viernes, 5 de agosto de 2011

La pasión por informar


Manzanares, 5 de marzo de 2010
Por María Antonia Iglesias.
Buenas noches a todos y muchísimas gracias por estar aquí. Estoy muy contenta de estar en Manzanares, y tengo que ser sincera: no conocía el pueblo, me parece muy bonito. He venido hoy aquí, sobre todo, por una razón: el valor de la amistad, el afecto personal, la fidelidad de las personas a lo largo del tiempo. En este caso, mi amistad con Román Orozco, que podría calificar de entrañable, porque hemos compartido muchos años apasionantes de este país; hemos compartido la vocación profesional, el compromiso político. Creo que esas son afinidades y vivencias que no desaparecen nunca. 
Como el Guadiana, nos vemos, luego no nos vemos, luego nos volvemos a ver, pero siempre tenemos la sensación de que tenemos muchas cosas que decirnos, muchas cosas que compartir. Así que agradezco especialmente a Román, dos cosas: primero, que me haya invitado, pero sobre todo le quiero agradecer, como ciudadana, esta iniciativa que me parece espléndida  y de primera necesidad en este momento: esta Escuela de Ciudadanos. Nos acechan tal cantidad de sombras y de problemas, que si hay un momento oportuno para hacer esta Escuela de Ciudadanos es este momento. 
Es verdad que la democracia española es una democracia sólida, asentada, y es verdad que no hay ningún riesgo de una involución formal, para entendernos, como aquella fecha fatídica del 23-F. Pero hay peligros y riesgos de involución ideológica, de pérdida de valores, de una serie de situaciones que a los ciudadanos democráticos y progresistas nos preocupan profundamente. Por eso creo que esta Escuela de Ciudadanos es muy necesaria. 
Espero, por otro lado, que a la derecha de este país no se le ocurra combatir la Escuela de Ciudadanos como combatió la asignatura Educación para la ciudadanía. Por ejemplo,  con las mismas trampas y los mismos argumentos delirantes del gobierno valenciano que quiso obligar a los chavales a estudiar esa asignatura en inglés. Espero que Román y los que han iniciado esta obra tengan más suerte. Lo importante y lo básico es que tengan el apoyo precisamente de los ciudadanos, de esos alumnos que somos todos y que nos beneficiemos de la experiencia de los demás. 
Pero sobre todo, que nos beneficiemos con la experiencia de compartir unos valores que en estos momentos no es que se estén perdiendo, pero sí se están poniendo en tela de juicio. Muchas veces por nuestra culpa. En este país están alumbrando una serie de fuerzas oscuras, de contravalores disfrazados de solidaridad, teñidas de amarillismo, basadas en el espectáculo del dolor de los demás.
Hace unos días me gané una buena bronca porque me atreví a decir que a mí no me gustan los padres “espectáculo”. Comprendo que son unas pobres víctimas, que han perdido a sus hijos en circunstancias dramáticas, en asesinatos, en crímenes horrendos. Pero cada vez estoy más convencida de que todo eso, en ocasiones, se convierte en un esperpento. 
Por ejemplo, por si acaso necesitaba una demostración para convencerme más, vi en Telecinco una cosa insólita: la madre de Sandra Palo, que cuenta con todo mi dolor y solidaridad, haciendo un debate con Belén Esteban. (Sandra Palo, una joven de Getafe de 22 años, fue violada por cuatro hombres y salvajemente asesinada en 2003).

Cosas así hablan por sí mismas y me dan la razón, por muy difícil que sea. Aunque alguna gente lo entiende retorcidamente: piensan que soy una persona sin sentimientos. Pero yo lo único que hago es decir que aborrezco la manipulación de los sentimientos ajenos,  porque eso no es solidaridad, es simplemente alimentarse del dolor de los demás.
Poco después de ese debate, me paró en la calle una señora y me dijo: “¡hay que ver que mal la tratará la vida, para que hable usted así!”. Yo le contesté: “y usted, señora, ¡cuánto tiene que aburrirse para vivir del dolor de los demás!”. 
Porque, en definitiva, esos debates son terribles espectáculos sórdidos, obscenos, en los que cada día se sorprende uno más. Lo que está sucediendo es que están emergiendo una serie de contravalores que nada tienen que ver con la solidaridad, ni con la humanidad, ni con ningún sentimiento noble, sino con esa carnaza que los medios de comunicación le echan a la gente con la seguridad, desgraciadamente, y esa es nuestra responsabilidad, de que la gente lo va a consumir masivamente. Porque si fueran un fracaso de audiencia, no se harían nunca.
Pero bueno, volvamos al principio. Le agradezco  a Román su cálida presentación y coincido con él en algo que nos une mucho: somos personas privilegiadas que hemos pertenecido, aunque yo sea quizás un poco más mayor que él, a una generación de periodistas  que ha vivido en la época más apasionante de este país, que fue la salida de la dictadura, la transición democrática y los gobiernos sucesivos, el gobierno de Suárez, el de Felipe González… 
En fin, épocas realmente singulares por dos motivos. No solo por la importancia política e histórica de los acontecimientos que vivimos, sino porque, y yo quiero decirlo, no sin cierto pesar, porque vivimos, compartimos una aventura, una ilusión y una pasión más allá del compromiso profesional con una clase política singular, irrepetible diría yo. Una clase política que de una manera milagrosa, y yo no creo en los milagros, pero algo mágico sucedió, que coincidió en el tiempo con la necesidad de que hubiera esa clase política con esa talla, con ese concepto realmente auténtico del patriotismo. Eran verdaderos patriotas, que amaban a su país por encima de cualquier ideología o de cualquier interés de partido y lo demostraron con los hechos.

Los periodistas de aquella época, Román también, por supuesto, en primera fila, tuvimos el privilegio de conocer personalmente a esos dirigentes políticos, de saber separar con dignidad la responsabilidad de informar y al mismo tiempo la complicidad con la apuesta firme por la democracia. Ese fue un aspecto singular, que no todos los periodistas han podido vivir. Por eso, creo que formamos parte de una generación privilegiada, la generación de la transición,
Es verdad también que en este momento pasamos por situaciones complicadas, porque nos hacen la pregunta venenosa, y las comparaciones siempre son odiosas, de si los políticos actuales no tienen esos mismos valores. Es una pregunta muy difícil de resolver. Primero, porque los  relevos generacionales son reversibles, como es lógico. Segundo, como siempre digo, porque el cementerio está lleno de gente imprescindible. Felipe González los llama jarrones chinos. Pero bueno, en cualquier caso, está claro que la clase política en este momento no se puede comparar con aquella, como tampoco se podría comparar la situación. Pero creo que ahora hay una cierta atonía, por decirlo de una manera suave.
Esa atonía, de alguna manera, nos decepciona de vez en cuando a quienes vivimos la política y la profesión de informar con pasión. A pesar de eso, consciente de que es mi obligación y mi devoción, soy una firme y apasionada defensora de la clase política de este país. Porque uno de esos contravalores amarillos a los que me refería antes es esa campaña estúpidamente alimentada por la derecha de desprestigio de la clase política. Estúpida, porque lo que hacen es darse patadas en su propio culo, para ver si así consiguen que tengamos nostalgia del franquismo. Es un juego tan estúpido, tan amarillo, que es evidente. Lo triste es que los políticos del PP no se dan cuenta de que al desprestigiar al conjunto de la clase política se desprestigian a sí mismos. 
Luego están los ejemplos elocuentes de los casos de corrupción que afectan a los políticos, sin olvidar los protagonizados por los socialistas, que me han  dolido especialmente. Soy de las que creen que Felipe González perdió las elecciones generales de 1996 porque quiso perder. Pero, sin embargo, no pudo evitar esa censura de la historia de haber estado ciego durante mucho tiempo sobre el tema de la corrupción de los suyos.
La gente dejó de votar al partido socialista precisamente por eso, no por el GAL ni por otras cosas de letra pequeña debidamente intoxicada y alimentada por algunos medios de comunicación,  sino porque sus simpatizantes no pudieron resistir que los socialistas metieran la mano en la caja. Aunque fueran ocho, parecía que eran 8.000. Fue muy doloroso, porque ese fue el motivo de que Felipe González perdiera las elecciones frente a un personaje tan inane y tan poco apropiado para dirigir este país como el señor Aznar, quien, y en frase de Felipe, “anda por ahí ladrando su rencor por las esquinas”. Es un personaje que no sabe perder, no lo ha digerido. Por ello, pienso que lo que tiene que respirar es un odio necesitado de psiquiatra. Un odio que lo descalifica a sí mismo.
Con respecto a mi compromiso profesional, vuelvo a decir que fui una persona privilegiada, como dice Román. Estudié periodismo con una contradicción: el periodismo no se estudia, el periodismo se vive. Dudo mucho de la eficacia y del sentido de las llamadas Facultades de Ciencias de la Información, no porque yo no haya estado en ellas, por razones generacionales, sino porque si hay algo desconectado de una realidad tan vocacional y tan apasionante como es el periodismo, son las Facultades de Ciencias de la Información, en donde los alumnos se jactan de que no leen periódicos.
Según las encuestas, mucha gente se apunta a esta sagrada vocación de informar porque no les ha llegado la nota para otra cosa, porque no sabían qué hacer, porque su padre le dijo… Lo cual me irrita profundamente. El panorama no puede ser  más penoso. Para más inri, el nivel pedagógico en esas Facultades es infame. No hay una mínima conexión con la realidad profesional. 
Además, y de esto no culpo a los estudiantes, sino al sistema, cuando esos chicos salen licenciados, convencidos de que son periodistas, se encuentran abocados a un mercado laboral prostituido, mal pagado y con el convencimiento de que si reniegan de un sueldo miserable hay veinte detrás que están dispuestos a trabajar por la mitad. Eso también prostituye la información y la verdad es que no es culpa de los interesados. 
Pero volviendo al tema: si hay algo que me marcó en la vida, como decía Román, fue esa vieja escuela del diario Informaciones, donde aprendimos periodismo de verdad. Yo hice lo que me mandaban, desde sucesos, hasta leer periódicos de provincias. Recuerdo el día que llegué al periódico, de novata total. Como Jesús Hermida, que trabajaba allí, no sabía qué mandarme, me puso a leer periódicos de provincias. ¡Me tuvo una mañana entera leyendo periódicos de provincias, hasta que reparó en mí! Entonces me preguntó: “¿qué haces ahí?”. Le respondí: “pues leer periódicos de provincias”. El tío se mondaba de la risa, porque, claro, era una broma que yo cumplí al pie de la letra. Entonces trabajaba muchísimas horas. Recuerdo mis primeras nueve mil pesetas de sueldo: me parecían una fortuna. Es verdad, tuve el privilegio de trabajar en algo que me apasionaba. 
He pasado años de mi vida trabajando hasta quince horas, durmiendo poquísimo. Porque además, en aquella época, y Román también lo sabe, muchos periodistas compartíamos o compaginábamos la tarea profesional, casi siempre desde el periodismo político, con el compromiso expresamente personal con un partido político en la clandestinidad. O sea, que nos pasábamos la vida todos juntos, conspirábamos juntos, trabajábamos juntos, íbamos al cine juntos y al final éramos como una gran familia donde realmente las cosas funcionaban. 
En Informaciones aprendí muchísimo. Sobre todo aprendí lo que es el oficio de informar. Por eso me chirría cierta pretensión académica de un oficio que no se aprende más que practicándolo. Acabé abandonando la escuela de periodismo y luego me examiné por libre, porque lo que realmente me apasionaba era el periódico. 

Me acuerdo una vez que, por una fechoría que hicimos unos cuantos rojos, mandaron una carta al director para que readmitiera a un despedido, pues habíamos hecho una huelga en el periódico. Y, cosas de aquella época, me castigaron con lo peor que me podían castigar: dejarme sin trabajar. Pero se equivocaron, porque me mandaron al archivo, donde descubrí una cosa apasionante: el archivo del diario “Informaciones”. Un periódico, por cierto, que todavía no ha dado la noticia de que  Hitler perdió la guerra. Porque en esas fechas era un periódico absolutamente pro nazi y los dueños no estaban por la labor de explicar lo que había pasado. Realmente, el archivo de Informaciones era un tesoro, una joya, ¿o no?
Hasta que mi jefe, y luego explicaré quién era, al cual le tengo mucho cariño y respeto y ningún rencor, cuando llegó a conocerme bien y a darse de cuenta de que en el archivo yo estaba disfrutando, como decía mi abuela, igual que un burro en un patatal, y vio que no me sentía castigada, me castigó de verdad a lo peor que me podían castigar: no trabajar. Estuve cinco meses yendo al periódico todos los días y preguntando: “¿qué hago?”, y me respondía, “tú, nada, siéntate ahí y ya te diremos algo”.
Si hay un suplicio para un periodista vocacional, es ese castigo. El castigo me lo pusieron porque mi jefe me preguntó cuál era la fuente de una información que había hecho. Creo que era una de las primeras veces que un jefe le preguntaba eso a un periodista. Yo, ingenua de mí, dije: la fuente es secreta. ¡Para que dije aquello! Me gané las iras de la jefatura. Me buscaron muchas vueltas por eso. 
Este señor se llama Juan Luis Cebrián. Hoy ocupa un puesto de enorme responsabilidad en el Grupo Prisa. Creo que es un excelente profesional, de los mejores periodistas de este país, y con él he aprendido muchas cosas y le estoy muy agradecida. Pero bueno, de vez en cuando me hace gracia recordar estas cosas… 
En Informaciones además tuvimos la suerte, quienes manteníamos un compromiso político con la izquierda, en este caso del Partido Comunista (PCE), de hacer un poco de padrinos de todo aquel que pasaba por la redacción con aquellas cartas de “los abajo firmantes”. Eran del Colegio de arquitectos, del de Filosofía, de no sé qué. Todos los rojos que tenían algo que mover acudían al periódico a ver si les publicábamos un trocito de su carta. Yo tenía la suerte de que me encomendaron mucha tarea de ese tipo y luchaba a brazo partido para que esas cartas tuvieran un espacio en el periódico que a lo mejor no le correspondía.
También hubo una escuela realmente inolvidable en ese periódico para aprender a escribir entre líneas, porque no se podía escribir con libertad. Aprendimos el truco, que Román conoce también, de decir una cosa negándola. Era un truco brillante y que el que quería entender, entendería. Al final, conseguí cierta maestría, porque había veces que creía que mis crónicas no se iban a publicar y se publicaban. Quizá porque el director Jesús de la Serna, que no era un liberal, era una persona bastante arriesgada, sino porque realmente unos cuantos habíamos adquirido esa habilidad de escribir entre líneas y saltarnos la censura. Por todo ello, aparte de las dificultades económicas del periódico, el Informaciones estuvo un poco al borde del precipicio por razones políticas.
Informaciones fue el primer periódico que publicó la primera rueda de prensa clandestina de Santiago Carrillo en Madrid, a finales de 1976. Yo asistí a ella sin saber siquiera que iba a estar Carrillo. Era tan clandestina que ni los militantes lo sabíamos y por eso se pudo hacer. Entonces, los periódicos tenían que mandar las galeradas (pruebas de imprenta) al departamento de censura del Ministerio de Información, dirigido por Fraga Iribarne. Informaciones se arriesgó y publicó la rueda de prensa en una última hora en la contraportada del periódico.  
Otro hecho también muy sintomático de aquellos tiempos fue la elección como presidente de la Conferencia Episcopal de un cardenal que dio bastante que hablar posteriormente:  el cardenal Enrique Tarancón. Aquellas crónicas parecían crónicas subversivas. Escribiendo de la iglesia de entonces, parecía que uno estaba de alguna manera erosionando los cimientos del Régimen. Aquella iglesia de la transición se comprometió de una manera clara con la democracia. Una iglesia y un compromiso muy diferente al de ahora.
En aquel tiempo, como me fascinaba el periodismo escrito, llegué a pensar que no había más periodismo que el periodismo escrito. Desde mi  inconsciencia o mi soberbia profesional despreciaba a los periodistas de televisión. Me parecía que donde hay una buena crónica escrita, que se quite lo demás. 
Pero la vida da tantas vueltas que acabé en la televisión. Primero de redactora. Recuerdo  la primera vez que tuve que ir a ver a Fraga, con quien yo tenía mucha amistad, a pesar de su carácter. Le dije que tenía un minuto para hablar. El bufido que me pegó, ni te cuento. Al final comprendí, y él también, que en un  minuto se pueden decir muchas cosas, siempre que se tengan cosas que decir. 
Aprendí muchísimo como redactora. Aprendí y, al mismo tiempo, aunque sea un poco vanidoso, enseñamos. Llegamos a TVE una generación de gente rara, contratada por José María Calviño, que quería hacer un cambio real en la tele. 
Calviño nos fichó en un acto de coraje, saltándose a la torera todas las normas, a un montón de periodistas que estábamos acostumbrados a trabajar en la calle, a buscar información propia. Imaginaos lo que significó en aquella televisión, en la que se trabajaba con los teletipos y la gente no se movía del asiento ni para un remedio, la irrupción de aquella generación de periodistas rompiendo moldes, buscándose la vida, buscando información propia y llenando los telediarios de noticias. Como decía yo, actuando como  si fuéramos periodistas. Realmente aquello marcó la televisión estatal.
Pero la televisión me ha marcado muchísimo a mí también. Nunca he disfrutado en mi vida más que como directora del programa Informe Semanal. La dirección de informativos también me proporcionó mucha experiencia y el privilegio de dirigir un equipo importantísimo de gente. 
Pero profesionalmente, nunca olvidaré lo que he disfrutado haciendo los reportajes de Suárez, de Felipe… Me gustaba trabajar con las manos. Me acuerdo cuando era directora de informativos recién llegada. Seguía teniendo esa ansiedad de trabajar al pie de la noticia. Absurdamente, el despacho del director de informativos estaba en la planta quinta y la redacción estaba en la planta primera. No entendía absolutamente nada. 
Por lo visto era una cuestión de escalafón, de jerarquía, de distanciar a la masa de periodistas del jefe. Decidí instalarme en un despacho en la primera planta. Me parecía absurdo estar cuatro pisos más arriba. Siempre tuve la tentación de bajar a hacer información, de ayudar a la gente, de dar fuentes. Hasta que un buen día me encontré haciendo algo que algunos consideraron ¡delito de lesa patria!: ayudar a una persona que quería hacer una información sobre la crisis del partido socialista. 
Un día, bajé a la redacción para ayudar a una redactora. Le pasé teléfonos de mis contactos y como aquella chica no sabía por dónde empezar, le dije: “venga, vamos a escribir juntas”. Noté que alrededor de mí se hacía un silencio profundo. Yo me preguntaba: “¿qué estaré haciendo?, ¿qué pasa?”.  ¡Claro, era la viva imagen de la manipulación! La directora de informativos que se atreve, no solo a bajar a la redacción, sino a ayudar a una redactora y a escribir con su puño y letra lo que pasa con Rubalcaba, con los renovadores y no sé qué más. Pero lo hice limpiamente y lo volvería a hacer siempre. La gente que me conoce sabía que desde que era una currita, y luego cuando llegué a jefa, lo que había en mí era una pasión profesional desbordada y unas ganas de no perder agilidad en el oficio. 

Recuerdo mis peleas con los compañeros de Comisiones Obreras cuando cada dos por tres me hacían asambleas. Durante una de las huelgas generales contra el Gobierno de Felipe, la noche previa me quedé a dormir en el despacho porque sabía que si salía, los piquetes no me dejarían entrar. Por la mañana, muy tempranito, escuché gritos. Me preguntaba: “¿qué gritarán?”. No los oía bien. Lo que me decían era: “no nos mires, tírate”. De alguna manera, ese grito estaba lleno de cordialidad y de cariño, porque era gente que me conocía, pero no podía ser más elocuente, porque de alguna forma yo era la traidora, la esquirola, en fin, la manipuladora.
Sobre las acusaciones de manipulación de aquella época, aquello de que yo era una especie de lacayo del felipismo, tengo que decir que me quedé corta y que me arrepiento.

Reconozco que me dejé presionar por la presión del ambiente. Porque parecía que la única manera de legitimarse en la profesión entonces era levantarme todas las mañanas y darle una hostia a Felipe, con perdón. Si no, no era independiente. Si, reconozco que me dejé presionar y que realmente íbamos en el minutado por el minuto veinte y seguíamos hablando de la corrupción. Un día dije medio en broma que íbamos a terminar poniendo un set en la Audiencia Nacional, porque salía muy caro desplazarse todos los días para lo mismo. 
Aquello fue terrible. Pero hicimos una información decente, que está ahí, para que se pueda comparar con otras. Nuestra información no resiste el más mínimo ataque. Pero me arrepiento de haber desmedido la información y dar la imagen de que este país ardía por los cuatro costados, cosa que era absolutamente falsa. Lo único que pasaba es que los socialistas estaban perdiendo por corruptos, que ya es bastante. Pero nada más. No se hundía ningún barco, ni se perdía nada esencial de este país, con la única excepción del trabajo sucio que hizo la derecha, y concretamente el señor Aznar, que estuvo dispuesto a llevarse por delante lo que fuera, incluida la lucha antiterrorista. 
Me acuerdo que José Luis Corcuera, ministro del Interior. Corcuera fue a presentarle sus  respetos cuando le eligieron nuevo secretario general del PP, y Aznar le dijo: “quiero que sepa que para llegar a la Moncloa voy a pasar por encima de todo”. Corcuera, que era un tío bruto y directo le contestó: “Hombre, todo, todo… Supongo que el tema antiterrorista...”. Aznar replicó: “cuando digo todo, digo todo”. Aznar, en efecto, lo dijo y lo hizo. Ahí están sus hazañas bélicas.
En cualquier caso, hay un pecado que a mí no se me perdona y del que me siento profundamente orgullosa, y siempre que tengo ocasión lo digo. Yo resistí la oleada del antifelipismo militante, sobre todo frente a un medio de comunicación, El Mundo, y a un personaje llamado Pedro J. Ramírez, que decidió someterme a una presión, él creía que insoportable, para que yo accediera a sus manejos. 
Buena parte de la redacción de TVE se sentía afligida y hubo algunos redactores que me propusieron abrir el telediario, algún día, con la portada de El Mundo. ¿Por qué había que hacer eso? ¿Porque lo dice El Mundo?, les preguntaba. Y añadía que publicaríamos aquellas informaciones de El Mundo siempre que acudieran a la persona atacada para darle la oportunidad de que se defendiera. Realmente, aquella presión fue insoportable. ¡Había una página de televisión diaria dedicada a mi persona! Según El Mundo, todos los días me había comido un niño crudo, por lo menos. Fue muy duro.
Pero me ha quedado el orgullo y la satisfacción de resistir esa oleada absolutamente venenosa  de antifelipismo furibundo, simplemente porque esa era la moda entonces. Muchos periodistas cambiaron de posición en cuanto vieron que las cosas se torcían para el PSOE. Lo único que yo hice fue resistir. Nunca manipulé, nunca oculté nada. Pero no me dejé presionar por esa ola perversa y estúpida y profundamente injusta, cuyo único objetivo, que felizmente no consiguieron, era llevar a Felipe a los tribunales y luego meterlo en la cárcel. 
Pero tengo que decir también que disfruté muchísimo. Soy una persona muy mandona. Eso de mandar me encanta. Tener a tu lado a una gente tan preparada, tan brillante, tan leal. Tengo que decir he tenido suerte. La cantidad de gente que ha trabajado horas y horas, por la noche, gratis, para sacar adelante un programa especial, un Informe Semanal, una entrevista con Suárez… Gente que disfrutaba conmigo, que nos sentábamos en las cabinas de montaje hasta las cuatro de la mañana. Es algo que van mucho más allá de lo que es el deber profesional. Existe una fraternidad, una complicidad que se trenzó entonces y que todavía no se ha perdido. Me llevo muy bien con esa gente, y aunque no soy muy amiga de la nostalgia, la verdad es que esa complicidad es lo único que echo de menos. 
Luego, como decía Román, y como suele suceder, cuando el PSOE perdió las elecciones lo lógico y natural es que nos fuéramos los rojos y que llegaran los nacionales. Nada que objetar. Es ley de vida. Lo que me molestó un poquito, y lo del “poquito” lo pongo entrecomillas, es que mi sustituto, Ernesto Sáenz de Buruaga, dijo que él iba a ganar cuatro veces más dinero que yo, porque él estaba en el mercado y yo no. Aparte de ser una desvergüenza, porque efectivamente cobraba cuatro veces más que yo, fue una agresión verdaderamente estúpida e injusta. 
Yo le hice solo dos ruegos a Sáenz de Buruaga cuando me despedí, en una ceremonia absolutamente versallesca: primero, que cuidara Informe Semanal. Hizo todo lo contrario: lo desguarneció a los dos días, quitó los equipos de cámaras, porque él lo llamaba la bombonera de los rojos. La segunda cosa, es que tuviera mucho cuidado a la hora de tocar los pluses, pues la mitad del sueldo de la gente en televisión va en los pluses y en la categoría profesional. Pues bien, se lo pasó todo por el arco del triunfo. 
Tuve otra vez la gran suerte, porque creo que soy una periodista vocacional, de verme obligada a recoger mis cajas, levantar las cosas de mi despacho y marcharme a mi casa y a la calle a buscar trabajo. Fue todo un reto. Yo tenía ya cuarenta y tantos años, pero esa situación me enriqueció profundamente. Me volvió a reconciliar con mi oficio. Me dio la seguridad, aunque parezca una inmodestia, de pensar que no había perdido facultades. 
La verdad es que tuve también la suerte de que el periódico El País me diera la oportunidad de hacer entrevistas especiales. Disfruté, como decía aquel, como un burro en un patatal, porque a mí me gusta  escuchar, me gusta aprender, sobre todo de los políticos, que son gente tan injustamente difamada.
Preguntar para aprender, sin mala uva, sino simplemente para conocer al personaje, aunque sea poniéndole en un aprieto. Salvo alguna excepción, es muy raro que un político, sea de derechas, de izquierdas, o medio pensionista, no reaccione con sabiduría e inteligencia. 
Me jacto de ser defensora de la clase política. Por ello, creo que la campaña de desprestigio que hay ahora mismo es brutal y muy peligrosa. Además de injusta. Detrás de esa campaña hay un deseo mal ocultado de involución, de desprestigio del sistema democrático. Además, no les importa llevarse por delante a gente honorable, que no se enriquece con sueldos millonarios y que trabaja muchísimas veces hasta las once de la noche. 
Se hace además una crítica muy infundada. Un día, una señora llamó a una emisora de radio para quejarse de que en el hemiciclo del Congreso había pocos diputados. Se le respondió que muchos estaban trabajando en las comisiones. “¿Y eso qué es?”, preguntó. O sea, al desconocimiento profundo se añade ahora esa moda, como a la gente le va mal, de echarle la culpa a los políticos. Que si se lo llevan crudo, que si son todos unos corruptos. Eso es letal. 

Me pregunto si no es casualidad, y creo que no lo es, que coincidan en el tiempo la crisis, que lo envicia todo, y esa campaña de desprestigio de la clase política. Esa moda de algunos periodistas de jugar al pim, pam, pum con los políticos, en la convicción y la seguridad de que nadie les va a pedir cuentas. Salvo Alberto Ruiz-Gallardón y José Antonio Zarzalejos, ex director de Abc, que se han atrevido a querellarse contra la Cope, los demás tragan, los pobres, porque tienen un miedo cerval a esos periodistas que gozan de una absoluta impunidad.
Los periodistas disparamos contra todo lo que se mueve y juzgamos a todo el mundo. Nunca he sido corporativista, defecto de esta profesión, como en cualquier otra, y por ello me pregunto: ¿quién nos juzga a nosotros?, ¿quién nos pide cuentas por tantas cosas falsas que decimos y que después se las lleva el viento?, ¿quién nos reclama por tantas calumnias, por tantas frivolidades, por ese afán de hablar de todo?
Recuerdo que tras el atentado terrorista del 11-M, los periodistas parecíamos licenciados en Ciencias Químicas. Todos sabían cómo se llamaba el explosivo. Yo me decía, qué rara debo ser, porque la verdad es que no tengo ni idea. Pero ahí veías a la gente echando la lengua a pastar, diciendo unas cosas… Realmente fue tremendo. Puede llegar incluso a ser cómico el ejemplo de la vanidad estúpida de algunos tertulianos. No deja de ser una cosa divertida. Pero cuando se juega con el honor de las personas, cuando se juega con la dignidad de la gente, que tiene familias a las cuales dar cuenta, oír las cosas que se oyen por la radio, da verdadera vergüenza.
Nunca olvidaré lo terrible que fue aquella historia de un periodista, que ya se murió, murió en un accidente. Era un periodista de la Cope. No me acuerdo de su nombre, ni me quiero acordar tampoco. Tenía una lengua tan venenosa que un día soltó por la Cope que Rosa Conde era la Mónica Lewinsky del gobierno de Felipe
Esas cosas quedan como ejemplo de esa irresponsabilidad, yo diría que criminal e impune, como un ejemplo de chulería, de prepotencia con la que algunos periodistas manejaban el oficio. 
Si uno le pregunta a la pobre Rosa Conde (ministra portavoz en un Gobierno de Felipe González) o a la víctima de turno de esas infamias que por qué no se querella, por lo civil o por lo militar o por lo que sea, te responden que es peor. Que se pueden encontrar con un juez, como me pasó a mí, en este caso una juez, que le de la razón al periodista. Un juez que diga que como es una persona pública, como me dijeron a mí, pues que hay que aguantar la crítica. 
Les voy a recordar mi caso. Un día, Luis del Olmo dijo en la radio, cuando todavía no éramos amigos, que ahora lo somos, porque afortunadamente la vida da muchas vueltas, que yo era la rata sectaria del guerrismo. Yo me hice esta composición: si me querello y me dan 500.000 pesetas por lo de sectaria, vale. Lo de guerrismo, yo que he sido siempre felipista, me jode. Pero lo de rata, lo de rata ya no lo aguanto.
Entonces, caí en la trampa estúpida de  una serie de abogados amigos míos, entre ellos el que fuera ministro de Justicia, Juan Alberto Belloch, que me decía: “te tienes que querellar” y no sé qué más. Me querellé y perdí. Porque la juez dijo que yo era una mujer pública, que no sé lo que querría decir, y que tendría que estar sometida a la crítica. De modo que, a partir de aquella sentencia, yo era una rata sectaria del guerrismo por decisión judicial. 
Afortunadamente, la vida da muchas vueltas y cuando escribí mi libro La memoria recuperada: lo que nunca han contado Felipe González y los dirigentes socialistas, Luis del Olmo me hizo una entrevista espléndida. La verdad es que conectamos y a pesar de las diferencias ideológicas tremendas, nos tenemos mucho afecto. Luis presentó también mi libro de entrevistas, Cuerpo a cuerpo: cómo son y cómo piensan los políticos  españoles. En fin, Luis ha demostrado ser una persona capaz de evolucionar y de ser más abierto. 
Pero realmente aquello fue tremendo, porque, además, todos los días me mandaban un montón de cintas con las barbaridades que decían de mi persona. Me acuerdo también de un artículo que escribió Jaime Capmany, una persona que escribía de puta madre, lo que no tiene nada que ver con fuera un cabrón, que se llamaba La albóndiga. Ese era el saludo a mi nombramiento como directora de informativos de RTVE. De nuevo los amigos me recomendaban que me querellara. Yo les decía: “no me querello más; que me llamen lo que les salga de las narices”. 
A Capmany no se le ocurrió mejor argumento que decir “es bajita y arrugada como una albóndiga”. La verdad es que no podía soportar, desde su machismo falangista, que hubiera una mujer sentada en la dirección de los informativos de Televisión Española. No lo podía digerir. 
En resumen, en televisión española mandé mucho, disfruté muchísimo, conocí gente espléndida y sobre todo tuve la ocasión de reparar un gran error profesional: haber despreciado la televisión, porque yo venía del medio escrito. Ahora, soy de las  convencidas de que realmente la fuerza de la imagen es incomparable. Si además tienes la suerte de contar con cierta capacidad de convocatoria y de conectar con la gente importante de este país y hacerles hablar de verdad, como en la entrevista que le hice a Adolfo Suárez, hace ya muchos años, pues la verdad es que me siento una persona privilegiada.
Como saben, ahora intervengo en un medio mediático, como decía aquel, muy influyente por cierto, que es La Noria. Un programa que todo el mundo dice que no ve, aunque en realidad todo el mundo lo ve, sobre todo, los debates de La Noria
Por ello, ahora intento devolver todo ese privilegio que he recibido, de mi vocación saciada y cumplida, de conocer a gente como Román, y de vivir un compromiso político apasionante. Intento, a mi manera, muy vehemente y muy gritona, trasladarle a la gente, modestamente, mis valores. Que son los valores de la democracia, de la verdad, de la crítica objetiva, saludable, no amarilla, pero sí verdadera. Intento, como hace esta Escuela  de ciudadanos, educar a la gente en los valores de ciudadanía, que ahora son tan escasos. 
Unos valores que están siendo sustituidos por los contravalores del amarillismo, como decía al  principio de mi charla, de la utilización de los sentimientos, de la explotación de las bajas pasiones, y nunca mejor dicho lo de bajas pasiones, todo por una miserable ración de audiencia.
Vuelvo al comienzo de esta charla: el debate entre la madre de Sandra Palo y Belén Esteban. He de decirles que tengo buena amistad con Belén Esteban. Es una persona más digna de compasión que de otra cosa, que está enferma y que tiene muchos problemas. Pero aquel debate me pareció el espectáculo más obsceno que se pueda dar. Eso significa que me enfrento con lo políticamente correcto. 
Igual que cuando denuncio, sin dejar de valorar sus méritos, a Jesús Neira (agredido en 2008 en Majadahonda por salir en defensa de una mujer que estaba siendo maltratada en plena calle). Neira intentaba rentabilizar una negligencia médica que él había denunciado, cuando fue atendido tras la agresión sufrida. Ahora, este señor se ha pasado a la derecha o a la extrema derecha, y va diciendo por ahí cosas tan bonitas como que Zapatero es un mierda y que Felipe González es un imbécil. También pide cadena perpetua para el señor que lo agredió. 
Y como la ciudadanía está enganchándose al discurso del ojo por ojo y diente por diente, de la venganza, del ajuste de cuentas, de la cadena perpetua, o incluso, como he leído en algunas pancartas desde mi casa, de la pena de muerte, es muy importante lo que hacéis aquí, en esta Escuela de Ciudadanos
Falta esa educación en valores cívicos, en valores democráticos. Una educación que se está perdiendo, quizá porque han emergido otros contravalores, como el éxito fácil. Si hay algo que me pone enferma, es el espectáculo del Gran Hermano. Lo pongas cuando lo pongas, siempre hay tíos en la cama, sin trabajar. Esa pedagogía es letal. Porque la gente joven dirá: “¿para qué coño voy a trabajar yo? Me apunto a Gran Hermano y me solucionan la vida, me sacan en la tele, me forro, y ya está”. 
No sé lo que pensará Román, pero como yo soy pesimista y por eso soy tan vehemente, creo que los demócratas estamos perdiendo esta batalla de los valores cívicos. Quizá tenemos una democracia formal muy garantista, con unas leyes muy bien hechas, con una justicia que, a pesar de todo, funciona, pero luego la sociedad, por debajo, se está deteriorando de una manera muy peligrosa. Por ello, creo que hay que hacer llamamientos como el que yo modestamente quiero hacer desde esta tribuna esta noche, de poner otra vez en valor los valores democráticos, los valores de la ciudadanía, el no dejarse suplantar por esos poderes paralelos de gente agarrada a una pancarta diciendo no se qué y hablando en nombre del pueblo.
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El pueblo en este país vota cada cuatro años. Lo demás son cosas muy dignas o no, según quien las maneje, pero que no tienen nada que ver con la democracia. 
Además está el triste espectáculo de la derecha, que lejos de contribuir a hacer esa educación para la ciudadanía, intenta sacar esa asignatura de las escuelas. El otro día escuché al señor Arenas decir que la clase política tenía que seguir los pasos de la sociedad. Yo me dije: “eso es pura demagogia, porque es todo lo contrario”. 
La clase política tiene la responsabilidad de conducir en valores democráticos y de convivencia a la sociedad, porque la sociedad, como la dejes por libre, se tira por un barranco. Estas son cosas difíciles de decir, mucho más difícil ahora en tiempos de crisis y cuando el deporte nacional es darle leña al mono, hasta que hable inglés Zapatero.
Estamos ante una situación absolutamente disparatada. Porque, como dije al principio,  enfrente no hay nada. Solo el abismo, el vacío, una gente desaprensiva que no tiene alternativas. Bueno, las tiene, pero no las quiere decir en voz alta. Solo lo ha dicho el presidente  de la CEOE: quiere contratos sin derecho a desempleo. 
Esa derecha que está ahí, simplemente esperando gobernar sobre los escombros de este país. Una derecha que no está dispuesto a darle ni agua a Zapatero. También es verdad, y no puedo desdecirme de mi condición de felipista convicta y confesa, que echo mucho de menos que se ejerza desde la presidencia del Gobierno la capacidad de decidir, y de no esperar a que se lo arregle todo un pacto, una componenda, o un apaño. Gobernar es decidir
Gracias y buenas noches.

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