martes, 2 de agosto de 2011

Los fantasmas de España


Manzanares, 27 de noviembre de 2009
Por Joaquín Estefanía.
En primer lugar, quiero agradecer a los organizadores, y en especial a Román Orozco, la posibilidad que me han dado de estar aquí para hablar de ciudadanía, de crisis económica. 
Hoy estoy aquí, en Manzanares, convocado para intervenir en esta Escuela de Ciudadanos, un concepto hermosísimo, ¿no? El concepto de ciudadano tiene que ver con la Revolución Francesa, con la igualdad, con la fraternidad, con la solidaridad, con todos esos valores de los cuales nos gustaría responsabilizarnos a cada uno de nosotros. 
Antes de nada, deseo hacer un matiz a la presentación que me ha hecho Orozco sobre la pregunta que él subrayaba y que yo hago en mi libro La mano invisible de ¿para qué votar? Se trata de una pregunta retórica, porque yo sí creo, yo sí sé por qué hay que votar. Y además, yo sí creo que hay que votar. Era una pregunta que hacía en otro contexto, pero creo que es muy significativa. 
Me comentó Román que hablase de la crisis económica y a me pareció muy interesante hacerlo y vincular el concepto de crisis económica con el concepto de ciudadanía. Son dos conceptos muy directos. Además, porque ahora todos hablamos de crisis económica, porque todos la padecemos. 
He oído esta mañana en la radio unas canciones del último disco de Sabina y hay tema dedicado a la crisis económica. ¡Hasta Sabina está hablando de la crisis económica!  
¿Por qué puedo hablar yo de la crisis económica en relación con otras personas? Básicamente por dos o tres cosas. 
En primer lugar, porque es sobre lo que llevo reflexionando casi desde que empezó la crisis. Mi trabajo fundamental, o uno de mis trabajos fundamentales, en los medios de comunicación es escribir de economía. En estos momentos estoy preparando un libro, que no sé cuando terminaré, porque esta crisis va mutando y va tomando tantas  y tan distintas dimensiones que en varias ocasiones he tenido que rectificar los esquemas previos sobre los que estaba trabajando. 
En segundo lugar, porque creo sinceramente que esta crisis económica es el acontecimiento central de nuestra época, por las secuelas que va a tener, porque va a durar mucho tiempo y porque va a cambiar mucho la sociedad respecto a la sociedad que éramos cuando entramos en la crisis. 
Y cuando digo éramos no estoy refiriéndome solamente a los españoles, sino al conjunto del globo, al conjunto del planeta. En ese sentido, creo que va a tener consecuencias tan telúricas, tan importantes, como han tenido otros acontecimientos de los últimos años: el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos; incluso, y no crean que exagero, la caída del muro de Berlín hace veinte años, aniversario que ahora estamos celebrando,  y que también cambió nuestras sociedades;  o la revolución conservadora, que ha sido dominante en los últimos veinte o treinta años en prácticamente todas las partes del planeta en cuanto a los valores que ha puesto en circulación, y que yo creo que tiene mucho que ver con esta crisis. 
Una crisis que ha resultado ser una de las más dañinas en los últimos 60 o 70 años. Muchos la comparan con la Gran Depresión de los años 20 y 30 del siglo pasado. Más adelante haré alguna referencia a las analogías y a las diferencias que hay con aquella crisis.
Una crisis que es multidisciplinar. Empezó siendo una crisis inmobiliaria, hipotecaria. Luego pasó a  ser una crisis financiera, una crisis financiera light, en el sentido de que se hablaba que los problemas que tenían  las finanzas y los bancos eran problemas de liquidez, pero no problemas de solvencia. Una crisis que luego se convirtió en una crisis de solvencia, que afectó a la economía real y que en estos momentos está afectando no solamente a la economía sino a la política. Muchos resultados electorales de muchos países están reflejando directamente las consecuencias de la crisis económica en esos lugares. Una crisis que ha tenido consecuencias filosóficas, sociológicas, etcétera, etcétera. Una crisis, en fin, que se ha convertido en un acontecimiento central por las secuelas que está teniendo. 
¿Cuáles son esas secuelas, qué huellas está dejando?
En primer lugar, el incremento espectacular de las cifras de desempleo en todo el mundo y muy especialmente en España, sobre la que también me referiré luego. En el empobrecimiento de las clases medias, que también se está notando en estos momentos en factores como el consumo y en otros muchos. En el endeudamiento, no solo de las familias, sino también en el endeudamiento público tan brutal que está teniendo lugar en todos los países del mundo para corregir los efectos de la crisis. Etcétera, etcétera. 
Podremos salir de esta crisis en medio año, en un año, en dos, según  digan los especialistas. Dará igual. Pero las secuelas van a durar bastante más tiempo. Creo que estas secuelas afectarán probablemente a más de una generación. 
Creo también que para estudiarla, para analizar la propia crisis y sus consecuencias hay que ampliar el foco. No tenemos que reducir el foco. Ahora no valen los especialistas en una cosa concreta. Aquellos que saben mucho de una cosa muy concreta. Por ejemplo, que saben de hipotecas de alto riesgo, del sistema financiero, del paro. Los especialistas son importantes, pero, en estos momentos,  para observar lo que está ocurriendo, sobre todo cuando lo tenemos delante de  nosotros, cuando no tenemos la distancia suficiente, necesitamos un foco más amplio: necesitamos generalistas, gente que contextualice unas cosas con las otras, que las pongan en relación. Porque muchas cosas que están ocurriendo tienen que ver con otras. Citaré algunos ejemplos en el transcurso de mi intervención.
La tercera circunstancia de por qué me interesaba estar hoy aquí, para hablar de la crisis económica, es el más importante de todos: la vinculación de la crisis con el concepto de ciudadanía. 
A mediados del siglo pasado, un sociólogo británico, Thomas H. Marshall (1), acuñó un concepto de ciudadanía, que yo creo que es el más completo que existe desde entonces y que no ha sido superado por ningún otro. 
Marshall decía que para ser ciudadano una persona tiene que ser triplemente ciudadano y si no se da ese concepto triple, si falla uno de esos tres conceptos que lo acuñan, uno no es un ciudadano, es un ciudadano cojo, es un ciudadano manco, pero no es un ciudadano completo. 
¿Cuáles son esos tres conceptos de ciudadanía? Primero, uno tiene que ser ciudadano político. ¿En qué sentido? En el de que debemos de tener derecho de elegir a nuestros representantes libremente y de presentarnos nosotros a las elecciones si nos apetece y lo consideramos oportuno. Ese es el concepto de ciudadanía política
Luego está el concepto de ciudadanía civil. ¿Cómo es uno civilmente ciudadano? Cuando disfruta de los derechos que todo el mundo sabemos que son derechos fundamentales: el derecho de asociación, el derecho de opinión, el derecho de pensar libremente, etcétera, etcétera. Los derechos que conciben una democracia. 
Y hay un tercer concepto de ciudadanía, que no se ha reflejado con la misma intensidad en estos años, pero que es central en esta posición: el derecho a ser ciudadano económico o ser ciudadano social. ¿En qué consiste ser ciudadano económico? Pues en tener el mínimo de seguridad económica que necesita una persona para poder sobrevivir en su entorno natural y por consiguiente es distinto ser ciudadano económico en España, en Estados Unidos o en África. Es muy importante, insisto, esta tercera pata de ciudadanía económica, aunque en los últimos veinte o treinta años no hemos hablado con la misma intensidad de este tipo de ciudadanía, como sí lo hemos hecho de la ciudadanía política o de la ciudadanía civil.
¿Cómo se tiene ese mínimo de seguridad económica que nos hace ser ciudadanos? 
En nuestro entorno, básicamente en el entorno europeo y en el entorno español, teniendo lo que hemos denominado el Estado del bienestar. ¿En qué consiste el Estado del bienestar? Consiste en cuatro o cinco reglas básicas que tenemos nosotros y que otras muchas personas de muchas partes del mundo no tienen. 
Fíjense ustedes: estamos tan acostumbrados en este país, desde hace algunos años, a tener educación pública o pensiones públicas, que creemos que, más o menos, todo el mundo la tiene, excepto los más pobres del planeta. Creemos que poseen las mismas cosas que nosotros. Pero no es cierto.
Un Estado de bienestar solamente lo disfruta alrededor de una décima parte de la población mundial. En el cómputo, digamos más generoso, unos seiscientos millones de personas en el mundo disponen de estas circunstancias de bienestar, es decir, disponen de una educación universal y gratuita hasta unos ciertos niveles, distintos en unos países u otros; una sanidad pública y gratuita, universalizada para todo el mundo, incluso para aquellos que, no siendo de este país, vienen aquí a trabajar con nosotros y tienen derecho a la misma; una pensión pública para cuando uno se jubila; un seguro de desempleo, tan importante en estos momentos en los que hay casi un veinte por ciento de la población activa en paro; ahora hemos incorporado, como en los países más modernos, aunque todavía no se aplique bien en todas las comunidades autónomas, las ayudas a la  dependencia, lo que se ha denominado el cuarto pilar del Estado del bienestar. 
Y una última cosa sobre la cual no se incide con la misma intensidad que sobre la sanidad o la educación: el derecho al trabajo, los convenios colectivos, el hecho de que los sueldos estén socializados, que haciendo una misma función en una empresa, todos cobren lo mismo. Todo esto, que nos parece ahora de sentido común, no se tiene en mucha partes del planeta y desde luego en la crisis de los años treinta del siglo pasado no se tenía. Los empresarios contrataban a cada trabajador en relación con la correlación de fuerzas que había en cada momento y, en una misma empresa, personas que hacían el mismo trabajo cobraban desigualmente. Hemos incorporado pues el derecho laboral, el derecho del trabajo a este Estado del bienestar. 

Pues bien, estas cosas que para nosotros son derechos conquistados, derechos adquiridos, no se disfrutan en la mayor parte del planeta. Se tienen en toda Europa, en una parte de Estados Unidos y en algunos países de América Latina y poco más. La gran potencia emergente mundial, China, ahora que todos hablamos sobre lo importante que es China, no tiene ninguno de estos derechos para la inmensa mayoría de los mil doscientos millones de personas que habitan aquel país. 
¿Qué es lo que ha ocurrido?  ¿Por qué la crisis económica disminuye el concepto de ciudadanía económica? Precisamente, por lo que mencionaba antes: por el crecimiento de las desgracias dentro del mundo de la economía. Aumenta el desempleo, como está aumentado en todas partes en estos momentos y la consecuencia es que la gente consume menos. Todos lo sabemos y todos lo estamos haciendo. Al consumir menos, las empresas producen menos bienes y a su vez expulsan a gente de sus plantillas, con lo que a su vez engordamos las cifras del paro. Es una especie de círculo vicioso. 
Además, si no consumimos y si estamos parados, no hay ingresos públicos, pagamos muchos menos impuestos, y al pagar muchos menos impuestos no podemos financiar este Estado del bienestar del que nos estamos dotando. Porque este Estado del bienestar no es gratuito. Lo pagamos todos con los impuestos que pagamos a la Hacienda. Si esos ingresos públicos, si esos impuestos disminuyen, dentro de poco tendremos problemas en la sanidad, en la educación, en las pensiones, en los seguros de desempleo… Es decir, la correlación entre impuestos y Estado del bienestar es muy importante. Y la correlación entre crisis económica, una crisis que nos coloca en una situación precaria, y el concepto de ciudadanía, tan grato para este lugar en el que estamos ahora, es central y es directo.
BENEFICIARIOS Y VÍCTIMAS
También quería decirles, ahora que he sacado el tema de los impuestos, que cada decisión económica que se toma tiene beneficiarios y tiene víctimas. Cuando escuchamos que se toman determinadas medidas,  muchas veces pensamos que son universalmente buenas o universalmente malas para todo el mundo y no es así. Tenemos que hacernos siempre la pregunta quid prodest, ¿a quién beneficia esto? 
Por ejemplo: cuando oímos que los tipos de interés han subido o han bajado, pensamos que eso es bueno para todos. Y no es así. Que bajen los tipos de interés es bueno para aquellos que tenemos una hipoteca y estamos pagando nuestra casa,  porque pagaremos menos dinero. Pero aquellos que tienen ahorros en los bancos y a los que hay que remunerar, van a ganar menos dinero al bajar los tipos. Así que no creamos que siempre es bueno que bajen los tipos de interés. 
Cuando se nos dice, y sobre todo ahora lo dicen muchas autoridades autonómicas de este país, porque depende de ellas, que vamos a quitar o vamos a reducir al mínimo el impuesto de sucesiones y donaciones, que pagan los herederos cuando una persona muere, pensamos ¡pues qué bien!, porque cuando mueran nuestros antecesores, nosotros heredaremos libre de cargas. Pero esa es una medida que no nos afecta igual a todos. Porque probablemente muchos de ustedes, como yo mismo, lo que podremos dejar a nuestros sucesores será una casa, quizá dos casas. Pero hay mucha gente que no deja una casa, ni dos, sino inmensas fortunas y riquezas. Entonces, bajar o quitar el impuesto de sucesiones y donaciones no es lo mismo para unas personas que para otras, ni tiene los mismos efectos para unas personas y para otras. 
O el impuesto del patrimonio. Hemos quitado el impuesto sobre el patrimonio que pagaban básicamente las grandes fortunas y se nos justifica diciéndonos que ese impuesto también lo pagaban las clases medias. Entonces, reformemos el impuesto del patrimonio para que no lo paguen las clases medias, pero no lo hagamos desaparecer. Porque si lo hacemos desaparecer, entre el impuesto de sucesiones y donaciones y el de patrimonio, cuando nuestros hijos nazcan estarán en desigualdad de oportunidades de competir con los hijos de los más ricos de esta sociedad. 
Tener en cuenta ese tipo de cosas es muy importante a la hora de analizar la economía y tiene mucho que ver con la propia ciudadanía política.
Decía que iba a hacer un pequeño análisis sobre la situación en nuestro país, aunque no es el objeto de esta charla. 
Pero, fíjense ustedes: si uno repasa los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) o las últimas referencias que hay sobre el paro, en estos momentos el desempleo en nuestro país está rondando el 18% de la población activa y la mayor parte de los pronósticos que hacen los organismos internacionales y organismos privados es que en un año, a finales del año 2010, o principios del 2011, esa cifra habrá llegado al 20%.  Eso significa que una de cada cinco personas en edad de trabajar no tendrá empleo y eso es muy grave. 
No hay ningún país de nuestro entorno que esté en estas cifras. Pero, más grave que todo eso son algunos datos que aparecen también en esas encuestas. Por ejemplo, el paro entre los menores de 25 años, que en estos momentos es del 41%. Una cifra verdaderamente espectacular, propia de una depresión, no de una recesión. Que cuatro de cada 10 jóvenes, menores de 25 años, no tengan posibilidad de trabajar nos indica el tipo de sociedad que estamos construyendo y sobre ello tenemos que reflexionar. O sobre el dato de que un millón de personas, parados de larga duración, ya no cobran el seguro de desempleo. Por ello, el Gobierno se ha tenido que inventar esa ayuda especial de 420 euros para todos aquellos que no reciben el seguro de desempleo ni ninguna otra ayuda autonómica o municipal. Porque hay un millón de hogares en los que no entra ni el sueldo de la mujer ni el sueldo del marido. La consecuencia es que nuestro Estado del bienestar, a pesar de que, teóricamente es universal, en la práctica no lo es.
Si juntamos esos porcentajes, el 20% de población activa en el paro, el 41% de jóvenes sin empleo, o estos dos últimos datos referidos al millón de personas que carece de ingresos, nos encontramos con una situación verdaderamente inquietante. Esto es lo que quería decir con la aportación de esos datos, que la crisis económica reduce el concepto de ciudadanía y por eso debemos vincular ambos conceptos. 
El segundo tema que querría mencionar es algo que también tiene que ver con la crisis económica y que afecta mucho al mundo de la política. Lo que ahora muchos economistas denominan la “economía del miedo”. 
Todos sabemos que cuando se producen crisis, esas crisis multiplican el miedo, multiplican el temor de los ciudadanos a cosas que ocurren. Hasta ahora, cuando el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que es el centro de estadísticas oficial de nuestro país, o cuando Eurostat, que es la oficina de estadísticas de la Unión Europea, publican encuestas sobre los españoles, durante mucho tiempo a la pregunta ¿a qué tiene usted más temor en estos momentos? Durante muchos años, desgraciadamente para todos nosotros, el primer capitulo de esa lista del terror tenía que ver con el terrorismo. Teníamos miedo al terrorismo. Primero al terrorismo etarra y últimamente a otro terrorismo, al terrorismo islámico. 
Pero en las últimas encuestas eso ha cambiado. El terrorismo ya no está en primera instancia de los problemas de los españoles, aunque siga existiendo el problema del terrorismo. Pero ahora, afortunadamente para todos, llevamos una temporada que no lo padecemos como lo hemos padecido en otros momentos de nuestra historia  reciente. 
Ahora, cuando se nos pregunta que a qué tenemos miedo, aparece el miedo al otro, el miedo a aquella persona que viene a nuestro país a competir con nosotros por nuestro puesto de trabajo o por nuestro Estado de bienestar, muy imperfecto, pero mejor que el de otros países, sobre todo del sur,  que no lo tienen. 
Aparece el miedo a la inseguridad económica, el miedo a quedarnos sin empleo, es decir, el miedo como un ingrediente activo de la vida pública de todos nosotros. El miedo a no participar en una distribución cada vez más desigual de la renta y la riqueza. Porque cada vez hay más desigualdad en todas estas cosas. El miedo o el temor que todos tenemos a perder el control de nuestras circunstancias y de nuestra propia vida cotidiana, por tener problemas económicos. 
También aparece el miedo, aunque eso no lo sabemos teorizar con suficiente rotundidad, pero está ahí, el miedo a que nuestros gobernantes, aquellos que hemos elegido para que nos resuelvan todos estos problemas, no tengan capacidad para hacerlo porque las decisiones cada vez se toman más lejos de nuestros centros de poder. Ya no se toman ni en el Palacio de la Moncloa, ni en el Congreso de los Diputados. La decisión sobre los tipos de interés se toma en Frankfurt y en centros cada vez más alejados de todos nosotros. Por ello, tenemos la inquietud de que nuestro sistema político del que nos hemos dotado para gobernarnos y para administrarnos, también empiece a perder eficacia. Todo eso también aparece en los sondeos. 
En estos momentos, cuando surgen todos estos temores, todos estos miedos, es cuando recobra
más importancia que nunca el papel de las instituciones, de tener buenas instituciones; de tener un gobierno que nos gobierne bien; de tener una administración que funcione perfectamente; de tener servicios públicos que estén funcionando y que sean eficaces y que nos atiendan cuando tenemos dificultades; de tener un Estado del bienestar potente, que nos solucione los problemas que tenemos. Sólo que ahora, a diferencia de otros momentos de la historia, de otras crisis que ha habido, cuando hablamos de las instituciones tenemos que tener en cuenta el marco de referencia en el que vivimos: el de la globalización. Porque ahora, muchas veces tener instituciones nacionales eficaces no es suficiente para arreglar los problemas, porque esos problemas son globales.
Cuando hablamos, por ejemplo, sobre cómo en estos tiempos de crisis económica algunos bancos han abusado, no se han regulado e incluso desconocíamos lo que había en sus balances, da igual que nosotros tengamos aquí el Banco de España, que es un buen regulador, y lo ha hecho bien. Porque muchos de esos bancos son transnacionales, son multinacionales, trabajan sin fronteras y lo que hacen bien aquí, lo hacen mal allá. Entonces trasladan los problemas de un sitio a otro sin que podamos controlarlos. Por ello, ahora se necesitan las instituciones globales o regionales más que las nacionales. 

Cuando a los economistas nos preguntaban ¿qué es lo que hace que un país sea más rico que otro?, respondíamos que tener buen capital humano, es decir, buena gente trabajando, gente más formada que el resto; tener buen capital, no solamente físico, sino también un buen capital monetario; tener un buen capital tecnológico; tener una geografía que nos ayude… esas cosas que denominábamos hasta hace poco el hardware de la economía. 
Pero cuando llega la crisis, a ese hardware de la economía hay que añadirle el software de la economía, que son las instituciones. Eso que mencionaba antes, un marco normativo que nos de seguridad, tener instituciones que funcionen y que sean relevantes para  nuestra vida, que nos eliminen los costes que tenemos de vivir en determinadas circunstancias, que den cohesión social a nuestras sociedades. Esto es muy importante y en estos momentos de cambio lo notamos con mucha más intensidad que en otros. Estos temores que tenemos ahora a lo desconocido son los que estimulan los cambios de paradigma, los cambios de paradigma político, de paradigma económico. 
El Estado vuelve a tener un papel predominante en nuestras vidas. Hasta hace unos años, nos parecía que todo lo que hiciese el mercado estaba bien hecho y le dábamos muy poca importancia al Estado. Pero el Estado ha vuelto a tomar relevancia y por consiguiente el mundo de la política. Me lo sugirieron en una pregunta que me hicieron antes en el encuentro que tuve con los miembros del Club de Lectura de esta biblioteca. Pronto va a cumplirse un año de la elección como presidente de los Estados Unidos de Barack Obama. Si tuviésemos que hacer ahora un análisis, con un poco más de distancia, ampliando el foco de por qué ocurrió aquello, seguramente tendría mucha relevancia en ese análisis el miedo, el temor que tenían los ciudadanos norteamericanos a la crisis que han padecido con mucha más intensidad que nosotros. Al hecho de que creían que la anterior administración de George Bush no daba respuesta a esos problemas relacionados con la crisis y  al hecho de que Obama llegaba con mucha fuerza y con mucha intensidad pretendiendo, y en alguna parte obteniendo, encontrar soluciones para atajar la crisis económica y salir de la misma.
LOS ERRORES
El siguiente punto sobre el que querría reflexionar, y que tiene que ver también con todo esto, es el de nuestros errores, los errores de los científicos sociales, los errores de aquellas personas que nos hemos dedicado, nos dedicamos a reflexionar sobre las cosas que ocurren. En este caso, más que ninguno, sobre los economistas, pero también sobre el resto de los científicos sociales. Hemos tenido una escasísima capacidad de pronóstico. No nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que lo tuvimos encima de nosotros. Ni de su profundidad, ni de su largura, ni de todas estas cosas. No nos dimos cuenta. 
Quizá muchos de ustedes recuerden el debate televisivo que hubo en la campaña electoral de las últimas elecciones generales (2008), entre el entonces vicepresidente del Gobierno Pedro Solbes y el recién fichado candidato del Partido Popular como responsable de los temas económicos, que luego no lo fue, Manuel Pizarro. Si no lo han vuelto a ver, quizá el recuerdo que tengan es de un Solbes que se equivocaba mucho, porque no reflejó la crisis, porque decía: aquí lo que va a haber es un ajuste fino, no va a haber recesión, los problemas que vienen son medianos, no son muy importantes.
Pero quizá no recuerden con la misma intensidad que Manuel Pizarro tampoco acertó una. En aquellos momentos, no entendían, ni Solbes ni Pizarro, la profundidad de lo que se nos venía encima. Viene esto a cuento sobre lo que decía de la inmensa falta de capacidad de diagnóstico que habido entre los economistas y los científicos sociales.
En el año 1989, muy poco después de la caída del muro de Berlín, el semanario norteamericano Time publicó una portada en la que pedía la dimisión de todos los politólogos del mundo porque ninguno había anticipado con un poco de tiempo que el muro iba a caer y que se iba a autodestruir el socialismo real. 
Y a fuerza de ser justos, seguramente ahora algún medio de comunicación debería hacer lo mismo, y pedir la dimisión de muchos o de la mayor parte de los economistas de este mundo que tampoco fueron capaces de reflejar lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué?, ¿por qué esta falta de capacidad de pronóstico? Yo creo que hay un conjunto de circunstancias sobre las cuales merece la pena reflexionar un momento. 
La primera es el siguiente: La economía es probablemente la ciencia social matemáticamente más avanzada de las que existen. Matemáticamente, los economistas estamos más avanzados que los filósofos, que los sociólogos, que los psicólogos. Pero humanamente estamos mucho mas retrasados.  ¿Por qué? Porque durante muchos años no hemos introducido en nuestros análisis las pasiones, los sentimientos de la gente, la psicología de la gente. Y todas estas cosas son muy importantes a la hora de determinar y a la hora de ver cómo se comporta la economía y como se comporta la vida pública de los ciudadanos.  
Cada vez es más importante incorporar valores como la codicia o la solidaridad o lo que está sucediendo en determinado momento y no está en una ecuación matemática. Creo que por eso, en buena parte, los economistas nos equivocamos. Porque nos abstraíamos de la vida real. Hacíamos grandes esquemas de laboratorio sin darnos cuenta de lo que sucedía a nuestro alrededor. Me temo que en una buena parte eso todavía esté ocurriendo, cuando llevamos ya dos años y medio de crisis. 
Ahora se inicia en el mundo una tímida reacción, o una tímida autocrítica por parte de los economistas, ¿Por qué? Porque todos estamos bajo una sospecha brutal. En el mejor de los casos para nosotros, porque no hemos sido capaces de incorporar a nuestros análisis factores centrales de lo que estaba ocurriendo. Eso en el mejor de los casos. Y en el peor, como mucha gente piensa, porque estábamos influidos por una ideología que no nos permitía introducir esos factores centrales de lo que estaba ocurriendo en nuestros análisis, porque estábamos defendiendo una agenda política relacionada con la desregulación de los mercados y con muchas otras cosas. 
En uno u otro caso, en la mejor de las interpretaciones o en la peor, tenemos ahora un problema tremendo. Vivíamos con una teoría económica que nos decía que estábamos seguros, que no íbamos a sufrir unas convulsiones como las que se habían producido en el pasado, que nuestros hijos iban a vivir mejor que nosotros porque el progreso es lineal. Ahora nos hemos dado cuenta de que todo eso era falso. Es decir, nos hemos dado cuenta de que una buena parte de los dioses que adorábamos eran falsos, no eran verdaderos. 
LOS CULPABLES
Merece la pena reflexionar un minuto también sobre los culpables de la crisis. ¿Quién es culpable? Hay una mezcolanza muy importante: unos dicen que los culpables fueron los banqueros o muchos banqueros que abusaron de su papel y no nos dijeron qué es lo que estaban haciendo; estaban trabajando con unos productos sofisticadísimos y nos estaban engañando. Otros dicen que los culpables son los banqueros centrales y las autoridades reguladoras porque no determinaron tampoco, y no impidieron, que los banqueros hiciesen ese tipo de cosas. Otros dicen que la culpable es la codicia, que estábamos viviendo en un mundo en el cada vez se acumulaba más y más. Hasta que llegó un momento en el que aquello se rompió por muchos sitios. 
Creo que todo eso es verdad, pero que todos esos falsos culpables, o culpables parciales, ocultan otro culpable que es más importante que todos ellos, y sobre el que hay que ahondar, que es el sistema de ideas, el sistema de ideas que ha sido dominante en el mundo en los últimos treinta años. 
Cuando nos decían aquellas cosas que explicaba hace un momento, sobre que la autorregulación es la mejor forma que tienen los bancos de regularse, pues resulta que no, resulta que la autorregulación era una farsa y nadie se autorregulaba. Cuando nos decían que el Estado es el problema y el mercado la solución, pues no es cierto: lo mejor es un equilibrio entre ambos sistemas. Cuando nos decían que primero hay que crecer y luego distribuir, pero nunca llegaba el momento de la distribución; siempre estábamos en el periodo de crecimiento. Cuando nos decían que el problema principal es la inflación y no el paro, pues tampoco era cierto. Todo este esquema de ideas que siempre llegan a la política y al mundo público mezclados con los intereses creados, con las circunstancias de cada época, son en buena parte culpables también de lo que ha estado ocurriendo.
La siguiente reflexión que me gustaría hacer tiene que ver con la historia. Vamos a ver, ¿con qué comparamos esta crisis que estamos viviendo? Con la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado. Hasta tal punto, fíjense de qué manera lo identificamos, que cuando hablamos de la Gran Depresión siempre lo ponemos en mayúsculas. Ahora hablamos de la Gran Recesión y ponemos en mayúsculas Gran y Recesión. Pero cuando uno habla de la crisis de los países asiáticos de hace unos años, o cuando uno habla de la crisis de las empresas punto com, del año 2000, o cuando uno habla de la crisis que hubo en el mundo en 1987, que registró un crack bursátil tremendo, que ya se nos ha olvidado, siempre ponemos estas cosas con minúsculas. Escribimos la crisis de la bolsa, la crisis bursátil, la crisis no se qué,..., Pero grandes crisis con mayúsculas sólo ha habido la Gran Depresión de los años treinta y la Gran Recesión que estamos viviendo en estos momentos
Hace muy pocos días, quizá alguno de ustedes tuvo la suerte de verlo, un sábado por la noche, casi por casualidad, cuando acabó el partido de fútbol puse la segunda cadena de Televisión Española. Estaban emitiendo un reportaje sobre la Gran Depresión de 1929. Era un documental en blanco y negro. Fue para mí muy significativo. Porque viendo las imágenes reales, no de ficción, sobre lo que ocurrió en Estados Unidos, uno puede establecer verdaderamente las analogías y las diferencias entre lo que está ocurriendo ahora y lo que ocurrió entonces. 
¿Qué se veía en ese reportaje? He apuntado aquí algunas ideas, por ejemplo la ceguera también en aquel momento de los economistas y de la gente relacionada con el mundo de la economía. También en aquella crisis, apenas unos meses antes, nadie se dio cuenta de lo que iba a llegar. Apenas nadie. Apunté el titulo de un artículo, citado en el documental, escrito por el presidente de un gran banco, J. P. Morgan, entidad que todavía sigue existiendo, solo cinco días antes de que estallase el crack bursátil: El futuro parece brillante.  
Lo que nos da pie a la misma reflexión que hice antes: o J. P. Morgan estaba equivocado o nos quiso equivocar. Las cosas se han complicado tanto como para sospechar de este tipo de cosas, entonces como ahora, podían suceder. Entonces hubo una minoría de gente que sí se dio cuenta de la llegada de la crisis. Hubo algunos inversores que unos días, o unos meses antes, se salieron de la bolsa. Es el caso del padre de los Kennedy. Los Kennedy fueron ricos, lo que posibilitó que dos de sus hijos se presentasen a la carrera presidencial de Estados Unidos, porque el padre Joseph acumuló una gran riqueza y no le sorprendió la crisis del 29. Supo salirse a tiempo de la bolsa. Algunos ejercieron el papel que tenían que ejercer y avisaron de lo que iba a ocurrir. 
Volviendo al documental, y a lo más importante: cuando uno ve las imágenes de pobreza, la ruina y el hambre que había en Estados Unidos en aquellos momentos, no los puede comparar con lo que estamos viviendo en estos momentos. La comparación de la crisis de los años treinta está bien para algunas cosas, pero sin exagerar. No sé si muchos de ustedes conocen Nueva York. En ese documental aparece Central Park, el parque que hay en el centro de Manhattan, completamente drenado, le han quitado todo el agua, y en la base del parque se ha construido una ciudad de chabolas de cartón en donde viven los arruinados de la bolsa, los arruinados de Wall Street. Porque en ese momento no tenían ni seguro de paro, ni todas esas ayudas del Estado de bienestar que hemos mencionando. 
Por consiguiente, hay grandes diferencias entre una situación y otra, entre una crisis y otra. Pero hay que recordar que aquella crisis duró diez años y solo se salió de la misma, con rotundidad, cuando empezó la Segunda Guerra Mundial. También esta comparación es significativa y quizá dentro de un momento vuelva a lo mismo.

¿Qué es lo que pretenden en estos momentos las autoridades de todo el mundo, implícita o explícitamente? Pretenden, básicamente, que no se reproduzca aquello que ocurrió en los años 30. Es decir, que esta recesión no se convierta en una depresión. 
¿Cuál es la diferencia entre una recesión y una depresión? La profundidad. Una depresión es una recesión mucho más larga, muchísimo más larga y mucho más profunda que la que estamos viviendo en estos momentos. No sé si conocen ustedes la teoría de las letras con las cuales trabajamos los economistas para explicar cómo se saldrá de la crisis. Es divertida y por eso la cuento. 
En el primer momento, cuando empezaron todos estos problemas, los economistas decíamos que iba a ser una crisis en “V”, es decir, que íbamos a caer estrepitosamente, pero del mismo modo que caeríamos, volveríamos a subir y situarnos en las mismas circunstancias que antes. Eso ha sido una ensoñación. Dos años y medio después del inicio de la crisis, podemos decir que no ha sido así.
Después nos inventamos la teoría de la “U”, que quiere decir que caemos estrepitosamente, estamos un tiempo abajo del todo, pero volvemos a subir al mismo sitio en el que estábamos. También nos equivocamos, tampoco hemos llegado a la parte en alza de la “U”. 
La tercera letra que nos inventamos fue la “L”, es decir, vamos a caer estrepitosamente y nos vamos a quedar en el pozo durante muchísimo tiempo. Creo que es un poco pesimista, pero en estos momentos lo que nos está ocurriendo se parece mas a una “L” que a otra cosa. 
Por último, para levantar el ánimo de los ciudadanos, algunos de nuestros gobernantes, creo que con poca capacidad de pronóstico, dicen que vamos a vivir una “W”, es decir que bajamos y volvemos a subir, pero como los problemas siguen ahí, volveremos a bajar y volveremos a subir. Esto también es una ensoñación, pero ahí andamos. 
¿Qué es lo que quieren nuestras autoridades en estos momentos. 
En primer lugar, que una recesión no se convierta en una depresión. Es lo más importante. Segundo, y es lo que tiene a todo el mundo aterrorizado, que una crisis económica no devenga, no se convierta en una crisis social y a continuación en una crisis política, como ocurrió precisamente en los años 30 del siglo pasado. Es decir, que la gente se enfade tanto, padezca tanto, que los efectos de la crisis empiecen a estallar, primero los conflictos en la calle y a continuación los conflictos políticos. Eso ocurrió, insisto, en los años 30 y acabaron como acabaron. 
¿Cómo pretenden que estas dos cosas no vuelvan a ocurrir? Creo que básicamente hay tres o cuatro argumentos, además de la profundidad, que nos hacen pensar que la situación de ahora es muy distinta a la de los años 30. 
El primero de ellos es que algo hemos aprendido. Charlando hace un rato con el alcalde y el concejal de Cultura de esta ciudad, Miguel Ángel Pozas y Antonio Caba, me explicaron que este lugar en el que nos encontramos ahora, la Biblioteca Lope de Vega, fue antes una cárcel. Y decíamos: bueno, algo hemos aprendido, hemos cambiado una cárcel por una biblioteca.
Pues también hemos aprendido muchas lecciones de los años 30, a pesar de los errores. La primera, que hay que actuar rápidamente. Eso es lo que ha ocurrido en todo el mundo, cuando comenzaron a dar esos paquetes de rescate a los bancos para que los bancos no padecieran la crisis económica. En el entendido de que, si no funcionan los bancos, no funciona nada. 
O cuando se han puesto encima de la mesa planes de estímulo, de inversión pública, de gasto público, que, más o menos, con más o menos intensidad, se están promoviendo en todos los países del mundo. O cuando hemos bajado los tipos de interés a niveles muy cercanos al cero, al uno o al dos por ciento, tras haber estado muy altos. Todo eso significa que algo hemos aprendido del pasado. Primera lección: algo hemos aprendido del pasado.
Segunda diferencia importantísima respecto al pasado: ahora no hay alternativa ideológica al capitalismo. En los años 30 estaban en pleno fulgor, por una parte, el comunismo, que dominaba una buena parte del planeta y por otra, el fascismo, que también dominaba o intentaba dominar otra parte del planeta. Pero en estos momentos, no tenemos ninguna alternativa ideológica al capitalismo. Como mucho, los más arriesgados dicen hay que refundar el capitalismo. Otros dicen hay que reformar el capitalismo. Otros, que hay que regular el capitalismo. Pero nadie contempla, como una alternativa cerrada, como era el comunismo, como era el fascismo, alternativas al sistema en el que estamos viviendo. Eso es otra situación que hace muy diferente lo que está sucediendo ahora con lo que pasó hace 70 años.
Otra diferencia fundamental es aquella sobre la que he estado hablando hace un rato. Ahora, la parte más rica del planeta disfruta de un bienestar social que no tienen en otras partes del mundo y eso nos permite protegernos de los peores efectos de la crisis. 
Fíjense en otra zona del planeta, que no tiene que ver nada con nosotros, pero que nos es muy familiar y muy cercana. Se trata de América Latina. Leí hace unos días un dato que me viene muy bien para hablar de la importancia que tiene el Estado del bienestar
En América Latina, desde el 1990 hasta hoy, es decir, desde hace ya casi dos décadas, siete de cada 10 puestos de trabajo que se han creado lo son en la economía sumergida, por lo que los trabajadores no tienen ningún tipo de protección social. La gente trabaja y tiene derecho al salario, el que sea, normalmente bajo, pero no tiene derecho a ningún tipo de protección social. Fíjense ustedes qué tipo de sociedad. Y esa gente que está ahora trabajando en esa economía sumergida es gente joven. Imagínense cuando lleguen a la tercera edad y no tengan ninguna capacidad de protección como tenemos nosotros. Fíjense la importancia que tiene un Estado de bienestar como el que tenemos ahora nosotros. Podría hablarles de otras diferencias, pero creo que con estas bastan.
Hay otros dos o tres temas más sobre los cuales me gustaría hablarles. 
Primero, sobre algunos de los dilemas que se están planteando en estos momentos relacionados con la crisis y con la ciudadanía. El primero ya lo he mencionado y lo voy a tratar muy de paso, que es ese nuevo equilibrio entre dos conceptos que hasta ahora parecían antagónicos, como son el de mercado y el de Estado
El Estado tiene cada vez más importancia, pero si todos convenimos en que el Estado tiene cada vez más importancia, tenemos que hacer Estados eficaces. Pero hacer Estados eficaces significa hacer reformas del Estado, y las reformas del Estado son dificilísimas de hacer. Mucho más en un Estado compuesto como el nuestro, que tiene una administración central, diecisiete administraciones autonómicas, dos ciudades autonómicas y ocho mil ayuntamientos. Es decir, eso genera complicaciones, ¿verdad? Pero, en cualquier caso, hay que reformar el Estado si todos coincidimos en que el Estado vuelve a ser un agente importante en lo que nos están ocurriendo. 
Ese equilibrio entre Estado y mercado nos tiene que servir para acabar de una vez con esas dos utopías regresivas que han convivido con nosotros en los últimos 30 años. En primer lugar, lo que alguien ha denominado el fundamentalismo de mercado. El mercado era el que lo marcaba todo, pero lo marcaba todo no solamente para la economía, lo marcaba todo para la educación, la sanidad, etcétera, etcétera. Es importante que rectifiquemos eso, y también debemos rectificar otro sistema que aquí no ha estado vigente, pero que estuvo vigente en una buena parte del mundo, que es el burocratismo estatista. Allí pasaba lo contrario: el Estado lo tenía todo y el mercado no tenía nada y aquello no fue eficaz. 
Corregir estas dos utopías es uno de los dilemas que en estos momentos deberíamos aprovechar. Soy relativamente pesimista sobre esto, porque creo que en estos dos años y medio de crisis hubo un momento en el que todo el mundo, sobre todo los que mandaban, estaban tan asustados que empezaron a reivindicar una serie de reformas para que las cosas funcionasen
Hablemos de las reuniones del G-20, la organización en donde ahora se solucionan estos problemas. Ha habido tres reuniones del G-20 desde que estamos en crisis. Una se celebró en Washington hace un año, en el peor momento de la crisis; otra, en Londres, en el mes de abril, cinco meses después; la tercera, se acaba de celebrar, también en Estados Unidos, en Pittsburg, hace escasas semanas.

Si uno repasa los comunicados de esas tres reuniones, nos damos cuenta de que el ímpetu reformista que había en la primera ya no existe en la segunda, ni mucho menos en la tercera. Quiero decir que según se van rectificando los problemas, básicamente los problemas financieros, los de la economía real, nos estamos olvidando de algunas reformas que vimos imprescindibles para salir de este atolladero y de las que ya no se habla. 
Por ejemplo, se habla muy poco de nuevo, excepto para hacer retórica, no medidas concretas, de los sueldos y de las indemnizaciones extraordinarias y escandalosas de los ejecutivos bancarios; por ejemplo, se ha hecho mucho menos de lo que se preveía sobre los paraísos fiscales
He de añadir algo sobre los paraísos fiscales: luchar contra esos sitios que compiten con nosotros, porque allí no se pagan impuestos, y por consiguiente no hay que pagar el Estado del bienestar, está muy bien. Pero los paraísos fiscales no tienen nada que ver con la crisis. Esta crisis se ha generado cuando los bancos han actuado como paraísos fiscales en Estados Unidos, o en Alemania, o en Francia, no en las Islas Seychelles, es decir, cuando han utilizado el centro del sistema para utilizarlo como paraíso fiscal y eso es muy imprudente. Pues bien, esa capacidad reformista, creo que poco a poco se está angostando.

Hay otro dilema, otro debate  que creo que también es muy importante para nosotros como ciudadanos del mundo, que es: ¿dónde se tiene que arreglar la crisis? 
Después de la Segunda Guerra Mundial el mundo se dotó de una serie de instituciones, básicamente la Organización de Naciones Unidas (ONU) y otras surgidas alrededor de la misma. Ahora vemos con sorpresa, o con poca sorpresa, que en  Naciones Unidas no se discute sobre la crisis económica. De la crisis se habla en otras formaciones, como el G-20 o el G-8, que son instituciones que no las ha elegido nadie, que se cooptan entre sus miembros. Es decir, para  pertenecer al G-20 un país lo que tiene que hacer es pedirlo y ya veremos si sus socios tienen a bien o tienen a mal admitirlo. Es el caso de España. Nuestro país ha asistido a las últimas reuniones del G-20 como invitado, no como potencia, aunque por su potencia económica, valga la redundancia,  tendría que formar parte del G-20
Pero si España y Holanda, que es el otro país que ha pedido formar parte de ese club, quieren ser miembros del G-20, otras dos potencias que forman parte del grupo, y que ahora son menos importantes, tendrían que salir. Pues bien, eso no funciona así. El G-20 sigue llamándose G-20, aunque realmente ahora lo integran 22 potencias. Pero nadie las ha elegido, mientras que las Naciones Unidas es un organismo elegido por todo el mundo. ¿Qué ocurre? Que Naciones Unidas es un organismo muy burocratizado y muy poco eficaz. Tiene la legitimidad, pero no tiene la eficacia. Por el contrario, las formaciones del tipo G-8, G-20,  tienen la eficacia pero no tienen ninguna legitimidad para arreglar este tipo de problemas. Pues bien, en algún momento este contrasentido lo tendremos que solucionar.
El tercer dilema que se produce, y casi con esto terminaría esta parte, es si hay que hacer una política económica para salir de la crisis de partido o una  política económica de Estado. Esto no es retórica. Prácticamente en ningún país del mundo, incluidos aquellos en los que hay un gobierno con mayoría absoluta, se desarrolla una política económica sin la ayuda de la oposición. 
Una de las primeras decisiones que tomó Barack Obama como presidente de los Estados Unidos, a pesar de la fuerza con la que llegó al cargo, fue confirmar como presidente de la Reserva Federal, es decir, responsable de la autoridad monetaria, al republicano Ben Bernanke. O sea: un demócrata reelige a un republicano para administrar conjuntamente la crisis. En Francia, el presidente Sarkozy, un hombre de derechas, hace un gobierno trufado de socialistas o exsocialistas. Es decir, incluye en su gobierno distintas sensibilidades. La señora Merkel, en otro país importante, Alemania, gobierna en coalición, primero con los socialdemócratas y ahora con los liberales. Merkel podía haber intentado, en algún momento, gobernar en minoría con apoyos puntuales, pero dice: no puedo con la crisis económica tan importante que estamos pasando hacerlo yo sola. 
¿Cuál es la excepción? La excepción es, como en las historias de Astérix, un pequeño país, situado en un extremo del planeta, que se llama España, en donde es imposible que gobierno y oposición trabajen conjuntamente para sacarnos de este lío en el que estamos metidos. Lo menciono a ras de suelo porque no quiero hacer ningún tipo de política con esto. Pero quiero reflejar la especificidad de nuestro país y porque creo que la crisis es lo suficientemente importante para afrontarla a través de pactos. Ya hay un pacto global: la política económica que se está aplicando básicamente en todo el mundo ha sido aprobada en el G-20.
Hay otros pactos regionales. Nosotros ahora, como parte de Europa, estamos intentando crear una especie de consenso que sustituya al consenso que se generó en la postguerra europea y que dio lugar a los modernos Estados del bienestar, en la edad de oro del capitalismo. Fue entonces cuando Europa creó más puestos de trabajo y creció más. 
Ahora hay que hacerlo de otra manera, porque la Europa de hoy es muy distinta de la de los años cincuenta. Somos veintisiete países, no seis. Tenemos millones de inmigrantes que antes no existían.  Somos una sociedad vieja y no una sociedad joven, como la que salió después de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, ese consenso hay que actualizarlo. También hay que hacer pactos nacionales
Quiero enlazar esto con algo que me comentaba la compañera de la televisión local, María Ávila, que me ha entrevistado antes de esta charla. Los pactos nacionales son necesarios también para hacer reformas, esas reformas estructurales de las cuales ustedes oyen hablar muchas veces y que nunca se concretan. Son muy importantes para cualquier país, pero no solo para salir de la crisis. Para salir de la crisis necesitamos medidas urgentes
Esta crisis que estamos padeciendo nos ha hecho creer a todos que los problemas económicos del mundo eran homogéneos, que todos tenemos los mismos problemas. En parte es verdad, sobre todo en los momentos más álgidos de la crisis. Pero el día que desaparezca esta crisis, cada uno nos encontraremos con nuestros propios fantasmas y tendremos que abordar nuestros propios fantasmas. 
¿Cuáles son los problemas y los fantasmas españoles? Los he reseñado hace un momento: que cada vez que tose la economía, nos ponemos en cifras de paro de dos dígitos, del veinte por ciento, y eso no es posible. Cuando hablo de reformas, por favor entiéndanme ustedes, no hablo de contrarreformas. Hemos perdido una batalla con el lenguaje: cada vez que los ciudadanos de a pie oímos hablar de reformas, se nos ponen los pelos de punta. Porque creemos que cualquier cosa que se haga va a ser en contra de nuestros intereses. Pero yo no estoy hablando de eso. Cuando hablo  de una reforma laboral, o de una reforma energética, o de una reforma de la educación, o de tantas cosas que hay que hacer, estoy hablando de reformas, de sacrificios compartidos, estoy hablando de sacrificios que debe pagar todo el mundo más o menos con las mismas intensidades. Estoy hablando de cosas que hay que mejorar y cambiar, pero no estoy hablando de contrarreformas.
Termino ya y ahora sí que del todo. Hay dos grandes escuelas sobre la actual crisis económica. Una es la de aquellos que dicen que esta crisis es como un cisne negro. Los cisnes negros son, como saben ustedes, son una especie muy rara, pues los cisnes suelen ser blancos. En teoría política, un cisne negro es un acontecimiento inesperado que tiene consecuencias brutales. Por eso esta crisis económica es un cisne negro. Es algo inesperado que nos afecta a todos y que va a tener unas consecuencias formidables sobre nuestra forma de vida. 
La segunda escuela es la llamada teoría de Casandra. Como ustedes saben, Casandra era una sacerdotisa de Apolo. Este dios de la mitología griega se enamoró de Casandra y le dio un don, el don de la profecía. Casandra podía detectar lo que iba a suceder antes de tiempo. Pero Casandra era también muy casquivana y engañó a Apolo. Entonces, Apolo la castigó: aunque Casandra mantendría su don, nadie creería sus profecías. Así, Casandra profetizó la Guerra de Troya, la muerte de Agamenón, la muerte de toda su familia… Todo eso lo dijo antes de tiempo, pero nadie le hizo caso. 
De igual modo, ha habido una serie de científicos sociales, de economistas, escasos, pero los hubo, que sí estaban advirtiendo: “ojo, que estamos abusando; ojo que estamos creando burbujas; ojo que estamos creando una burbuja inmobiliaria que está haciendo que el precio de las viviendas no tengan que ver  nada con la realidad; ojo que estamos dejando que los bancos abusen…”. Pero no les hicimos caso nadie. 
Estas son pues las dos escuelas que compiten en estos momentos: la que sostiene que la crisis llegó como por arte de magia, como algo natural, y la de aquellos pocos que decían que lo que estábamos haciendo nos llevaría a los problemas que sufrimos ahora. No se les hizo caso y desgraciadamente tenían razón.
Decía al principio de esta charla que el concepto de ciudadanía tiene que ver mucho con el concepto de crisis económica. Pienso también que el concepto de ciudadanía tiene mucho que ver, y con esto sí que termino, con el concepto de desarrollo, y con el concepto de democracia. Son lo mismo. 
Al economista indio Amartya Sen, premio Nobel de Economía (1998), le nombraron el pasado mes de enero doctor Honoris Causa de la Universidad Complutense de Madrid. Fui a escucharle en ese acto y apunté una frase suya que me sirve mucho para desarrollar esta idea: “desarrollo, al final, desarrollo no es un concepto económico, es un concepto mucho más universal; desarrollo es el proceso de expansión de las libertades reales de las que goza el pueblo y de las que gozan los ciudadanos”. 
Pues bien, desarrollo, en mi opinión, es ciudadanía, y desarrollo y ciudadanía es democracia y eso es lo que a mí me gustaría haber traído aquí a esta Escuela de Ciudadanos.  ¡Muchas gracias!
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Notas a pie de página:
                                                   
(1)  Thomas H. Marshall  Ciudadanía y clase social (1950)

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