miércoles, 7 de septiembre de 2011

La educación física, de Pablo Fidalgo Lareo


Un marginal sin vocación de marginalidad
Por Rafael Morales Barba (*)
La educación física y también sentimental, es un poemario diferente por tono y planteamientos, además de una reflexión sobre el tránsito de la juventud a la madurez.
  
Nuevo por su saber estar atendiéndose desde una sinceridad en plena conmoción. Por analizar y analizarse con una llaga efervescente y apasionada, diferente en sus deudas líricas pensativas con la línea clara. Novedosa por estar distanciada del ashberyanismo irracional como del fragmento o de cierto realismo meditativo o irónico de algunos poetas nacidos hacia 1975. De los entregados a las poéticas de la retracción y resistencia, donde la opacidad del signo a veces se hace igualmente presente.
  
Hay pues una mirada distinta a las escuelas conocidas por el tono, pese a las deudas de época en la autognosis más o menos confesional, pero con un barniz de ebriedad que, sin caer en el de Dylan Thomas o Ted Hughes o inclusión en las palabras desbordantes en el sentido, busca el salto sin logolalia.

Pablo Fidalgo (1984) trae así en La educación física otros entusiasmos frente a su edad y sus referentes al desatender primeramente a los poetas contenidos, irónicos, frágiles, minimalistas, preciosistas o crípticos, en este poema dividido en 50 partes, bajo el patrón de la juventud como crisis. Por desatender en cierta medida a los modelos que más o menos han venido siendo sello de distintas editoriales.
La educación física o un extenso poema no planteado explícitamente bajo esa fórmula de manera organizada, aunque  lo parece en su obsesiva manera de volver, analizar y pormenorizar la juventud desde el deseo, el amor y el desengaño, como inexactitud o confusión, entrega y reflexión. O desesperación e incontinencia, en esa relación entre orfandad y madurez, generosidad y búsqueda de explicaciones (a veces recurrentes).

Con estos planteamientos los poemas se conforman unitariamente en su asunto: una perspectiva en crisis, hiperbólica o desmesurada a veces, enfática y analítica (pero entregada frente a las poéticas de la sospecha), cuyos versículos indagan agónicamente en los límites del entusiasmo y la frustración desde un yo citado como varios sin heteronimias, con el innominado siempre, salvo como cuerpos, el amor, la juventud…
Una poética de la edad, según feliz expresión de Litoral, donde su exaltación infringe las perspectivas reconocibles en buena medida, al menos las más inmediatas, para ser un libro distinto a su época, fiel en cuanto a lo meditativo, pero con un tono diferente al acogerse a una exaltación de línea clara o inteligible, ajena al asociativismo y sus límites ante el sentido. Diferente en la perspectiva autobiográfica en los modelos. 
Así se acerca tanto al autoanálisis exaltado como a la mirada del bardo waltwhitmaniana (desde la mirada excéntrica y escenográfica, desbordada, Jóvenes del Sur, vengo del norte o de interrogantes conmovidos, como en cierta manera ha hecho el último Luis Artigue).

Una mirada atenta al tono intimista del penúltimo Luis Muñoz (desde la reflexión y la minuciosidad analítica, sin caer en el mimetismo de otras poéticas), sorteando lo hímnico para ser conmovidamente minucioso y analítico, obsesivo. Sin embargo, su vitalismo no mete el compungimiento y el narcisismo de la herida en la mochila donde irás guardando todo el dolor, pese a las  amarguras.
  
Con esa vinculación entre vida y poesía transmite una verosimilitud en la entrega donde su admirada Mary Oliver le susurra como la poesía no es una profesión, sino una manera de actuar y entender la vida.

Bajo esos parámetros trae Pablo Fidalgo un libro reflexivo y exaltado simultáneamente, analítico, desasosegado y tierno, del amor y el deseo, con la bulimia de los cuerpos muy presente. O una juventud en crisis ajena por lo general al narcisismo doliente como hemos dicho, aunque su poética no se atreve a ser completamente trasgresora, pues vivimos una época de retraimiento demasiado pudorosa y compungida, donde el prestigio de la poesía reflexiva y filosófica, a veces muy aburrida por pretenciosa, ha ganado prestigio.

En este sentido Pablo Fidalgo es un hijo de su época. Pero diferente, insistimos, por tono y entrega en su querer decir sin narrar, de mucha originalidad y verosimilitud. Con un tono servido por interrogantes retóricos, mostrando y demostrando el desasosiego como marca de un espíritu puesto en el brete del cambio, sentencioso a veces, esticomítico y de fraseo claro, ajeno a las sinapsis, el fragmento o  las elisiones, llega esta reflexión herida y conmovida. Raptada y enfebrecida, volcánica en ocasiones, donde las acumulaciones in crescendo forman parte de sus requerimientos irresueltos, tormentosos.
Una perspectiva reflexiva y analítica por lo general en las inestabilidades, ajena al deslumbrón tropológico pero donde existe un saber decir, con algo que contar sin pacto. A veces simbólicamente y con la inteligencia del poema como enigma, a pesar de su claridad, pues Pablo Fidalgo Lareo no ha escrito un libro de oficio o pluma, ni manufacturado y cosido en el lomo de la imitación, sino una obsesiva mirada sobre una crisis con la verosimilitud de un protagonista que no puede eludir cuanto le conmociona, la juventud que empieza a dejar de ser. Y así es su atenderse sin misoneísmos, sin miedo a no traer un bagaje de lecturas de moda, al servicio de una sinceridad de su tiempo o verosimilitud realmente nueva desde la voz del bardo, o más precisamente, de un vitalismo contra el sesgo de  época.

Por ello parece diferente en planteamientos y tono, sin narcolepsia, ironía, sin maniera en la sospecha, de calidades iniciales e inusuales en la fortaleza de la herida. Algo parecido trajeron Carlos Pardo o Julieta Valero desde otras orillas. Así, con un canon distinto al de los referencia de los poetas de 1975 (y cuya tendencia, pese a las ausencias y sobras, se reúne en Deshabitados) Pablo Fidalgo recupera el canto conservando algunas deudas con sus predecesores desde ese intimismo pensativo y fraseado a veces.  Un canto que siempre porta sensación de inmediatez Tu juventud tiene que cambiar ahora, con el vitalismo de lo propio atormentado.

Nos cuenta así esa crisis y fragilidad sin narcisismos, sin necesidad de llamarse frágil, conmoción del he pensado en matarme, sino desasosiego radical y tránsito.  Y visto el libro no parece una declaración  ficticia del inadaptado, o un único cuerpo, o la verdad posible, sino un esfuerzo por llegar a lo comunicable desde el sacarse de sí y hablar para poder ser, Nosotros, todos actores, lo haremos excediéndonos. Sacrílego a veces por ello si quieren, o parafrástico, este es mi cuerpo, esta es mi parte, cuando llega la crisis, la juventud o cuerpos, las tormentas y sus tormentos, los excesos e inestabilidad,  pero juventud al fin y al cabo definida al Despertar. O donde elijo educarme, ese es el sentido de la educación física, sentimental e inestable, bulímica o ansiosa, llena de anónimos, como el sonido que hacen/ nuestros huesos al tocarse cuando la juventud se ha terminado. O rememora  otra forma de pasar tu vida / a la que nadie quiere arriesgarse.

Poemas finales donde siente su excepcionalidad y diferencia cuando no se sabe su multiplicidad y univocidad, y todo se aparta de la ebriedad amorosa por la reflexión. O el fin de la juventud entusiasta plegada al cuerpo y al vitalismo. Cuando todo se difumina, empieza a ser memoria de la conmoción, luces (que) han estado encendidas demasiado tiempo, y la exaltación se hace imposible frente al sosiego, el desencanto del amor que lo ocupara todo, o crisis de madurez.

Lean, lean a Pablo Fidalgo Lareo en sus conmociones, pues es un marginal sin vocación de marginalidad, fresco y nuevo, un exceso contenido, una promesa. 
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Un poema
Nosotros nunca pensamos
Nosotros nunca pensamos
que podríamos vencer.
Quise amar un cuerpo sencillo
y cuando vi que no me amaba,
que miraba mis marcas y no las aguantaba,
conseguí un cuerpo enfermo y frágil para pasar la noche,
porque esa era la parte de mi vida
donde aún tenía algo que decir,
donde tenía una historia.
Me dijiste que era muy normal
para ser amado por un cuerpo extraño
y muy extraño para ser amado
por un cuerpo normal.
Tu juventud consistió en mantener tu cuerpo limpio
para que cuando llegase tu oportunidad
nadie te hiciese pasar la prueba.
Y te fuiste lejos para que nadie
quisiera salvarte en el último momento.
El cuerpo más frágil me está hablando.
Hicimos el movimiento de nuestra vida
y no hicimos más.
Vi tu cuerpo descansando,
era lo más bello que había visto nunca
y no comprendía cómo habíamos llegado hasta allí,
pero aquello tenía que durar
y dura hasta hoy.
Enferma, te dije que ibas a descansar toda tu vida,
y no te pregunté lo que querías
porque tú eras toda la belleza,
y te lo dije, y tú creíste en mí,
y por eso me encargué de todo.

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Datos de autor tomados de Pre-textos
El autor

Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984).
En el año 2005 funda junto a Itsaso Arana, Celso Giménez y Violeta Gil la compañía teatral La Tristura, que ha estrenado, hasta la fecha: La velocidad del padre, la velocidad de la madre (2006), Años 90. Nacimos para ser estrellas (2008) y Actos de juventud (2010).
Las tres obras han sido publicadas en los pliegos de Teatro y Danza. Con Estefanía García ha estrenado la pieza La democracia (2009). La educación física es su primer libro de poemas.
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El libro
La educación Física. De Pablo Fidalgo Lareo. (Pre-Textos, 2010) Rústica. 88 Páginas. 18 Euros (12 en Casa del Libro)
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(*) Rafael Morales Barba es profesor de Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha impartido clases en diversas universidades europeas y americanas, entre ellas en la Universidad de St. Lawrence (Nueva York, EE UU).
Ha publicado ensayos sobre José Ángel Valente y Claudio Rodríguez. Es autor también de Última poesía española (2006),  La musa funámbula. La poesía española entre 1980 y 2005 (2008) y Poetas y poéticas para la España del siglo XXI. 

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