8 sept 2011

Luis García Montero, un homenaje entre tinajas


El poeta granadino, Vaso XVII del Ciclo Vinos Nobles de la Fundación Grupo A7 de Valdepeñas
Por Matías Barchino (*)
Como todas las Fiestas del Vino desde los últimos 25 años, al mediodía del sábado 3 de septiembre de 2011 se celebró una sesión más de la tertulia poética “Desde el empotro” de las Bodegas A7 de Valdepeñas, hoy Fundación Grupo A7.  
El poeta homenajeado en esta ocasión ha sido Luis García Montero, a quien se ha dedicado un Vaso Poético del llamado Ciclo de Vinos Nobles, lo que incluye una tinaja y una carpeta poética con sus versos. 
La celebración de este acto en Valdepeñas es ya toda una tradición. García Montero hizo el vaso número XVII de los dedicados a grandes poetas nacionales en esta bodega que, desde 1986,  ha acogido nombres tan ilustres en la poesía española como José Hierro, Claudio Rodríguez, Rafael Montesinos, Leopoldo de Luis, Félix Grande, Francisco Brines o Juan Carlos Mestre, entre muchos otros, que han dejado sus versos en la bodega y su palabra en el aire delicado de lías y mostos.
El Vaso XVII, con el poema Compromiso de García Montero
Las tertulias del Grupo A7 son actos sencillos y emotivos, aunque multitudinarios, en los que la palabra poética se mezcla con el vino y con la amistad, acompañándose de la música. 
A Luis García Montero lo presentó el periodista Román Orozco, que sin olvidar la labor como poeta y escritor, se centró en la faceta comprometida y activista del granadino, que él conoce desde hace años. Efectivamente, además de la publicación del último de sus libros de poesía titulado Un invierno propio (Visor) y varias antologías de su obra, García Montero está empeñado en la actualidad en hacer frente a la situación política, social y económica que vivimos en España y al desánimo que se  abate sobre la ideología progresista, con un manifiesto en favor de la reconstrucción de la izquierda, uno más de los compromisos ciudadanos que el autor ha asumido en su vida.

La mesa del acto: De izquierda a derecha, Julián Creis Córdoba, Román Orozco, el alcalde Jesús Martín, Luis García Montero y Agustín Gil.
Tras este primer retrato del poeta, un grupo flamenco culminó la intervención del presentador con una conmovedora granadina dedicada especialmente al poeta, que luego se acompañaría con otros cantes. Con la emoción rebosando el ambiente, el poeta tomó la palabra para agradecer el homenaje y para manifestar sus convicciones que se reflejan en cada uno de sus libros y poemas.

María Ángeles Rivera Matamoros canta unas granadinas.
Luis García Montero leyó una decena de poemas publicados en una carpeta hecha especialmente para este acto, ilustrada con los dibujos de Juan Vida, presente también en la bodega. Más música y más poesía, incluyendo la proclamación del XXXII Premio Juan Alcaide de poesía, otra de las instituciones culturales más antiguas de Valdepeñas, continuaron en la tertulia que culminó con la apertura de la tinaja que dejará para siempre los versos de Luis García Montero en la bodega de A7 por medio del poema “Compromiso”, una de sus obras emblemáticas que comienza con los versos:
He derramado el vino tantas veces
sobre el mantel. Los dedos de la aurora
saben por mí que el rojo
no es el color de una bandera,
sino el cielo que rompe
en el amanecer de la ciudad.
Pudiera parecer que se trata de una crónica de una actividad poética provinciana, una más de las muchas que cada día se celebran en toda España, organizadas por diversos grupos poéticos o patrocinadas por ayuntamientos e instituciones. En cierto modo es así, pero tiene algo de especial la tertulia del Grupo A7. No sólo porque se celebra efectivamente en el empotro de una bodega, entre tinajas que hasta hace no mucho tiempo han contenido vino, sino por la pequeña historia de este grupo poético.
El origen de A7 está en la relación de un grupo de siete amigos que desde su infancia, en los años cuarenta, trataron de convertir la amistad en algo más que una actividad privada y quisieron abrir sus inquietudes al pueblo. El grupo, que desde hace unos años se constituyó en fundación para asegurar su pervivencia, abrió sus actividades a todo aquel que gustara de la poesía, invitando a los más conocidos poetas de España
La galería de los vinos nobles
Cada primavera y cada otoño, la bodega de A7 es una verdadera celebración de la palabra a la que acuden interesados de toda España. Es necesario valorar cómo un pueblo como Valdepeñas está unido a la poesía en una auténtica tradición. 
Con la lejana referencia del clásico Bernardo de Balbuena, conocido de Cervantes, Quevedo y Lope de Vega, autor de uno de los grandes poemas épicos españoles, El Bernardo, y de algunos de los sonetos más logrados del siglo XVII, el amor por la poesía en la ciudad deriva directamente de la personalidad y la obra de Juan Alcaide Sánchez. Fue poeta de la generación del 39 y maestro de escuela que ejerció en la República y la primera posguerra, hasta su muerte en 1951. 
Juan Alcaide logró trasladar a sus discípulos su amor por la poesía y su devoción por poetas como Antonio Machado, Federico García Lorca o Miguel Hernández, con quienes tuvo contacto personal o epistolar. A Lorca le dedicó un emotivo poemario publicado en Buenos Aires, en plena Guerra Civil
Si se puede hablar de algo parecido a una poesía manchega, Alcaide fue sin duda su fundador, lo que le ha acarreado cierto olvido por parte de algunos ambientes que lo vinculan indebidamente con un regionalismo chato o con la poesía de juegos florales. Alcaide fue, no obstante, un auténtico poeta de grandes aspiraciones artísticas, pero su labor de maestro fue mucho más allá, pues pocos poetas de la región, como Ángel Crespo, Eladio Cabañero o Félix Grande, han dejado de valorar la influencia del poeta de Valdepeñas.
Algunos de los fundadores del grupo A7 fueron discípulos directos de Juan Alcaide y han mantenido tantos años su lección de amor por la poesía como un emblema de ciudadanía. Tal vez sea excesivo atribuir a la poesía valores o poderes que vayan más allá de la mera combinación de palabras y oraciones, es posible que la vieja aspiración a cambiar el mundo a través de los versos pueda parecer hoy una creencia ingenua. Sin embargo, la pervivencia social de un elemento tan aparentemente gratuito e innecesario como la poesía en cualquier ambiente resulta de un poder difícil de medir, pero evidente. 
García Montero con el grupo flamenco de Cristino Quintana, Román Orozco y a la izquierda José Luis Morales
El poeta con María José Maeso.
No es necesario reducirse a una poesía de contenido político o a exaltar a la lucha revolucionaria para causar una conmoción que afecta a todo el colectivo. La presencia continuada de la poesía en una ciudad como Valdepeñas anima a que se mantengan algunos valores permanentes que  toda colectividad debería tener y animar, muy vinculados a valores sociales y de compromiso. 
En este contexto es fundamental la labor que grupos como A7, el Grupo Artístico-Literario El Trascacho o la Asociación Amigos de Juan Alcaide de Valdepeñas tienen para asegurar la permanencia de esos valores que ya son una tradición en el pueblo. 
En este contexto, la Fundación Grupo A7 se ha propuesto mantener y extender su actividad con los homenajes a grandes poetas nacionales, pero también a los poetas más cercanos, en su Ciclo de Vinos de la Tierra y a los jóvenes, en su Ciclo de Vino Joven. Ampliar su actividad al arte (desde hace años mantiene un premio en la Exposición Nacional de Valdepeñas) y en la música son objetivos de la Fundación. La presencia de Luis García Montero en Valdepeñas es una forma de afirmar el valor que la palabra poética tiene para la sociedad en la que surge y de la que se nutre.
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(*) Matías Barchino (Valdepeñas, 1961) es profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Castilla-La Mancha y decano de la Facultad de Letras de Ciudad Real. Es también secretario de la Asociación Amigos de Juan Alcaide de Valdepeñas. Ha escrito artículos y ensayos sobre escritores como Pablo Neruda, Nicolás Guillén o Julio Cortázar. En la actualidad participa en el proyecto de investigación: El impacto de la Guerra Civil Española en la vida intelectual de Hispanoamérica: http://impactoguerracivil.blogspot.com/

7 sept 2011

La educación física, de Pablo Fidalgo Lareo


Un marginal sin vocación de marginalidad
Por Rafael Morales Barba (*)
La educación física y también sentimental, es un poemario diferente por tono y planteamientos, además de una reflexión sobre el tránsito de la juventud a la madurez.
  
Nuevo por su saber estar atendiéndose desde una sinceridad en plena conmoción. Por analizar y analizarse con una llaga efervescente y apasionada, diferente en sus deudas líricas pensativas con la línea clara. Novedosa por estar distanciada del ashberyanismo irracional como del fragmento o de cierto realismo meditativo o irónico de algunos poetas nacidos hacia 1975. De los entregados a las poéticas de la retracción y resistencia, donde la opacidad del signo a veces se hace igualmente presente.
  
Hay pues una mirada distinta a las escuelas conocidas por el tono, pese a las deudas de época en la autognosis más o menos confesional, pero con un barniz de ebriedad que, sin caer en el de Dylan Thomas o Ted Hughes o inclusión en las palabras desbordantes en el sentido, busca el salto sin logolalia.

Pablo Fidalgo (1984) trae así en La educación física otros entusiasmos frente a su edad y sus referentes al desatender primeramente a los poetas contenidos, irónicos, frágiles, minimalistas, preciosistas o crípticos, en este poema dividido en 50 partes, bajo el patrón de la juventud como crisis. Por desatender en cierta medida a los modelos que más o menos han venido siendo sello de distintas editoriales.
La educación física o un extenso poema no planteado explícitamente bajo esa fórmula de manera organizada, aunque  lo parece en su obsesiva manera de volver, analizar y pormenorizar la juventud desde el deseo, el amor y el desengaño, como inexactitud o confusión, entrega y reflexión. O desesperación e incontinencia, en esa relación entre orfandad y madurez, generosidad y búsqueda de explicaciones (a veces recurrentes).

Con estos planteamientos los poemas se conforman unitariamente en su asunto: una perspectiva en crisis, hiperbólica o desmesurada a veces, enfática y analítica (pero entregada frente a las poéticas de la sospecha), cuyos versículos indagan agónicamente en los límites del entusiasmo y la frustración desde un yo citado como varios sin heteronimias, con el innominado siempre, salvo como cuerpos, el amor, la juventud…
Una poética de la edad, según feliz expresión de Litoral, donde su exaltación infringe las perspectivas reconocibles en buena medida, al menos las más inmediatas, para ser un libro distinto a su época, fiel en cuanto a lo meditativo, pero con un tono diferente al acogerse a una exaltación de línea clara o inteligible, ajena al asociativismo y sus límites ante el sentido. Diferente en la perspectiva autobiográfica en los modelos. 
Así se acerca tanto al autoanálisis exaltado como a la mirada del bardo waltwhitmaniana (desde la mirada excéntrica y escenográfica, desbordada, Jóvenes del Sur, vengo del norte o de interrogantes conmovidos, como en cierta manera ha hecho el último Luis Artigue).

Una mirada atenta al tono intimista del penúltimo Luis Muñoz (desde la reflexión y la minuciosidad analítica, sin caer en el mimetismo de otras poéticas), sorteando lo hímnico para ser conmovidamente minucioso y analítico, obsesivo. Sin embargo, su vitalismo no mete el compungimiento y el narcisismo de la herida en la mochila donde irás guardando todo el dolor, pese a las  amarguras.
  
Con esa vinculación entre vida y poesía transmite una verosimilitud en la entrega donde su admirada Mary Oliver le susurra como la poesía no es una profesión, sino una manera de actuar y entender la vida.

Bajo esos parámetros trae Pablo Fidalgo un libro reflexivo y exaltado simultáneamente, analítico, desasosegado y tierno, del amor y el deseo, con la bulimia de los cuerpos muy presente. O una juventud en crisis ajena por lo general al narcisismo doliente como hemos dicho, aunque su poética no se atreve a ser completamente trasgresora, pues vivimos una época de retraimiento demasiado pudorosa y compungida, donde el prestigio de la poesía reflexiva y filosófica, a veces muy aburrida por pretenciosa, ha ganado prestigio.

En este sentido Pablo Fidalgo es un hijo de su época. Pero diferente, insistimos, por tono y entrega en su querer decir sin narrar, de mucha originalidad y verosimilitud. Con un tono servido por interrogantes retóricos, mostrando y demostrando el desasosiego como marca de un espíritu puesto en el brete del cambio, sentencioso a veces, esticomítico y de fraseo claro, ajeno a las sinapsis, el fragmento o  las elisiones, llega esta reflexión herida y conmovida. Raptada y enfebrecida, volcánica en ocasiones, donde las acumulaciones in crescendo forman parte de sus requerimientos irresueltos, tormentosos.
Una perspectiva reflexiva y analítica por lo general en las inestabilidades, ajena al deslumbrón tropológico pero donde existe un saber decir, con algo que contar sin pacto. A veces simbólicamente y con la inteligencia del poema como enigma, a pesar de su claridad, pues Pablo Fidalgo Lareo no ha escrito un libro de oficio o pluma, ni manufacturado y cosido en el lomo de la imitación, sino una obsesiva mirada sobre una crisis con la verosimilitud de un protagonista que no puede eludir cuanto le conmociona, la juventud que empieza a dejar de ser. Y así es su atenderse sin misoneísmos, sin miedo a no traer un bagaje de lecturas de moda, al servicio de una sinceridad de su tiempo o verosimilitud realmente nueva desde la voz del bardo, o más precisamente, de un vitalismo contra el sesgo de  época.

Por ello parece diferente en planteamientos y tono, sin narcolepsia, ironía, sin maniera en la sospecha, de calidades iniciales e inusuales en la fortaleza de la herida. Algo parecido trajeron Carlos Pardo o Julieta Valero desde otras orillas. Así, con un canon distinto al de los referencia de los poetas de 1975 (y cuya tendencia, pese a las ausencias y sobras, se reúne en Deshabitados) Pablo Fidalgo recupera el canto conservando algunas deudas con sus predecesores desde ese intimismo pensativo y fraseado a veces.  Un canto que siempre porta sensación de inmediatez Tu juventud tiene que cambiar ahora, con el vitalismo de lo propio atormentado.

Nos cuenta así esa crisis y fragilidad sin narcisismos, sin necesidad de llamarse frágil, conmoción del he pensado en matarme, sino desasosiego radical y tránsito.  Y visto el libro no parece una declaración  ficticia del inadaptado, o un único cuerpo, o la verdad posible, sino un esfuerzo por llegar a lo comunicable desde el sacarse de sí y hablar para poder ser, Nosotros, todos actores, lo haremos excediéndonos. Sacrílego a veces por ello si quieren, o parafrástico, este es mi cuerpo, esta es mi parte, cuando llega la crisis, la juventud o cuerpos, las tormentas y sus tormentos, los excesos e inestabilidad,  pero juventud al fin y al cabo definida al Despertar. O donde elijo educarme, ese es el sentido de la educación física, sentimental e inestable, bulímica o ansiosa, llena de anónimos, como el sonido que hacen/ nuestros huesos al tocarse cuando la juventud se ha terminado. O rememora  otra forma de pasar tu vida / a la que nadie quiere arriesgarse.

Poemas finales donde siente su excepcionalidad y diferencia cuando no se sabe su multiplicidad y univocidad, y todo se aparta de la ebriedad amorosa por la reflexión. O el fin de la juventud entusiasta plegada al cuerpo y al vitalismo. Cuando todo se difumina, empieza a ser memoria de la conmoción, luces (que) han estado encendidas demasiado tiempo, y la exaltación se hace imposible frente al sosiego, el desencanto del amor que lo ocupara todo, o crisis de madurez.

Lean, lean a Pablo Fidalgo Lareo en sus conmociones, pues es un marginal sin vocación de marginalidad, fresco y nuevo, un exceso contenido, una promesa. 
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Un poema
Nosotros nunca pensamos
Nosotros nunca pensamos
que podríamos vencer.
Quise amar un cuerpo sencillo
y cuando vi que no me amaba,
que miraba mis marcas y no las aguantaba,
conseguí un cuerpo enfermo y frágil para pasar la noche,
porque esa era la parte de mi vida
donde aún tenía algo que decir,
donde tenía una historia.
Me dijiste que era muy normal
para ser amado por un cuerpo extraño
y muy extraño para ser amado
por un cuerpo normal.
Tu juventud consistió en mantener tu cuerpo limpio
para que cuando llegase tu oportunidad
nadie te hiciese pasar la prueba.
Y te fuiste lejos para que nadie
quisiera salvarte en el último momento.
El cuerpo más frágil me está hablando.
Hicimos el movimiento de nuestra vida
y no hicimos más.
Vi tu cuerpo descansando,
era lo más bello que había visto nunca
y no comprendía cómo habíamos llegado hasta allí,
pero aquello tenía que durar
y dura hasta hoy.
Enferma, te dije que ibas a descansar toda tu vida,
y no te pregunté lo que querías
porque tú eras toda la belleza,
y te lo dije, y tú creíste en mí,
y por eso me encargué de todo.

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Datos de autor tomados de Pre-textos
El autor

Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984).
En el año 2005 funda junto a Itsaso Arana, Celso Giménez y Violeta Gil la compañía teatral La Tristura, que ha estrenado, hasta la fecha: La velocidad del padre, la velocidad de la madre (2006), Años 90. Nacimos para ser estrellas (2008) y Actos de juventud (2010).
Las tres obras han sido publicadas en los pliegos de Teatro y Danza. Con Estefanía García ha estrenado la pieza La democracia (2009). La educación física es su primer libro de poemas.
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El libro
La educación Física. De Pablo Fidalgo Lareo. (Pre-Textos, 2010) Rústica. 88 Páginas. 18 Euros (12 en Casa del Libro)
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(*) Rafael Morales Barba es profesor de Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha impartido clases en diversas universidades europeas y americanas, entre ellas en la Universidad de St. Lawrence (Nueva York, EE UU).
Ha publicado ensayos sobre José Ángel Valente y Claudio Rodríguez. Es autor también de Última poesía española (2006),  La musa funámbula. La poesía española entre 1980 y 2005 (2008) y Poetas y poéticas para la España del siglo XXI. 

5 sept 2011

Músicos en Manzanares



Tres importantes personajes de la música española han paseado por las calles y bares de Manzanares invitados por Escuela de Ciudadanos.
Miguel Ríos conversa con el propietario del Mesón del Toro, Alfonso
Con los propietarios de la tienda DÚO y Lola Román
Miguel Ríos con Lola Román
Paseando por Manzanares con Enrique Sierra y Román Orozco


Víctor Manuel, con Alfonso y Piedi, propietarios del Mesón del Toro


Enrique Sierra, en la plaza de Manzanares

2 sept 2011

De cómo la vida puede llevarte adonde tú quieres


Manzanares, 18 de marzo de 2011

Por Víctor Manuel.

Es relativamente fácil ser un buen ciudadano. Por ejemplo, Román lo es. Siempre le he conocido defendiendo al más débil, a veces entregado a causas que estoy seguro el imaginaba con poco futuro, pero también es de buen ciudadano defender causas perdidas. Al cabo de tantos años, nos hemos encontrado a veces, en revistas juveniles, en adultos territorios comunes o en lugares remotos a los que nuestro trabajo nos ha llevado... Le he conocido siempre igual y creo compartir con el una reflexión común: ya que no podemos cambiar el mundo, al menos, que el mundo no nos cambie a nosotros.
Somos lo que somos porque nacimos donde nacimos; creo en el determinismo y en las maneras de vivir que te llevan por un camino desechando otros, en mi caso, flanqueado por algunas vidas ejemplares que me enseñaron que merece la pena vivir de esta manera y no de otra.
Desperté a la vida en medio de un prado verde, al lado de un bosque y enfrente de un río negro; me acunaron manos encallecidas por el trabajo rudo y las primeras palmadas que me llamaron al orden también fueron esas. Mi padre trabajó en la mina y luego en la construcción del túnel de la Renfe en Olloniego antes de ser ferroviario, donde se jubiló. Así que toda mi infancia giró alrededor de los trenes. La hermandad entre ferroviarios o hijos de ferroviarios existe, puedo demostrarlo; siempre hay personas que me abordan para contarme que también ellos son hijos del ferrocarril.
Me subí a mi primer tren en solitario con siete años, tenía el kilométrico que te correspondía por ser hijo del cuerpo y mi padre me subía al tren en Mieres después de darme un ida y vuelta hasta San Juan de Nieva, en el mar, donde acababa el recorrido y me repetía varias veces antes de subir al tren, como si yo no le entendiera a la primera: tu no te bajes, cuando el tren llegue al final vuelve otra vez para acá y yo te estoy esperando aqui. Era un juego entre el y yo, del que por supuesto apercibía al revisor para que me echase un ojo.
Mi imagen de la felicidad siempre ha sido, correr detrás de una pelota por un prado verde y también, dejar volar la imaginación enredada en el humo de los trenes que poco mas allá ascendían el Puerto de Pajares para salir a la meseta castellana.

Tengo un primer recuerdo de mí, debía tener dos o tres años: estoy sentado encima de la mesa de la cocina, mojando pan en un bote de azúcar y atado con un cinturón a la reja de la ventana. Esa era mi guardería. Mi hermano, cuatro años mayor, estaría en la escuela, mi padre trabajando y la madre en la huerta o limpiando la cuadra de los cerdos o yendo o viniendo del mercado o arrastrando sacos de harina para dejarlos en el pasillo de la casa.
Eran gente muy humilde. Padre se quedó huérfano y pasó a ser cabeza de familia con 16 años, cuatro hermanos y una madre. Su padre, Ángel, cuando acabó la guerra en Asturias, fue detenido y encarcelado en Oviedo; fusilado y enterrado en la fosa común cuatro años después, tras un simulacro de juicio; ahí está su nombre en el cementerio de Oviedo junto a otros 1.300 asesinados sin posibilidad de defenderse. En casa nunca nos contaron que había sido fusilado ni por qué le habían matado; por Todos los Santos, cuando íbamos a poner flores en la fosa común del cementerio de Oviedo, siempre en el mismo lugar, en un ritual decidido por mi padre, cuando emprendíamos el camino de vuelta para Mieres siempre le hacía la misma pregunta: ¿porqué mataron al abuelo? El siempre respondía lo mismo: por robar una cesta de huevos...
Como tantas familias, intentaban alejar de nosotros el fantasma de la guerra civil y en la casa nunca se hablaba de eso, aunque ese silencio era compatible con escuchar al mínimo volumen Radio Pirenaica; yo escuchaba atentamente junto a mi padre pero no era capaz de interpretar la realidad. Por un lado me contaban la muerte del abuelo como un hecho casi anecdótico y por otro, cuando les pedía que me dejasen apuntarme a la OJE, la organización juvenil de la Falange (porque allí las excursiones eran gratis; tenían campeonatos de fútbol y además porque los bocadillos de anchoas en el bar eran muy buenos) mis padres me negaban esa posibilidad con el argumento de que ELLOS eran los que habían matado al abuelo.
Tuvieron que pasar largos años antes de conseguir armar el rompecabezas. La última pieza que me faltaba por encajar llegó cinco años atrás, una asociación para la recuperación de la memoria histórica me hizo llegar toda la documentación acerca de la detención, juicio y fusilamiento del abuelo Ángel. Ahí comprendí, en esos papeles, con los nombres de los protagonistas, todo el cainismo y la sordidez criminal de una época donde efectivamente, parece que las salvajadas ocurrieron en ambos bandos pero a día de hoy, 18 de marzo del 2011, se calcula que ciento veinte mil, y todos del mismo bando, esperan en las cunetas o en fosas comunes que alguien les de sepultura definitiva.

Yo decidí muy joven y por mi cuenta que quería ser cantante. Bueno, lo que quería era irme por el mundo, en un circo de los que pasaban en fiestas por el pueblo o sencillamente comprobar con mis propios ojos que después de aquellas montañas existían otros horizontes. Era muy dado a soñar, a imaginarme subido en un escenario; o aclamado por cien mil espectadores después de marcar un gol de tacón en el Bernabéu, para el Real Madrid por supuesto.
También me gustaba el cine, primero las películas de niños prodigio como Marisol y sobre todo Joselito, al que creía parecerme y trataba de vestirme como el, igual que en el presente hacen los adolescentes con sus ídolos; mi debut como cantante fue en el cumpleaños de la directora de la academia y cantando la Campanera. Mi madre cantaba por Concha Piquer mientras trajinaba por la casa y padre por Jorge Negrete o Miguel Aceves Mejía.
Yo escuchaba mucho la radio, Los Cinco Latinos, el Dúo Dinámico y recuerdo como si fuera ayer el escaparate donde vi el primer disco del rey del twist, Miguel Ríos. Todo esto ocurría en Mieres del Camino, villa minera en el corazón de Asturias, de gran actividad industrial, donde corría el dinero y el alcohol; llegó a tener cuatro cafés cantantes. En los setenta comenzó un declinar imparable con el cierre de pozos mineros y otras actividades industriales.
Yo pasaba las horas enganchado a la radio y había escuchado en Discomanía, un programa de Raúl Matas en la Cadena SER, a nuevos cantantes que se escribían sus canciones y que además no necesitaban cantar de una forma ortodoxa, tenían voces diferentes, rasposas, parecían haber inventado otra manera de cantar y eran poderosamente atractivos.
Con aquella primera guitarra que me regalaron me puse a escribir canciones, por supuesto muy malas, lo previsible en alguien que no sabe su oficio ni intuye por dónde empezar a saberlo. También me regalaron una armónica y como instrumentista y cantante me apunté al primer Concurso Artístico de Otoño que se celebraba cada mañana de domingo en el Teatro Capítol de Mieres. He sido siempre reservado y no conté nada en casa así que mi padre descubrió mis intenciones paseando por la calle cuando alguien le entregó un volante donde estaba anunciado su hijo. Cuando volví del Instituto me preguntó: ¿vas a cantar el domingo en el teatro Capitol? Si, respondí. Se compró una entrada y fue a verme.
Poco después me convertí en el cantante de la Orquesta Bossa Nova; El Chato a la batería, Tasio con el acordeón y Quico al saxo. Bailes, comuniones y bautizos. Seguía escribiendo canciones y aunque sentía que mejoraba, la mala calidad de la escritura seguía siendo norma. Escuchaba mucha música y empecé a elegir: me gustaban los cantantes franceses (Aznavour, Gilbert Becaud, también Adamo); algunos italianos (Gino Paoli, Sergio Endrigo); descubrí la Nova Cançó catalana, primero Raimon, luego Serrat, también Paco Ibáñez.

Y de escucharles a ellos y a otros muchos, también por leer mucho y retener las lecturas, empecé a escribir canciones que hablaban de otras cosas, de un soldado forzado a matar que se convierte en cobarde; de un hombre bien situado que abandona todo para convertirse en mendigo; de un abuelo que abrasa su vida picando carbón; de un derrumbamiento en una mina...
Y así, sin pretenderlo, por tratar de ser diferente, se me fue complicando el oficio ante mi asombro que seguía pensando de mi mismo que no era un peligro público, vamos, que no era para tanto. Porque cuando yo me presenté en el Festival del Atlántico, en Puerto de la Cruz (Tenerife) con El cobarde estaba convencido de que concursaba con una canción pacifista -¿y quién puede no desear la paz?- pero cuando la escuchó el gobernador militar de Canarias dijo que esa canción era antimilitar y quiso empapelarme, aunque se conformó finalmente con que no ganase el festival, haciendo que el jurado votase dos veces después de haber ganado El cobarde la primera votación. Yo no salía de mi asombro: cómo podían los demás opinar sobre cosas que yo ni siquiera había pensado.

Estaba lleno de buena voluntad y confuso a la hora de interpretar la realidad. Intoxicado como tantos, salvo excepciones, por la propaganda del régimen y el arma poderosa de la televisión única. Era capaz de escribir en esa época La planta 14 abruptamente prohibida en mi primer disco y resignadamente, como una fatalidad, guardarla en un cajón y estar años sin cantarla. O escribir Carta de un minero a Manuel Llaneza y dentro de ella escribir frases confusas referidas a intervenciones foráneas de gentes ignotas que malquerían a España, argumentos que usaba a diario aquella dictadura para defenderse de un supuesto complot judeo-masónico.
Manuel Llaneza había sido el fundador del Sindicato Minero y alcalde de Mieres, mi pueblo y según cuentan, modelo de buen ciudadano. Supe de el por un trabajo sobre el Movimiento Obrero en Asturias de David Ruiz, libro de historia que burló la censura en aquellos tiempos, finales de los 60. Su lectura hacía que me hirviera la sangre, me sublevaba el desconocimiento de nuestra historia pero no era capaz de traducir cabalmente al presente lo que leía. Seguramente me faltó pasar por la Universidad, para escuchar otras voces, aunque tampoco eso sea garantía de nada.
En la medida que iba descifrando mejor la realidad, disponiendo de más conocimientos, mas repertorio nuevo me iban prohibiendo. Los primeros viajes a Latinoamérica, el encuentro con el mundo del exilio me volvió del revés. Yo desconocía todo de esa gente, de sus luchas, de su peregrinar lejos de casa. En mis primeros viajes a México, Argentina, Chile, Venezuela descubrí poetas de los que desconocía su existencia; poemas que marcaron mi vida posterior, como Asturias, de Pedro Gárfias; guerrilleros que habían estado emboscados en Asturias, peleando contra Franco, como Aris Llaneza, hasta 1949. Gentes que estaban deseando volver y otros tantos que no querían regresar hasta que Franco desapareciera. Y yo ahí en medio, como una esponja, empapándome de todo lo que hasta ese instante desconocía y regresando a casa con todo ese bagaje, que ya me obligaba a mirar de forma diferente a mis compatriotas.
Pero todos los problemas que yo había padecido hasta entonces no fueron nada comparado con lo que aun estaba por llegar. Muchas de las canciones que escribí durante Pos años 71 y 72 no pasaron censura. Pero sobre todo una de ellas, acabó cegándome todas las salidas. Se titulaba No quiero ser militar y enfureció tanto a los responsables del aparato censor que me aplicaron silencio administrativo o algo así, lo que que se traducía en que no podía grabar material nuevo mientras ellos no lo autorizasen.
La canción era muy panfletaria, muy directa, lo que el cuerpo me pedía, sin mas cálculos: “no quiero ser militar si debo poner cadenas al hombre que pide pan, no quiero ser militar, si debo servir gobiernos de ladrones con misal...", y por ahí para adelante, en este tono.
Nunca debí mandar esa canción a censura porque ya me sabía la respuesta, pero empiezas a darle vueltas ¿la mando, no la mando...? y la mandas pensando "a ver si les jodo la mañana..." Puro infantilismo. Esto enlazó con una comedia musical que escribí y pretendí estrenar titulada Ravos y de la que a su paso por censura no quedaron ni las raspas. La verdad es que era un vómito sobre nuestra realidad de 1972, en la que incluso aparecía en escena Sánchez Bella, a la sazón ministro de Información y Turismo y responsable último del aparato censor. Nos fuimos a estrenarla a México y ahí nos estaban esperando.
Los periódicos, la televisión, la radio de aquí, contaron que pisábamos la bandera española en el escenario, cosa que era incierta, fue la escena que nunca existió. Pero en aquellos tiempos se jugaba con la honra o el prestigio de los demás sin que uno pudiera defenderse en ningún lugar. Eso me radicalizó aún más y ya me quedé para siempre al otro lado del río, pensando que yo con los que estaban en esta orilla no tenía nada que ver y que, además, iban a tener un enemigo jurado para siempre. En la otra orilla había encontrado ciudadanos que parecían pertenecer a esa España que algún día sería posible, no sabía cuándo ni como, pero si que era más justa, más solidaria, más leída; estaba convencido que aquella España peregrina más pronto que tarde regresaría con todas sus banderas.
Cuando regresamos de México, seis meses después de lo previsto, el ambiente era de abierta hostilidad, porque, aunque a nivel oficial todo estaba claro, ya se encargaron ellos de no aclararlo públicamente, así que comenzamos un trabajo de hormiga laboriosa, de puerta en puerta, de escenario en escenario, explicándonos y sin retroceder ni un paso de nuestros principios. Esos fueron los claros resultados de un hostigamiento que consiguió justo lo contrario de lo pretendido: no acallarnos.
Todos los buenos ejemplos que yo había tenido a mi alrededor en los primeros años, en Mieres, encajaban ahora con el mundo en el que me estaba moviendo, en las movilizaciones sectoriales, en la agitación perpetua con la que uno convivía, en la escritura urgente de canciones que por supuesto no sonaban en radio alguna y menos en TVE, donde el veto era absoluto.
¿Y donde quedaba mi familia en todo este tránsito de su hijo menor?. Pues viviendo mis peripecias a distancia, con un gran desasosiego que nunca me transmitieron, aunque mi madre me susurró, para que yo lo supiese, que a padre le amenazaban de vez en cuando dejándole alguna nota en el parabrisas de su coche. Cuántas veces me dijo padre que al abuelo le habían matado por robar una cesta de huevos y nunca se le ocurrió decirme que tuviese cuidado, que el enemigo era temible. Secretamente debió ver en mí una vindicación de su suerte, de su humillada vida, de tanto silencio.

Vivir es elegir y conviene ser consciente de que no puedes gustar a todo el mundo. Cuanto antes te des cuenta, mejor, aunque hay gente que se muere sin comprenderlo y pasan por la vida tratando de poner huevos en todas las cestas. Conviene saber pronto que cada decisión que tomes te lleva por un camino y no por otro. Que con cada canción que escribes delimitas tu territorio. Con cada opinión que manifiestes acerca de la cosa pública, alguien te volverá la espalda, alguien se sentirá irremediablemente ofendido. Así es este país...Pero conviene aclarar que en otros países saben diferenciar, compartimentar, las cuestiones artísticas y las políticas. Así que estos son los bueyes con los que tenemos que arar y no se puede dejar de escribir, de cantar, de opinar, porque a otros no les guste lo que dices.
Mi generación es el puente que viene de un tiempo en el que los artistas, salvo alguna excepción, esperaban las migajas que caían de la mesa de los señoritos para pasar a depender del sostén que le da el público. Su independencia se la regala el espectador que compra una entrada o va a la tienda a comprar su disco. Es otro modelo de artista que se gana su libertad y la defiende con la complicidad de ustedes. Y esto, creo yo, esto y las canciones claro, es lo que le da su carácter incombustible, su permanencia tan prolongada en los escenarios.
¿De que hablan cuando hablan de jubilarse a los 67 años? Puedo decirles un montón de artistas en activo, y todos tienen más de 67, y además no parece que tengan ninguna intención de abandonar su trabajo por el momento. Ese es otro de los secretos de este trabajo tan poco secreto: subirte al escenario es volver a nacer, a inventarte cada día; ahí arriba tienes magnetismo, tienes poder y lo mejor que puede pasarte es que sepas usarlo no solo para ti, también para devolverle a la sociedad los privilegios que te ha dado.
Si uno elige militar en un partido es porque está convencido de hacerlo en el lado bueno, o así quiero creerlo, aunque me desmientan todos los tránsfugas que en el mundo han sido. En la militancia y fuera de ella encontré compañeros de viaje que además de buena gente, regalaban su tiempo, su esfuerzo para que el país cambiase. Y a imitar ese ejemplo me dediqué desde entonces, regalando parte de mi tiempo, de mi trabajo, para que este país y esta sociedad fueran mejores. Y ya lo creo que lo son.
No se recuerda en la historia de este país llamado España un periodo tan largo de convivencia pacífica, ni han existido nunca tantas conquistas sociales ni tanta permisividad en las costumbres. Y que dure. Como activo militante de nuestra transición política, pienso en la distancia, que pudieron hacerse mejor las cosas pero estoy convencido que solo se hicieron las cosas posibles, teniendo en cuenta que nadie tenía, ni gobierno ni oposición, un mapa para ver por donde se salía de aquel laberinto; se improvisaba todo el tiempo en función de los tirones que daban indistintamente el viejo régimen, los militares como parte de él y la oposición que lo querían todo pero con la boca pequeña, no fueran a enfadarse.... No puedo imaginar adonde nos hubieran llevado posiciones maximalistas ni que desgarros hubieran producido.
De aquel tránsito salí muy fatigado. Cuando no tienes aspiraciones políticas, profesionalmente hablando, las peleas internas, la militancia, provoca un desgaste inaceptable y yo, allá por 1979, después de varios años en primera línea, el cuerpo ya me estaba pidiendo otras cosas y además, tenía un hijo de tres años con el que me apetecía mas perder el tiempo que en reuniones interminables, a veces estériles. Aún así, seguimos Ana y yo militando en el PC-para los mas jóvenes, no es un ordenador- hasta 1982, cuando nos fuimos dando un portazo con un artículo publicado en El País titulado "Nos vamos porque seguimos en el mismo sitio", ante la propuesta de Santiago Carrillo, tras el fracaso electoral, de nombrar como si fuese un monarca, a un heredero en vez de convocar como muchos pedíamos un Congreso extraordinario para quitarnos las telarañas.
Claro que fui en ese tiempo tentado para profesionalizarme políticamente, pero nunca se me pasó por la cabeza dar ese paso, la música es y ha sido siempre mi único objetivo, mi único medio de vida y haciendo música he opinado, opino y opinaré sobre política mientras siga escribiendo.
Hay quien piensa que las canciones deben ser solo eso, canciones, y no tratar de ser otra cosa, pero a veces la música, además, puede ser altavoz de causas sin voz, o paño de lágrimas o refugio de esperanzas. Hay voces, escritura y oídos para todos y una canción no es mejor ni peor por su temática.
Yo he tratado de meter en algunos de mis textos situaciones, personajes, que nunca antes habían estado en las canciones. En mis comienzos, El abuelo Víctor o La planta 14 ofrecían dos visiones diferentes del mundo de la mina, la primera, una mirada sentida, como no podía ser de otro modo, se trataba de mi abuelo y aquello que yo escribí pensando que no grabaría nunca porque a quien podía interesarle algo tan personal, se convirtió de pronto en el abuelo que todos hemos tenido aunque nunca hubiera bajado a la mina y hubiera quemado su vida en otras labores igualmente esforzadas.
La planta 14 habla de otro tiempo, de otra mina, de otras relaciones laborales, de otro mundo más brutal, de la tragedia que provoca un derrumbamiento allá adentro; de las historias que alrededor del fuego contaban la familias. ¿Que por qué canté tanto a la mina? Bueno, era lo que yo había tenido delante de mis ojos hasta los 16 años; tios, primos, padre, abuelos, todos habían bajado a la mina y sus experiencias abajo eran el pan nuestro de cada día.
Además tuve un plus adicional: al lado de casa vivía Paulo, minero, picador, la persona peor hablada que he visto en mi vida; él me enseñó a mí, desde bien pequeño, todos los juramentos que yo suelto cuando me siento muy contrariado. Tenía un corazón que no le cabía en el pecho y era hombre de principios, siempre que había huelga minera se lo llevaban a la cárcel de Oviedo. Una tarde volvió con la espalda desollada, en carne viva y allí se aplicaron las mujeres a darle ungüentos para aliviarle el dolor; yo estaba espantado mirándole, pero aún asi le pregunté: ¿qué te pasó Paulo?, nada Vitorín, pegáronme.
Muchas veces me han preguntado a propósito de Solo pienso en ti si tengo familiares discapacitados o he tenido alguna experiencia relacionada con ese mundo. Ni lo uno ni lo otro; lo que me hace escribir esa canción es el conocimiento de esa realidad a través de un reportaje periodístico en el diario Córdoba. Discapacitados psíquicos no profundos, en la residencia Promi, en Cabra (Córdoba), fabricaban muebles, forjas, financiaban su estancia en la residencia y algunos mandaban dinero a sus familias, muy humildes. Existía un problema, era una residencia mixta y algunas familias se negaban a que se les facilitasen anticonceptivos a sus hijas. A la tarde, cuando acaban el trabajo, Mariluz y Antonio agarrados de la mano paseaban por el jardín. Esa es la imagen que impregna y hace nacer Solo pienso en ti.
Si hay una canción que siempre me traiga la alegría de la mano es esta. Primero, porque muchos familiares de discapacitados me han agradecido haberla escrito y haber hecho visible algo que estaba ahí, que aunque hoy parece tener carta de normalidad la integración del discapacitado, no siempre ha sido así y solo el esfuerzo de tantas familias ha conseguido que la sociedad ya no mire para otro lado ante este tema. Revisando artículos que se escribieron a propósito de la canción cuando se editó en 1979, se refieren a la temática como de pasada, sin hacer hincapié, describiendo la canción más como un tema amoroso y sin entrar en el fondo del asunto. Otros tiempos.
Tampoco he necesitado tener experiencias homosexuales para escribir ¿Quién puso más?, en 1980. Simplemente tenía enfrente a dos amigos con una muy larga relación amorosa y como tantas veces, esta termina con los consiguientes desencuentros y devoluciones del rosario de su madre.
O cuando me he acercado al mundo del heroinómano a través de la mirada, de la experiencia de una madre que agobiada por largos años de dolor decide dar muerte a su hijo con una dosis pura de heroína. O al secreto mundo que ha rodeado el alzhéimer en El hombre sin recuerdos. Sabía de la enfermedad, pero no los parámetros en los que se movía. Solo tuve que esperar cinco años mas después de escribir la canción para empezar a bregar con mi madre y esa enfermedad, que acabó con ella hace poco más de un año. O a mirar el derrumbamiento de las Torres Gemelas en La doble muerte de Juan Diego, con los ojos de un mexicano que trabaja en las torres y que, por no tener papeles no estará nunca contabilizado entre los muertos.
Tampoco he necesitado ser mujer para escribir sobre la violencia de género en El club de las mujeres muertas, me basta ser hombre para horrorizarme ante la humillación y el calvario de tantas ciudadanas que a veces, simplemente, por no tener independencia económica tienen que soportar a energúmenos, más parecidos a las alimañas que a los hombres.
Con María Ávila
Como no preciso tener a un familiar en una cuneta para hablar de la memoria histórica en Cómo voy a olvidarme y de la extrañeza que a mí me provoca que gente "de orden" carezcan de una mínima caridad cristiana y discutan la necesidad que tiene cualquier ser, tenga la ideología que tenga, de enterrar a sus seres queridos.
No quiero agobiarles con más títulos ni mas canciones. He intentado, intento, ser un buen ciudadano, regalando tiempo y esfuerzo a los demás, a causas colectivas que a mi me hacen mejor solo con participar de ellas. Nunca he negado una mano que alguien me haya pedido y me he dedicado a escribir canciones que hablan de nosotros, de lo que nos pasa, de lo que queremos ser y de lo que nunca seremos. A tratar de que mi oficio, este viejo oficio de escribir canciones, siga siendo artesano, siga mereciendo la pena y esto será así mientras que uno solo de ustedes esté dispuesto a escuchar esas canciones.


Con Cayetana y Felipe Román
Con Ana Reyes y Dylan
Con Pilar Romero y Nieves Ursa