica, recordáis esa historia, y mataron a 12.000 hombres en edad militar, en las edades comprendidas entre los 16 y los 50 años. Los mataron de un tiro en la nuca. 12.000 hombres. Es uno de los grandes crímenes de la humanidad que se ha juzgado en La Haya. Eso que pasó en Sbrenica podía haber pasado en Sarajevo si el mundo los hubiera olvidado.
Recuerdo que en los mercados no había nada. Eran mercados de mesas vacías. En una de esas mesas, había una mujer, con su marido. Una mujer elegante, se veía que pertenecía a una clase social adinerada. Bien vestida, aunque con ropas viejas. Él iba con su corbata, queriendo mantener un poco el aire aristocrático. Ella me llamó: “periodista, venga, venga, mire lo que comemos”. Me llevaron a una mesa y sobre ella había cajitas de alpiste. “Comemos comida para pájaros, mire usted lo que comemos en Sarajevo, cuéntelo, por favor, cuéntelo”. 
Todo el mundo te decía, cuéntelo, cuéntelo. Me di cuenta de hasta qué punto era importante contar cómo vivía esa gente. Era muy importante, lo decían ellos, para que lo supiera el mundo Y allí también empecé a desinteresarme más aún, pues nunca me había interesado, pero ahora todavía menos, por esos periodistas que van a las guerras y lo que más les importa es hacerse la foto delante de los muertos, vestidos de pescadores de trucha, con esas chaquetas llenas de bolsillos por todos lados, por cierto, que no sé que guardan ahí. Para anzuelos sirven, pero ¿qué van a llevar, balas? Balas no puedes llevar.

Empecé a sentir hacia ellos una cierta repulsión. Yo no soy un periodista especialista en guerras. Ni lo soy, ni quiero serlo. Esa imagen del periodista que se hace la foto delante de un muerto, que cuentan cómo las balas le silban a su alrededor, no me gusta en absoluto nada. No. Porque he hablado con la gente que padece la guerra.
Conocí mucha gente, hablé con mucha gente. Hablé con los periodistas del único periódico que se mantenía en pie, al que habían alcanzado montones de bombas. Vivían escribiendo la noticia diaria para que hubiera noticias. Mantenían una posición muy heroica.

Después de pasar esos días, salí con enormes dificultades de Sarajevo, que no voy a contar, porque no es mi película la que interesa. Salí y volví a España.
Tras regresar a Madrid, pensaba sobre Sarajevo y me preguntaba qué es lo que he visto en Sarajevo. Porque había visto y había hablado con mucha gente. Entonces me di cuenta de que había descubierto, sobre todo, dos cosas importantes: una, hasta que punto es terrible una guerra. Yo no había vivido una guerra tan intensamente como aquella. La habíamos visto en el cine, en reportajes, en televisión. Pero no es lo mismo que verla con tus propios sentidos, directamente. Entonces te das cuenta de que la guerra es lo peor que hay, es la absoluta denigración de la condición humana, lo que más nos denigra, es indignante.

Creo que, en la guerra, todo el mundo la pierde. La pierden los que la han ganado físicamente, porque pierden la dignidad. La pierden también los que la han perdido, porque pierden la libertad, porque pierden la vida y, sobre todo, porque pierden una cosa: todo lo que de civilizado hemos construido. Se pierden los valores cívicos, los valores ciudadanos, como el sencillo acto de tomar café con los amigos, compartir una tertulia donde charlamos de películas, de cine o de política. Se pierde lo que hemos construido como escuelas, donde los niños van a aprender; los trabajos, los puestos de trabajo, que nos gustan más o menos, pero con los que nos ganamos la vida.

Perdemos toda esa sociedad que hemos construido, esa sociedad de libertad, y esa sociedad de civilización. Una guerra lo destruye todo. Entonces, los niños no van al colegio, los trabajos escasean, no se pueden reunir unos cuantos amigos para tomar café, no hay cine. Todo lo que hemos establecido como una sociedad en la que nos movemos alegre y civilizadamente, desaparece, no sólo la vida.

Todo eso fue lo primero que percibí y de lo que me di cuenta inmediatamente. Era tremendamente doloroso verlo y vivirlo. Pero yo intento siempre vivir las cosas, saber de ellas directamente. Es mi oficio y me gusta.

Lo segundo que descubrí es hasta qué punto, en un momento determinado, los seres humanos saben reconstruir, dentro de los escenarios más tenebrosos, un escenario de dignidad. De dignidad y de amor. Sobre todo a base del amor y de esos valores cívicos que vosotros en este ciclo intentáis despertar: de la solidaridad con los otros, de compartir las cosas necesarias, de la amistad. La amistad sincera, en esos momentos, puede llegar hasta niveles muy hermosos y heroicos.

Me di cuenta hasta que punto los seres humanos somos una especie magnífica. Soy una persona que no cree en casi nada, ni en dios, ni en nada, soy agnóstico; me considero progresista y de izquierda, pero en muchas ocasiones no creo en los partidos, desafortunadamente, aunque pienso que son necesarios. No critico la existencia de los partidos políticos, ni mucho menos. Son necesarios, pero a veces tiran más al profesionalismo que al servicio a los demás.

Bueno esta es una opinión muy personal.

Pero, aunque en casi nada creo, me di cuenta de hasta qué punto los seres humanos tenemos una enorme capacidad para reconstruir sobre un escenario de destrucción, una luz de esperanza. Intentar levantarse. Es decir ¡vamos a seguir andando, vamos a seguir hacia delante, vamos a intentar que el mundo sea mejor! Me pareció maravilloso sentir eso, dentro de un escenario de terrible destrucción que es una guerra.

Me acordaba mucho de mi padre en ese momento. Mi padre, que ya murió, era periodista. Tuvo una vida dramática, pero fue muy optimista en su vida. Le tocaron dos guerras, primero, la Guerra Civil española. En una leva, lo llevaron al frente, en el lado republicano. No era hombre de ideas políticas. Pienso que la mayor parte de la gente a la que le cayó la Guerra Civil encima, lo que sufrió fue más la guerra que mantener unas ideas u otras. Mi padre era un hombre muy tolerante, muy abierto, pero un hombre más bien de ideas conservadoras y se pasó toda la guerra al lado de El Campesino. Se chupó una guerra de cuidado. Y luego, como salió de esa guerra rojeras, estuvo en un campo de concentración unos meses. Para limpiarse, se fue un año a la División Azul, como mucha gente hizo. Limpió su hoja de servicios con los republicanos, y regresó como un héroe del falangismo. Así pasó toda la vida, fue un superviviente.

Como tenía mucho sentido del humor, me solía decir: he estado en dos guerras y las he perdido las dos, no creo que me contraten para una tercera. Y añadía: además, a mi edad he muerto ya demasiadas veces por la patria. No le gustaban las guerras, ni le gustaba hablar de las guerras. 
Pero cuando le preguntabas sobre las guerras, porque yo las había visto ya en el cine o en los tebeos de Hazañas Bélicas, siempre me decía lo mismo: “mira, hijo, la guerra es horrorosa”. Y añadía algo que le había escuchado a no sabía quién: que no te dé nunca dios, o el diablo, todo lo que eres capaz de soportar. Me di cuenta de eso en Sarajevo: hasta qué punto los seres humanos somos capaces de soportar la cantidad de desastres que provocamos. Era otro elemento que me pareció muy positivo de la condición humana.

Total, que esa guerra de Sarajevo me enseñó mucho. Salí muy tocado por la experiencia de lo que había vivido y con la cabeza llena de pensamientos nuevos, cosas que no había vivido y sobre las que no había reflexionado.




Cuando llegué a España, escribí los reportajes. Se publicaron y me pagaron. Me venía muy bien el dinero que había ganado. Pero me quedé con la copla diciendo: pero si en esos reportajes apenas he contado lo vivido. Había muchas cosas que no había podido incluir en los reportajes.

El reportaje de un periódico siempre tiene un problema: la extensión. Tú no puedes hacer más que un número determinado de folios. Son pues muchas las cosas que te tienes que guardar y recortar por fuerza. El papel es caro y no hay más remedio. Entonces, me dije: tengo que hacer algo. Decidí escribir un libro, un libro-reportaje sobre lo que había visto en Sarajevo. Así escribí Bienvenidos al infierno, un libro que salió en una editorial pequeñita, apenas se tiraron ejemplares, y apenas se vieron en ninguna parte.

En las cien páginas de  Bienvenidos al infierno narraba toda la experiencia de lo que había vivido en Sarajevo. Pero tampoco que quedé a gusto. Seguía diciéndome: si es que no lo he contado todo. 
Esas dos grandes ideas, esas dos ideas que había vivido y os he resumido: el horror de lo que significa una guerra, de la pérdida de todo lo civilizado, más esa especie de esperanza y de llama que no se apaga nunca, de la condición humana, que es lo mejor que tenemos. No había reflejado todo eso, y entendí que debía escribir una novela.

Me di cuenta de que tenía que hacerlo.  ¿Por qué una novela? Porque era necesario que me imaginase unos personajes que reflejasen, como personajes literarios, todo lo que yo había visto en esos personajes reales. También, que imaginasen, dentro de la realidad que era el entorno de Sarajevo, situaciones y escenas concretas, que sirvieran como paradigma de lo que yo había vivido, que explicasen al lector, no con teorías, sino a través de la ficción y de la historia de los personajes, esas dos cosas: lo que se rompe de sociedad civilizada en una guerra y lo que los seres humanos son capaces de construir, en base al amor.

Creé unos personajes que me servirían para narrar esa historia: un personaje femenino, médico de Sarajevo, que debía reflejar esa resistencia por medio del amor y de la  dignidad ante la peor situación que puede vivirse. Y por otro lado, un periodista descarnado, un poco escéptico, que representaría esa condición humana, esa condición que tenemos todavía de ser capaces de levantar, desde nosotros mismos, un halo de esperanza.

Hice la novela pensando además --y me di cuenta, y así lo escribí en el prólogo—que  muchas veces la ficción, la novela, es la mejor vía para aproximarse a la verdad. Es la mejor manera de contar algo que es verdadero y que, sin embargo, si lo cuentas con datos reales, periodísticos, de  libro de viajes, o de libro de crónicas, no te aproximas tanto, porque no vas a la hondura de las cosas. Es ahí donde yo creo que los personajes literarios engrandecen las historias. El personaje literario significa algo para nosotros. Nos está contando algo importante sobre nosotros mismos.
Salió la novela y tuve mucha suerte. Gané dinero con ella, para seguir viajando, evidentemente. Pero, sobre todo, me sirvió para dejar reflejado algo que creo que es muy importante, que son los valores ciudadanos, los valores éticos, sobre los que vosotros estáis reflexionando en esta Escuela de Ciudadanos.
A partir de ahí, he tenido esta misma sensación con otros libros que he escrito. Os cuento, por ejemplo, dos ya hechos. A mí me gusta contar historias que te hagan reflexionar.
Recuerdo cuando viajé, para documentar mi libro Vagabundo en  África, por bastantes países africanos. Para llegar al Congo, pasé por Ruanda. Era en 1997. Ruanda había vivido en tres años antes, en 1994, las trágicas matanzas de tutsis a manos de los hutus. No se sabe todavía si murieron 200.000 o un millón de personas, sobre todo a machete. 
En Ruanda quise conocer alguno de los escenarios de aquella matanza.  A unos 40 kilómetros de la capital, Kigali, estaba la iglesia de Nyamata. Es una iglesia católica, de adobe y de ladrillo, que casi no se usa ya como iglesia porque la han convertido en una especie de monumento, de recordatorio de aquel holocausto. En esa iglesia se refugiaron unos cientos de tutsis, que buscaban la protección de la iglesia católica. Cuando llegaron las bandas de hutus, armadas de machetes, los curas católicos, que eran italianos, escaparon y dejaron solos a los tutsis. Entraron los hutus y mataron absolutamente a todos menos a una persona. Asesinaron a machetazos a niños, mujeres, ancianos. A cientos de ellos. Una vez terminada la guerra, ¿qué hicieron los ganadores, los hutus, con la iglesia?  La dejaron tal cual, como un museo del holocausto.

En el exterior de la iglesia hay unas estanterías llenas de calaveras, como hemos visto tantas veces en Camboya. En las calaveras pueden verse los golpes de los machetes. Es terrible. Dentro de la iglesia dejaron los cuerpos esparcidos, tal como habían quedado tras la masacre. Los cuerpos, con el paso de los años, ya no están: lo que se ven son las ropas, hechas jirones, y muchos huesos, muchos de ellos destruidos. Están los reclinatorios, y los devocionarios, algunos cacillos, algunos muñecos de los niños.
Entré en la iglesia. Me costaba mucho trabajo, pero me dije tengo que entrar para contarlo, tengo que contarlo. Vas andando y pisando huesos, que van sonando debajo de ti. Había un olor a cuero seco. Andaban por allí lagartijas. En lo que en su día fue el altar, había tres o cuatro calaveras. Era un escenario absolutamente desolador.

Cuando salí, vi a una mujer. Le pregunté si era la guardesa y me contestó que si.

¿Estaba usted aquí cuando la masacre? 
- Si, soy la única superviviente.
- Y ¿cómo fue? 
- Murieron todos mis hermanos, mis padres, mis hijos y mi marido. 
Me dijo que tenía seis hijos.  Ella había quedado oculta bajo los cadáveres. “No me mataron porque pensaban que ya estaba muerta”. Me quedé impresionado, pensando cómo se sentiría esta mujer, con todo ese terrible recuerdo, cómo podía seguir viva. Antes de que le preguntara, ella me dijo: 
Mire usted, sigo viva porque tenía otro hijo. Lo tenía dentro. Me quedé aquí para alumbrar ese hijo, para que mi hijo siguiera vivo.
¿Y por qué vivir aquí?, le pregunté. ¿No le produce terror? Me contestó: 
No tengo con qué ganarme la vida, no estudié, no sé leer ni escribir. La única manera en que puedo ganarme la vida es estar aquí de guardesa y así mi hijo puede comer con el dinero que me dan en propinas. 
Era una situación de supervivencia terrible, en un escenario terrible. Imagínense a esa mujer que lo había perdido todo y que permanecía en el lugar donde había matado a toda su familia. Lo curioso del asunto, que a mí desde luego no me pareció indigno, ni mucho menos, sino todo lo contrario, es que cuando le pregunté si le podía hacer una foto, ella me contestó que esperara un momento para arreglarse el pelo.

Me llenó de ternura el corazón. Me dije hasta qué punto esta mujer quiere salir dignamente en una foto, hasta qué punto dentro del drama que ha sido su vida, esta mujer me está enseñando hasta donde llega la dignidad humana.

Era otro ejemplo más de dignidad, en una persona iletrada y en un pueblo perdido del continente negro. Una mujer que no sabía nada de nada, que era muy pobre, sin educación, ni cultura, pero que sin embargo tenía esa dignidad interna que es consustancial a la naturaleza humana, a alguna gente de la naturaleza humana.

Muchas veces pienso que aquella mujer era más elegante que muchos banqueros que salen en las fotos de las revistas del corazón y luego se funden nuestro dinero.
Otro caso que recuerdo con un enorme cariño tuvo lugar en Congo. Recorría el río Congo, en un barco, cuando tuve una peripecia tremenda. Me hice amigo en el barco de un tipo de mi edad más o menos, que se llamaba Zelestín. Hablaba francés muy bien y viajaba al norte del país, donde había conseguido un trabajo. Era perito agrónomo. Había estudiado en Bélgica, cuando el Congo era aún una de sus colonias. El trabajo que le habían ofrecido estaba a mil kilómetros de su casa. Llevaba una brújula y todo el día la mirábamos en el barco, calculábamos los kilómetros que nos faltaban para llegar a puerto. Fue un viaje muy bonito y muy terrible también. Casi me cuesta la vida.

Le comentaba a Zelestin si no se iba a trabajar a un lugar muy alejado de su familia. Él me decía que sí,  pero que había estudiado perito agrónomo en Bélgica, regresó a sus país, en la época de Mubutu (1) y nunca pudo ejercer su carrera. “Tuve que trabajar como obrero de la construcción, en un sitio en el que me pagaban muy poco. Todos los días tenía que andar dos horas desde mi casa al trabajo, y otras dos de regreso”.
Por ello, Zelestin estaba contento, porque, me decía, “es la primera vez en mi vida que he encontrado un trabajo que se corresponde con lo que he estudiado”. Me aseguraba que lo peor que le puede pasar a uno es no poder trabajar en aquello para lo que te has preparado toda tu vida.

Era 1997 y aquel hombre tendría entonces la misma edad que yo, unos 52 años. Miraba con cara de niño feliz, repitiendo que por primera vez en su vida podía trabajar en aquello para lo que había estudiado de joven. Esa ilusión que había en esa cara era la ilusión de la fuerza, la misma que había visto aquel matrimonio de Sarajevo o en la guardesa de Ruanda. Esa fuerza que hacía sentirme realmente bien conmigo mismo como ser humano. Que me hacía sentirme orgulloso de mi condición humana.
Como estos ejemplos podría contar muchísimos más. Para terminar, añadiría que en todos los viajes que he hecho he aprendido muchas cosas sobre lo que son los derechos cívicos. He aprendido que los humanos somos todos iguales. No somos diferentes en función de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestra religión, del color de la piel, no.

Somos los mismos y sólo nos diferencian unas pocas cosas, que no tienen arreglo. Pero la gran diferencia es la que hay entre ricos y pobres. Y esa si tiene arreglo. Se sabe que hay medios suficientes en la Tierra para que acabe la pobreza. Pero hay exceso de avaricia, y por ello la solución no es tan fácil.

Para terminar, diría que he aprendido a lo largo de mi vida que las diferencias entre los seres humanos son muy pocas y que desde luego no dependen de las razas, ni del color, ni de la lengua, ni de la religión. Que los problemas de los seres humanos son los mismos en todas partes: el hambre, la muerte, el dolor, la enfermedad. Y que también las alegrías son las mismas: la amistad, el amor, la comunicación, la solidaridad.
Somos todos muy parecidos, en definitiva, los científicos ya lo han dicho: hay una sola raza. Independientemente de que haya multietnias, somos una sola raza. No se puede decir la raza negra, la raza india, la raza amarilla o la raza china. Somos una. Esas clasificaciones de razas ya no sirven, y además es un lenguaje políticamente incorrecto.
Esto es todo lo que quería contaros como ejemplo de la vida de un viajero-escritor y de las cosas más sustanciales que he aprendido andando por el mundo.
A efectos ejemplificadores, quizá pueda ilustraros en esta estupenda iniciativa de hacer una Escuela de Ciudadanía, en un pueblo como Manzanares.
Así que, enhorabuena por la iniciativa y gracias a todos por escucharme.
Notas a pie de página:
(1). Mobutu Sese Seko fue presidente de la república del Zaire (actual República Democrática del Congo) entre 1965 y 1997).