jueves, 14 de julio de 2011

Lejos de los palacios y los salones



Manzanares, 8 de mayo de 2009


Por Javier Reverte
Primero, muchas gracias a Román por haberme invitado aquí. Los dos hemos compartido ese noble oficio que es el periodismo.

Hablaba Román de Ryszard Kapuscinski y me ha recordado una anécdota muy interesante de ese gran maestro que era Kapuscinski, para centrarnos en esa figura de un periodista al lado de la gente. Ese tipo de periodista y de escritor es el que a mi me gusta y al que uno quisiera, en alguna medida, aproximarse.

Recordareis la famosa marcha zapatista de 2001, cuando miles de personas marcharon desde Chiapas al Distrito Federal, en México. Atravesaron medio país hasta llegar a la plaza grande de México, el  Zócalo. El subcomandante Marcos lanzó un discurso en defensa de los derechos indígenas y de la revolución zapatista. Aquel subcomandante Marcos, que habló con su pasamontañas puesto y anunció que se lo iba a quitar y luego no se lo quitó.

En la presidencia de aquel acto, había gente muy importante de la intelectualidad y la política progresista. Estaba Danielle Mitterrand, la viuda del ex presidente francés François Mitterrand. Estaba el premio Nobel José Saramago. Había mucha gente muy ilustre: Joaquín Sabina, Miguel Ríos (que ha sido “profesor” en esta Escuela), Manuel Vázquez Montalbán y otros españoles del mundo de la cultura y gente progresista.

Y había otra persona más: Kapuscinski, que estaba abajo, no el palco. Kapuscinski estaba abajo, hablando con la gente. No critico, ni mucho menos, a los que estaban arriba, su papel era ése. En definitiva, eran iconos del progresismo e iconos de la cultura. Pero Kapuscinski era un humilde periodista que quería hablar con la gente y eso fue lo que hizo, hablar con los miserables de lo que significaba el zapatismo.

A mí, ese papel siempre me ha llamado la atención. No por lo que tiene de modesto y humilde, eso es lo de menos, sino por lo que tiene de estar oyendo la voz directa de la gente. Eso es muy importante, que esos escritores como Kapuscinski nos trasladen la voz de los que sufren, porque sabremos mucho más sobre lo que es el mundo. Ese era el oficio de Kapuscinski,

En ese sentido, podría dar una charla teórica. Tengo mis opiniones, como todo el mundo, sobre lo que ha sido esta crisis, lo que es el mundo de hoy, qué valores se están perdiendo, qué valores habría que reforzar. Hasta que punto la política en los países democráticos, hasta qué punto los políticos, son en buena medida  -y no hablo de partidos políticos concretos—  cómplices de todo lo que está sucediendo y de lo que ha sucedido. Porque la tarea de los políticos también es corregir los desmanes de los avariciosos, que no se han sabido corregir suficientemente bien, cuando ha habido posibilidad de hacerlo.
Yo tengo mis opiniones, como todo el mundo, pero no quiero hablar de esas opiniones, porque no soy un teórico. Lo he dicho siempre: no soy un teórico porque, primero, a lo mejor no valdría para teórico, y segundo porque no quiero serlo. A mí no me atrae el mundo de las grandes ideas para formularlas, sino que me gusta hablar de las cosas concretas.

En ese sentido, el escritor nunca tiene que escribir desde banderías. Escribir es otra historia. La escritura se dirige sobre todo al corazón de la gente. Se escribe sobre el corazón y evidentemente se escribe sobre el alma. La tarea de un escritor es, en ese sentido, poco partidista. Pero es cierto que muchos escritores adoptamos una posición ante las cosas muy directa, y pretendemos también, en un momento concreto, trasladar a nuestros lectores cual es nuestra concepción del mundo, poniendo ejemplos sobre la realidad del mundo.



Para que os hagáis una idea, os contaré la historia de un libro. Cómo surgió ese libro y cómo ese libro me hizo reflexionar sobre la condición humana. Es un libro que ha citado Román, La noche detenida, una novela que transcurre en el Sarajevo cercado de 1992. Una novela a la que le dieron un premio importante y bien dotado (Premio Ciudad de Torrevieja) hace años, y que me permitió además llevar una vida mejor, en el sentido de facilitarme los viajes que hago para poder escribir los libros que escribo.
Yo no empleo el dinero en especular, ni en comprar grandes posesiones para luego venderlas más caras, como se llevaba antes. Lo empleo en gastármelo en futuros libros.

El libro surgió en el año 92. Yo era un reportero free-lance, que trabajaba por libre. Había dejado el periodismo directo, no trabajaba en una redacción. Intentaba abrirme camino como escritor, como novelista. Todavía no se me había ocurrido escribir libros de viajes. Había escrito uno muchos años atrás, pero no pensaba hacer libros de viajes.  Luego saqué uno, El sueño de África, que me dio muchísimos lectores y dinero suficiente para poder vivir de la literatura y para la literatura, de una manera normal, no en plan de rico.
En esos años en los que intentaba abrirme camino como novelista, tenía que acudir de vez en cuando a trabajos de free-lance, porque si no, no tenía dinero para vivir, claro. En 1992, una revista, ya desaparecida, que se llamaba Panorama, nos contrató a Manu  Leguineche y a mí para hacer una serie de reportajes sobre la Guerra de Bosnia. Nos pidieron que nos fuéramos a Bosnia durante un mes y pico y, elaborásemos cada uno un reportaje semanal, durante cinco semanas.
Nos fuimos juntos en un coche, pero él tuvo que volverse  antes, porque eran las elecciones americanas, la primera vez que ganó Bill Clinton. Yo me quedé solo. Esperaba en Splitz, una ciudad de la costa croata, a que saliera un convoy de Naciones Unidas cargado de medicamentos con destino a Sarajevo, para sumarme con mi coche. Sarajevo era mi objetivo.
Yo conducía un coche que nos había dejado la revista, un Seat.  Manu, que era muy listo, muy zorro, había pedido que fuera de color blanco, como los de la ONU, para camuflarnos entre los de la ONU y que nos tomaran los soldados en los controles como gente de la ONU. Luego no te tomaban en absoluto como gente de la ONU, te paraban y te sacaban todo lo que podían. Porque los soldados se dedicaban en esos controles de carretera, entre otras cosas, a sacarte tabaco, alcohol, dinero, todo lo que podían.
Los periodistas se podían unir a esos convoyes aunque, como decían los de la ONU, a su propio riesgo. Firmabas un papel a Naciones Unidas en el que aceptabas que te unías al convoy, pero que ellos no te protegían en absoluto. Si te detenía alguien, quedabas detenido. Si te pasaba algo, ellos no eran responsables de lo que te sucediera.

Esperaba en Splitz, una ciudad muy bonita, con una gran explanada junto al mar, muy luminosa, muy mediterránea y para entretener la espera hacía fotos. Un día de noviembre muy luminoso, en el que no hacía frío, me estaba dando un paseo y vi a una mujer con un carrito de bebé y me puse a hacerle fotos. Ella me llamó y me preguntó en un inglés estupendo, mucho mejor que el mío: “¿es usted periodista?”, si soy periodista, y “¿dónde va?”, voy a Sarajevo.

La mujer se quedó muy impactada. Me dijo:

-- Mi marido está en Sarajevo, y yo aquí con nuestro hijo. Pude salir de Sarajevo al principio de la guerra, pero él no pudo escapar. Vive allí, y no sé nada de él. Sé que está vivo, pero nada más, solo que vive en unas condiciones terribles.
Los sarajevinos, que eran unos radicales serbios, no dejaban salir a nadie y tenían cercada la ciudad. 
Aquella mujer me preguntó si le llevaría alguna cosa a su marido. Le dije que sí.

-- Voy con el coche vacío, y lo que usted quiera, un paquete o lo que prefiera, se lo llevaré encantado.

Quedamos por la tarde en el hotel. La mujer me llevó una maleta llena con latas de conserva, comida, medicamentos, una botella de vodka… Me acuerdo que sobresalía un chorizo muy largo. También me dio unos crucigramas. Le expliqué que no podía llevar los crucigramas, porque estaba prohibido llevar cosas a la gente. El resto, la comida, la podía llevar haciéndolas pasar como mías. Pero si llevaba unos crucigramas en serbocroata, evidentemente, pensarían que no eran para mí. Me dio también una carta para su marido. Le dije que lo mejor era quitarle el sobre a la carta. La llevaría sin sobre en el bolsillo para que no me la quitaran.

-- No se preocupe, no sé serbocroata –le dije-. Si usted le dice muchas cosas cariñosas o eróticas a su marido, no me voy a enterar, no hay problema.
La mujer me preguntó si le podía llevar también dinero. Marcos alemanes. En Sarajevo, como en todas las guerras, siempre hay gente que se beneficia del horror y de la muerte. Existía un mercado negro de alimentos, pues allí escaseaba de todo, prácticamente no había de nada. Todo se pagaba con marcos alemanes o con dólares.

¿De dónde salían los productos que se encontraban en el mercado negro? Pues de convoyes humanitarios. Aproximadamente un 30% de lo que transportaban los convoyes humanitarios que iban desde Splitz por carretera o en avión, era confiscado en los controles de los serbios. Ese 30% quedaba en manos de los piratas de turno, que lo revendían en el mercado negro a la pobre gente que vivía en Sarajevo, que debía pagar en marcos o dólares.

Y aquella mujer de Splitz me dio 300 marcos. “Es todo lo que tengo, lléveselo porque le hará falta para comer”, me dijo. Ella vivía con unos parientes. Le expliqué: mire esto es una tontería; primero, porque usted no me conoce y, segundo, si no puedo entrar en  Sarajevo, y al volver a mi país no paso por Splitz, no se los podré devolver. También puede suceder, insistía, que no encuentre a su marido y no le pueda dar el dinero. O que me lo roben en un control. O simplemente, que me lo quede, porque usted a mí no me conoce y no sabe cómo soy yo; usted solo me ha visto esta mañana haciendo unas fotos.
La mujer me dijo una de esas frases que la realidad te ofrece y que la literatura no es capaz de inventar muchas veces. Me dijo: “en este país, después de unos años de guerra, hemos aprendido a confiar en los desconocidos y a desconfiar de los conocidos”.

Una frase que un escritor tardaría mucho tiempo en inventar. Son de esas frases que se te quedan y que te tocan el alma. Te hacen ver hasta qué punto es terrible una guerra, una guerra en la que hay que desconfiar de los conocidos: una guerra civil, en definitiva. Eso era aquella guerra y más en el cerco de una ciudad. Me dejó muy impactado. Le dije: déme el dinero, lo voy a intentar, pero no le garantizo nada.
Por fin llegué a Sarajevo, después de pasar muchas penalidades en el camino. Me paraban en muchos controles, intentaban sacarme tabaco o lo que fuera. Te quitaban parte de los alimentos. Pero bueno, al final pude entrar en Sarajevo. Entrar en aquella ciudad era horroroso, sobre todo en el último tramo, absolutamente bombardeado por los obuses de los serbios. Ese último tramo era tremendo.

Según llegabas a Sarajevo, veías un graffiti enorme que decía ‘Welcome to hell” (Bienvenidos al infierno). Ese lema te resumía dónde estabas entrando, en el infierno. Y era verdad. En Sarajevo, sólo había en pie un hotel que admitía huéspedes. La mitad  de la ciudad estaba destruida, la mitad que daba al río, por los balazos y las bombas de los francotiradores. La  otra mitad estaba en pie, y allí nos alojábamos los pocos periodistas extranjeros que en ese momento estaban en la ciudad.

Pasé varios días en Sarajevo, ocho o diez días. Aprendí a caminar entre aquella gente por las calles de la ciudad. Me enseñó el marido de esta mujer, porque ahora contaré la historia, con final feliz por cierto. Me enseñó cómo caminar por esas calles bajo la amenaza constante de los francotiradores. Una ciudad absolutamente rodeada, una ciudad que se extiende en las dos orillas del río Meridiana, cruzada por unas anchas avenidas que iban de norte a  sur.

Los francotiradores se apostaban fuera de la ciudad y al que cruzaba, le disparaban, como si fueran palitos de feria.
La manera de cruzar esas calles tenía su truco: no había que hacerlo en periodos de tiempo concreto, o sea cada minuto cruzaba uno, sino que había que romper los periodos: a lo mejor, tres corriendo al mismo tiempo y luego dejar cinco minutos, luego otros tres después, etcétera. Había que procurar no ir en grupo. Aún así, cazaban a mucha gente. Todos los días morían varias personas alcanzadas por los disparos de los francotiradores.

También moría gente en las colas del pan, en lugares de concentración como el mercado. Esos sitios eran bombardeados con granadas de mortero y producían una matanza diaria tremenda.

Además, había que soportar el sonido terrible de esa ciudad. El sonido de los balazos y los bombazos constantes. Era un bum-bum continuo. Incluso por la noche, aunque amainaba un poco, seguían disparando balas y explosionando granadas.
Una mañana le hice una pregunta a la chica que trabajaba en la recepción del hotel, y me contestó con otra de esas frases que no se pueden inventar casi en la literatura.

-- ¿Por qué disparan por la noche?, si saben que no pueden ni apuntar.

-- Es que por el día disparan para matar los cuerpos y por las noches disparan para matar las almas, disparan para mantener el miedo en pie, despierto.

Era también una frase de una expresividad y un dramatismo que difícilmente podía ser concebido por un escritor que no fuera Shakespeare, que ese sí que lo hacía bien, y te hacía unos diálogos imponentes.
Bueno, cuento antes el final de la historia.

Encontré al marido. Le entregué el dinero y los paquetes. Me invitó a su casa a cenar, pero no acepté. En su casa, no tenía ni luz, ni agua corriente. Se alumbraba con velas. Se hacía su propio pan en un horno. Tenía en las ventanas sacos terreros. Vivía muy mal el hombre, pero iba tirando como podía. Estaba muy delgado, porque, claro, la comida estaba muy racionada y no tenía dinero. 
En el tiempo que estuve en su casa, me entregó su diario. Me dijo: “este es mi diario, lléveselo a mi mujer, ahí dentro va mi vida”. Le señalé lo mismo que le había dicho a su mujer: quizá no la encuentre al regresar, no doy con ella… Él me dijo: “estoy seguro de que usted la encontrará”.

Efectivamente, cuando salí de Sarajevo regresé a Splitz. Encontré a la mujer y le di el diario. Recuerdo que se apartó con el niño, con su carrito, y lloró. Fue una situación de esas que te tocan el alma de verdad. Años después, me escribió la mujer contándome que al fin su marido había salido de Sarajevo y se habían ido a vivir a una ciudad cerca de Belgrado. Ellos eran de origen serbio, pero no radicales. Me decían que allí tenía mi casa. La historia había tenido un final feliz, de película bonita. No los mataron y yo salí vivo también. Todo terminó bien.



Durante esos días en Sarajevo hablé con mucha gente. Además, todo el mundo quería hablar contigo. No sólo querían contar su historia, sino que se supiera en el exterior. La gente me decía: cuéntelo usted por favor, los periodistas nos son muy necesarios. Hace falta que ustedes cuenten lo que nos sucede, porque si no lo cuentan, el mundo nos va a olvidar y entonces entrarán los serbios y nos matarán a todos.

Tenían un poco de razón. Porque dos años después, en 1995, entraron los serbios radicales en Srebrenica, recordáis esa historia, y mataron a 12.000 hombres en edad militar, en las edades comprendidas entre los 16 y los 50 años. Los mataron de un tiro en la nuca. 12.000 hombres. Es uno de los grandes crímenes de la humanidad que se ha juzgado en La Haya. Eso que pasó en Sbrenica podía haber pasado en Sarajevo si el mundo los hubiera olvidado.
Recuerdo que en los mercados no había nada. Eran mercados de mesas vacías. En una de esas mesas, había una mujer, con su marido. Una mujer elegante, se veía que pertenecía a una clase social adinerada. Bien vestida, aunque con ropas viejas. Él iba con su corbata, queriendo mantener un poco el aire aristocrático. Ella me llamó: “periodista, venga, venga, mire lo que comemos”. Me llevaron a una mesa y sobre ella había cajitas de alpiste. “Comemos comida para pájaros, mire usted lo que comemos en Sarajevo, cuéntelo, por favor, cuéntelo”. 
Todo el mundo te decía, cuéntelo, cuéntelo. Me di cuenta de hasta qué punto era importante contar cómo vivía esa gente. Era muy importante, lo decían ellos, para que lo supiera el mundo Y allí también empecé a desinteresarme más aún, pues nunca me había interesado, pero ahora todavía menos, por esos periodistas que van a las guerras y lo que más les importa es hacerse la foto delante de los muertos, vestidos de pescadores de trucha, con esas chaquetas llenas de bolsillos por todos lados, por cierto, que no sé que guardan ahí. Para anzuelos sirven, pero ¿qué van a llevar, balas? Balas no puedes llevar.

Empecé a sentir hacia ellos una cierta repulsión. Yo no soy un periodista especialista en guerras. Ni lo soy, ni quiero serlo. Esa imagen del periodista que se hace la foto delante de un muerto, que cuentan cómo las balas le silban a su alrededor, no me gusta en absoluto nada. No. Porque he hablado con la gente que padece la guerra.
Conocí mucha gente, hablé con mucha gente. Hablé con los periodistas del único periódico que se mantenía en pie, al que habían alcanzado montones de bombas. Vivían escribiendo la noticia diaria para que hubiera noticias. Mantenían una posición muy heroica.

Después de pasar esos días, salí con enormes dificultades de Sarajevo, que no voy a contar, porque no es mi película la que interesa. Salí y volví a España.
Tras regresar a Madrid, pensaba sobre Sarajevo y me preguntaba qué es lo que he visto en Sarajevo. Porque había visto y había hablado con mucha gente. Entonces me di cuenta de que había descubierto, sobre todo, dos cosas importantes: una, hasta que punto es terrible una guerra. Yo no había vivido una guerra tan intensamente como aquella. La habíamos visto en el cine, en reportajes, en televisión. Pero no es lo mismo que verla con tus propios sentidos, directamente. Entonces te das cuenta de que la guerra es lo peor que hay, es la absoluta denigración de la condición humana, lo que más nos denigra, es indignante.

Creo que, en la guerra, todo el mundo la pierde. La pierden los que la han ganado físicamente, porque pierden la dignidad. La pierden también los que la han perdido, porque pierden la libertad, porque pierden la vida y, sobre todo, porque pierden una cosa: todo lo que de civilizado hemos construido. Se pierden los valores cívicos, los valores ciudadanos, como el sencillo acto de tomar café con los amigos, compartir una tertulia donde charlamos de películas, de cine o de política. Se pierde lo que hemos construido como escuelas, donde los niños van a aprender; los trabajos, los puestos de trabajo, que nos gustan más o menos, pero con los que nos ganamos la vida.

Perdemos toda esa sociedad que hemos construido, esa sociedad de libertad, y esa sociedad de civilización. Una guerra lo destruye todo. Entonces, los niños no van al colegio, los trabajos escasean, no se pueden reunir unos cuantos amigos para tomar café, no hay cine. Todo lo que hemos establecido como una sociedad en la que nos movemos alegre y civilizadamente, desaparece, no sólo la vida.

Todo eso fue lo primero que percibí y de lo que me di cuenta inmediatamente. Era tremendamente doloroso verlo y vivirlo. Pero yo intento siempre vivir las cosas, saber de ellas directamente. Es mi oficio y me gusta.

Lo segundo que descubrí es hasta qué punto, en un momento determinado, los seres humanos saben reconstruir, dentro de los escenarios más tenebrosos, un escenario de dignidad. De dignidad y de amor. Sobre todo a base del amor y de esos valores cívicos que vosotros en este ciclo intentáis despertar: de la solidaridad con los otros, de compartir las cosas necesarias, de la amistad. La amistad sincera, en esos momentos, puede llegar hasta niveles muy hermosos y heroicos.

Me di cuenta hasta que punto los seres humanos somos una especie magnífica. Soy una persona que no cree en casi nada, ni en dios, ni en nada, soy agnóstico; me considero progresista y de izquierda, pero en muchas ocasiones no creo en los partidos, desafortunadamente, aunque pienso que son necesarios. No critico la existencia de los partidos políticos, ni mucho menos. Son necesarios, pero a veces tiran más al profesionalismo que al servicio a los demás.

Bueno esta es una opinión muy personal.

Pero, aunque en casi nada creo, me di cuenta de hasta qué punto los seres humanos tenemos una enorme capacidad para reconstruir sobre un escenario de destrucción, una luz de esperanza. Intentar levantarse. Es decir ¡vamos a seguir andando, vamos a seguir hacia delante, vamos a intentar que el mundo sea mejor! Me pareció maravilloso sentir eso, dentro de un escenario de terrible destrucción que es una guerra.

Me acordaba mucho de mi padre en ese momento. Mi padre, que ya murió, era periodista. Tuvo una vida dramática, pero fue muy optimista en su vida. Le tocaron dos guerras, primero, la Guerra Civil española. En una leva, lo llevaron al frente, en el lado republicano. No era hombre de ideas políticas. Pienso que la mayor parte de la gente a la que le cayó la Guerra Civil encima, lo que sufrió fue más la guerra que mantener unas ideas u otras. Mi padre era un hombre muy tolerante, muy abierto, pero un hombre más bien de ideas conservadoras y se pasó toda la guerra al lado de El Campesino. Se chupó una guerra de cuidado. Y luego, como salió de esa guerra rojeras, estuvo en un campo de concentración unos meses. Para limpiarse, se fue un año a la División Azul, como mucha gente hizo. Limpió su hoja de servicios con los republicanos, y regresó como un héroe del falangismo. Así pasó toda la vida, fue un superviviente.

Como tenía mucho sentido del humor, me solía decir: he estado en dos guerras y las he perdido las dos, no creo que me contraten para una tercera. Y añadía: además, a mi edad he muerto ya demasiadas veces por la patria. No le gustaban las guerras, ni le gustaba hablar de las guerras. 
Pero cuando le preguntabas sobre las guerras, porque yo las había visto ya en el cine o en los tebeos de Hazañas Bélicas, siempre me decía lo mismo: “mira, hijo, la guerra es horrorosa”. Y añadía algo que le había escuchado a no sabía quién: que no te dé nunca dios, o el diablo, todo lo que eres capaz de soportar. Me di cuenta de eso en Sarajevo: hasta qué punto los seres humanos somos capaces de soportar la cantidad de desastres que provocamos. Era otro elemento que me pareció muy positivo de la condición humana.

Total, que esa guerra de Sarajevo me enseñó mucho. Salí muy tocado por la experiencia de lo que había vivido y con la cabeza llena de pensamientos nuevos, cosas que no había vivido y sobre las que no había reflexionado.




Cuando llegué a España, escribí los reportajes. Se publicaron y me pagaron. Me venía muy bien el dinero que había ganado. Pero me quedé con la copla diciendo: pero si en esos reportajes apenas he contado lo vivido. Había muchas cosas que no había podido incluir en los reportajes.

El reportaje de un periódico siempre tiene un problema: la extensión. Tú no puedes hacer más que un número determinado de folios. Son pues muchas las cosas que te tienes que guardar y recortar por fuerza. El papel es caro y no hay más remedio. Entonces, me dije: tengo que hacer algo. Decidí escribir un libro, un libro-reportaje sobre lo que había visto en Sarajevo. Así escribí Bienvenidos al infierno, un libro que salió en una editorial pequeñita, apenas se tiraron ejemplares, y apenas se vieron en ninguna parte.

En las cien páginas de  Bienvenidos al infierno narraba toda la experiencia de lo que había vivido en Sarajevo. Pero tampoco que quedé a gusto. Seguía diciéndome: si es que no lo he contado todo. 
Esas dos grandes ideas, esas dos ideas que había vivido y os he resumido: el horror de lo que significa una guerra, de la pérdida de todo lo civilizado, más esa especie de esperanza y de llama que no se apaga nunca, de la condición humana, que es lo mejor que tenemos. No había reflejado todo eso, y entendí que debía escribir una novela.

Me di cuenta de que tenía que hacerlo.  ¿Por qué una novela? Porque era necesario que me imaginase unos personajes que reflejasen, como personajes literarios, todo lo que yo había visto en esos personajes reales. También, que imaginasen, dentro de la realidad que era el entorno de Sarajevo, situaciones y escenas concretas, que sirvieran como paradigma de lo que yo había vivido, que explicasen al lector, no con teorías, sino a través de la ficción y de la historia de los personajes, esas dos cosas: lo que se rompe de sociedad civilizada en una guerra y lo que los seres humanos son capaces de construir, en base al amor.

Creé unos personajes que me servirían para narrar esa historia: un personaje femenino, médico de Sarajevo, que debía reflejar esa resistencia por medio del amor y de la  dignidad ante la peor situación que puede vivirse. Y por otro lado, un periodista descarnado, un poco escéptico, que representaría esa condición humana, esa condición que tenemos todavía de ser capaces de levantar, desde nosotros mismos, un halo de esperanza.

Hice la novela pensando además --y me di cuenta, y así lo escribí en el prólogo—que  muchas veces la ficción, la novela, es la mejor vía para aproximarse a la verdad. Es la mejor manera de contar algo que es verdadero y que, sin embargo, si lo cuentas con datos reales, periodísticos, de  libro de viajes, o de libro de crónicas, no te aproximas tanto, porque no vas a la hondura de las cosas. Es ahí donde yo creo que los personajes literarios engrandecen las historias. El personaje literario significa algo para nosotros. Nos está contando algo importante sobre nosotros mismos.
Salió la novela y tuve mucha suerte. Gané dinero con ella, para seguir viajando, evidentemente. Pero, sobre todo, me sirvió para dejar reflejado algo que creo que es muy importante, que son los valores ciudadanos, los valores éticos, sobre los que vosotros estáis reflexionando en esta Escuela de Ciudadanos.
A partir de ahí, he tenido esta misma sensación con otros libros que he escrito. Os cuento, por ejemplo, dos ya hechos. A mí me gusta contar historias que te hagan reflexionar.
Recuerdo cuando viajé, para documentar mi libro Vagabundo en  África, por bastantes países africanos. Para llegar al Congo, pasé por Ruanda. Era en 1997. Ruanda había vivido en tres años antes, en 1994, las trágicas matanzas de tutsis a manos de los hutus. No se sabe todavía si murieron 200.000 o un millón de personas, sobre todo a machete. 
En Ruanda quise conocer alguno de los escenarios de aquella matanza.  A unos 40 kilómetros de la capital, Kigali, estaba la iglesia de Nyamata. Es una iglesia católica, de adobe y de ladrillo, que casi no se usa ya como iglesia porque la han convertido en una especie de monumento, de recordatorio de aquel holocausto. En esa iglesia se refugiaron unos cientos de tutsis, que buscaban la protección de la iglesia católica. Cuando llegaron las bandas de hutus, armadas de machetes, los curas católicos, que eran italianos, escaparon y dejaron solos a los tutsis. Entraron los hutus y mataron absolutamente a todos menos a una persona. Asesinaron a machetazos a niños, mujeres, ancianos. A cientos de ellos. Una vez terminada la guerra, ¿qué hicieron los ganadores, los hutus, con la iglesia?  La dejaron tal cual, como un museo del holocausto.

En el exterior de la iglesia hay unas estanterías llenas de calaveras, como hemos visto tantas veces en Camboya. En las calaveras pueden verse los golpes de los machetes. Es terrible. Dentro de la iglesia dejaron los cuerpos esparcidos, tal como habían quedado tras la masacre. Los cuerpos, con el paso de los años, ya no están: lo que se ven son las ropas, hechas jirones, y muchos huesos, muchos de ellos destruidos. Están los reclinatorios, y los devocionarios, algunos cacillos, algunos muñecos de los niños.
Entré en la iglesia. Me costaba mucho trabajo, pero me dije tengo que entrar para contarlo, tengo que contarlo. Vas andando y pisando huesos, que van sonando debajo de ti. Había un olor a cuero seco. Andaban por allí lagartijas. En lo que en su día fue el altar, había tres o cuatro calaveras. Era un escenario absolutamente desolador.

Cuando salí, vi a una mujer. Le pregunté si era la guardesa y me contestó que si.

¿Estaba usted aquí cuando la masacre? 
- Si, soy la única superviviente.
- Y ¿cómo fue? 
- Murieron todos mis hermanos, mis padres, mis hijos y mi marido. 
Me dijo que tenía seis hijos.  Ella había quedado oculta bajo los cadáveres. “No me mataron porque pensaban que ya estaba muerta”. Me quedé impresionado, pensando cómo se sentiría esta mujer, con todo ese terrible recuerdo, cómo podía seguir viva. Antes de que le preguntara, ella me dijo: 
Mire usted, sigo viva porque tenía otro hijo. Lo tenía dentro. Me quedé aquí para alumbrar ese hijo, para que mi hijo siguiera vivo.
¿Y por qué vivir aquí?, le pregunté. ¿No le produce terror? Me contestó: 
No tengo con qué ganarme la vida, no estudié, no sé leer ni escribir. La única manera en que puedo ganarme la vida es estar aquí de guardesa y así mi hijo puede comer con el dinero que me dan en propinas. 
Era una situación de supervivencia terrible, en un escenario terrible. Imagínense a esa mujer que lo había perdido todo y que permanecía en el lugar donde había matado a toda su familia. Lo curioso del asunto, que a mí desde luego no me pareció indigno, ni mucho menos, sino todo lo contrario, es que cuando le pregunté si le podía hacer una foto, ella me contestó que esperara un momento para arreglarse el pelo.

Me llenó de ternura el corazón. Me dije hasta qué punto esta mujer quiere salir dignamente en una foto, hasta qué punto dentro del drama que ha sido su vida, esta mujer me está enseñando hasta donde llega la dignidad humana.

Era otro ejemplo más de dignidad, en una persona iletrada y en un pueblo perdido del continente negro. Una mujer que no sabía nada de nada, que era muy pobre, sin educación, ni cultura, pero que sin embargo tenía esa dignidad interna que es consustancial a la naturaleza humana, a alguna gente de la naturaleza humana.

Muchas veces pienso que aquella mujer era más elegante que muchos banqueros que salen en las fotos de las revistas del corazón y luego se funden nuestro dinero.
Otro caso que recuerdo con un enorme cariño tuvo lugar en Congo. Recorría el río Congo, en un barco, cuando tuve una peripecia tremenda. Me hice amigo en el barco de un tipo de mi edad más o menos, que se llamaba Zelestín. Hablaba francés muy bien y viajaba al norte del país, donde había conseguido un trabajo. Era perito agrónomo. Había estudiado en Bélgica, cuando el Congo era aún una de sus colonias. El trabajo que le habían ofrecido estaba a mil kilómetros de su casa. Llevaba una brújula y todo el día la mirábamos en el barco, calculábamos los kilómetros que nos faltaban para llegar a puerto. Fue un viaje muy bonito y muy terrible también. Casi me cuesta la vida.

Le comentaba a Zelestin si no se iba a trabajar a un lugar muy alejado de su familia. Él me decía que sí,  pero que había estudiado perito agrónomo en Bélgica, regresó a sus país, en la época de Mubutu (1) y nunca pudo ejercer su carrera. “Tuve que trabajar como obrero de la construcción, en un sitio en el que me pagaban muy poco. Todos los días tenía que andar dos horas desde mi casa al trabajo, y otras dos de regreso”.
Por ello, Zelestin estaba contento, porque, me decía, “es la primera vez en mi vida que he encontrado un trabajo que se corresponde con lo que he estudiado”. Me aseguraba que lo peor que le puede pasar a uno es no poder trabajar en aquello para lo que te has preparado toda tu vida.

Era 1997 y aquel hombre tendría entonces la misma edad que yo, unos 52 años. Miraba con cara de niño feliz, repitiendo que por primera vez en su vida podía trabajar en aquello para lo que había estudiado de joven. Esa ilusión que había en esa cara era la ilusión de la fuerza, la misma que había visto aquel matrimonio de Sarajevo o en la guardesa de Ruanda. Esa fuerza que hacía sentirme realmente bien conmigo mismo como ser humano. Que me hacía sentirme orgulloso de mi condición humana.
Como estos ejemplos podría contar muchísimos más. Para terminar, añadiría que en todos los viajes que he hecho he aprendido muchas cosas sobre lo que son los derechos cívicos. He aprendido que los humanos somos todos iguales. No somos diferentes en función de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestra religión, del color de la piel, no.

Somos los mismos y sólo nos diferencian unas pocas cosas, que no tienen arreglo. Pero la gran diferencia es la que hay entre ricos y pobres. Y esa si tiene arreglo. Se sabe que hay medios suficientes en la Tierra para que acabe la pobreza. Pero hay exceso de avaricia, y por ello la solución no es tan fácil.

Para terminar, diría que he aprendido a lo largo de mi vida que las diferencias entre los seres humanos son muy pocas y que desde luego no dependen de las razas, ni del color, ni de la lengua, ni de la religión. Que los problemas de los seres humanos son los mismos en todas partes: el hambre, la muerte, el dolor, la enfermedad. Y que también las alegrías son las mismas: la amistad, el amor, la comunicación, la solidaridad.
Somos todos muy parecidos, en definitiva, los científicos ya lo han dicho: hay una sola raza. Independientemente de que haya multietnias, somos una sola raza. No se puede decir la raza negra, la raza india, la raza amarilla o la raza china. Somos una. Esas clasificaciones de razas ya no sirven, y además es un lenguaje políticamente incorrecto.
Esto es todo lo que quería contaros como ejemplo de la vida de un viajero-escritor y de las cosas más sustanciales que he aprendido andando por el mundo.
A efectos ejemplificadores, quizá pueda ilustraros en esta estupenda iniciativa de hacer una Escuela de Ciudadanía, en un pueblo como Manzanares.
Así que, enhorabuena por la iniciativa y gracias a todos por escucharme.
Notas a pie de página:
(1). Mobutu Sese Seko fue presidente de la república del Zaire (actual República Democrática del Congo) entre 1965 y 1997).

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