jueves, 7 de julio de 2011

Momentos decisivos de aprendizaje


Manzanares, 30 de enero de 2009
Por Miguel Ángel Aguilar.
Estoy muy feliz de haber aceptado la invitación de Román y volver a recordar muchos de los momentos más decisivos de mi vida profesional de los que me siento orgulloso. Es verdad, entre las muchas exageraciones que ha dicho Román, que persiste en algunos amigos esa impresión que a veces he causado o sigo causando, según la cual éste que les habla está un poco tocado. Pero pienso que es una sana locura y que además, con el paso de los años, está bastante contenida. De manera que no voy a abjurar de esa manera algo locoide de enfocar las cosas.
Román ha hecho un pasaje así, al galope, de aquellos años sesenta y setenta. Pero es que fueron tiempos excitantes. Hace unos días, a propósito del espionaje con que el gobierno pepero de Esperanza Aguirre distingue a compañeros del partido con responsabilidades en la Comunidad Autónoma de Madrid o en el Ayuntamiento de la Villa y Corte, decía con gran autoridad Manuel Fraga que “en mis tiempos eso no pasaba”: pero escuchar eso de Fraga resulta muy duro de aguantar. Esta misma mañana, cuando participaba en un programa de Tele 5, La Mirada Crítica, he sufrido un pequeño acceso de indignación revisitando los tiempos de Fraga. ¿Cómo puede decir este señor que en sus tiempos no pasaban abusos?
En los tiempos de Fraga ministro se fusilaba: se fusiló a Julián Grimau 1, se fusiló a también Salvador Puig Antich 2 en tiempos de Fraga como embajador en Londres. ¿Pero usted qué me cuenta, señor Fraga? Se fusilaba y se difamaba. Se hizo un libro blanco sobre la ejecución de Grimau donde, al hecho de su fusilamiento, se añadió la infamia de describirlo como si fuera un terrorista.
En tiempos de Fraga la policía arrojó por un patio interior desde un séptimo piso al estudiante Enrique Ruano 3, un asesinato del que hace unos días, el pasado 20 de enero, se ha conmemorado el 40 aniversario. Y no sólo se le asesinó, sino que además se le quiso llenar de infamia. En su memoria se celebró un acto que reunió a muchos de los mejores de entonces en el Paraninfo de la Universidad Complutense, en la calle de San Bernardo de Madrid, al que asistí conmovido, porque hay que recordar la capacidad que había entonces de insultar, de agredir, de reprimir y la incapacidad absoluta de las víctimas para responder. Lo arrojan de un séptimo piso, lo matan y luego, al día siguiente, en medio de un gran escándalo en la Universidad, el periódico ABC publica un editorial titulado “Víctima, sí, pero ¿de quién?”, donde a partir de unos diarios personales suyos, se extraen algunos textos, se tergiversan otros, se descolocan y se traza el perfil de un homosexual y de un suicida.
¿Recuerdas, Román, cuando estábamos en Cambio 16 y eperábamos la llegada de Fraga, que había vuelto a ser ministro (de Gobernación) tras la muerte de Franco, en el primer gobierno que forma Arias Navarro tras la proclamación del Rey? Aquel día se le ofrecía a Fraga una cena en un momento en el que Cambio 16 tenía problemas, no recuerdo cuáles eran, pero se esperaba que el encuentro con el ministro suavizaría las tensiones. Fraga llegó tarde. Venía del aeropuerto, donde había estado esperando la llegada del jovencísimo don Felipe de Borbón (33 años menos de los que ahora tiene). Quien regresaba a Barajas después de haber sido investido Príncipe de Asturias, en Covadonga. Como Fraga es un obseso de la puntualidad, estaba muy violento porque habían pasado unos minutos de la hora de la cita.
Estaba especializado en el maltrato a los camareros, por lo que fueron avisados de que debían sustituir la guarnición de patatas por arroz. Cuando llegó la carne, señaló con el dedo un filete en la fuente y dijo “¡éste para mí!”, con esos modales que tenía tan distinguidos.
Hablamos en la cena de la reforma política que se intentaba hacer. Una reforma muy pintoresca, porque querían, pensaban, pretendían, que la democracia de la que empezaba a hablarse era compatible con aquel bodrio de las Leyes Fundamentales y de los Principios del Movimiento y del contraste de pareceres, la trampa saducea y toda aquella terminología franquista. Querían hacer una operación cosmética a partir de un desarrollo de aquellos inventos, pero sin partidos politicos ni sindicatos obreros.
En el curso de la conversación le comenté a Fraga que un amigo mío, Miguel Herrero y Rodriguez de Miñón, pensaba que esa reforma tenía un aire churrigueresco [en referencia a ese retorcimiento exacerbado que caracterizó la degeneración del barroco]. Eso ya le encampanó a Fraga, que dijo ‘Usted tenía que haber conocido a su padre. Su padre si que era churrigueresco...”. En fin, que empezamos a faltarnos los unos a los otros.
Fraga se fue calentando más cuando yo añadí otro testimonio, el de Walter Haubrich, corresponsal en Madrid del periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung. Comencé diciendo: como ha señalado Haubrich en el Frankfurter... y Fraga me interrumpió notablemente excitado. “Menudos argumentos trae usted aquí”, me dijo. Y añadió: “aquí todo va muy bien, el único problema es que que hay algunos periodistas que empujan...”. Entonces, a mí se me ocurrio replicarle que ‘empujan a favor de la decencia’, momento en el que Fraga se puso fuera de sí.
Entonces Román, intentando ayudar, intentado parar el asunto y suavizar las cosas, porque estábamos aterrorizados ante la perspectiva de dejar en paro a 400 familias de Cambio 16, le dijo: ‘señor ministro, Miguel Ángel no lo decía por usted’. ¿Te acuerdas de eso, Román? Entonces, Fraga, empuñando el cuchillo, gritó: ‘Es que si lo dice por mí...’.



¡Viejos tiempos! Pero bueno, vamos a hablar de lo que nos ha traído hoy aquí.
Estoy encantado de sumarme a la idea de estos encuentros y me gusta el título que se les ha puesto: Escuela de Ciudadanos, ya que es bueno volver a la escuela como trasmisora de saberes, de aptitudes, de valores. La escuela como lugar de aprendizaje, la escuela como lugar de encuentro entre docentes y discentes, entre maestros y discípulos, donde se interacciona, donde los supuestos profesores aprenden muchas veces más que los alumnos. Aprenden de las preguntas.
En mi casa éramos once hermanos. Mi padre era médico y quería que alguno de sus hijos continuara con una tradición de varias generaciones: la de la astronomía. Viene muy a propósito porque estamos conmemorando el año internacional de la astronomía. El hermano mayor de mi padre, Miguel Aguilar Stuyck, era astrónomo; mi abuelo, Miguel Aguilar Cuadrado, había alcanzado la posición de primer astrónomo del Observatorio de Madrid. De ahí que mi padre pasara toda su infancia y juventud en las viviendas de que disponían los astrónomos junto al Observatorio del Retiro. Mi bisabuelo, Antonio Aguilar Vela, había recuperado de un abandono de décadas el Observatorio Astronómico de Madrid, del que fue nombrado director. Por eso mi padre quería que alguno de sus hijos siguiera esa senda celestial.
Entre los hermanos, el mayor se había inclinado por la medicina como mi padre. Otro por la arquitectura... Yo sacaba muy buenas notas en Matemáticas y Física y por eso se me consideraba idóneo para que me dedicara a la astronomía. No iba mal encaminado mi padre: saqué con notable aprovechamiento la carrrera de Ciencias Físicas. Pero me desvié, porque mientras estudiaba la física cuántica, fuera, en el campus, se vivía la tension de quienes luchaban por la recuperación de las libertades cívicas.
La Universidad era el único banco de pruebas de la política. La Universidad y los obreros de Asturias. Era donde la gente percibia las carencias de libertad, los abusos del régimen y donde se reaccionaba frente a esas carencias y esos abusos... En respuesta a esa realidad, me fui comprometiendo en las luchas universitarias de aquellos años que nos llevaron a termimar con el SEU (Sindicato Español Universitario), aquel sindicato único falangista. Aquellas luchas fueron una escuela y muchas de las gentes que después tuvieron posiciones relevantes en la política de la Transición se curtieron precisamente en esa escuela de movilización y liderazgo. Fue así como me torcí y acabé dedicado al periodismo, porque el periodismo me parecía un lugar en el que podía comprometerme mucho más que con la astronomía.
Ahora bien, tengo que decir, sin embargo, que los momentos de mayor placer intelectual que he tenido han estado siempre relacionados con las ciencias físicas y con las ciencias matemáticas. Hay un libro maravillososo de Jorge Wagensberg, El gozo intelectual: teoría y práctica sobre la inteligibilidad y la belleza (Editorial Tusquets, 2007), que recomiendo a todos ustedes. Explica muy bien eso que, en el tráfico tremendo de la política y el periodismo, se pierde y que yo reeencontré hace cuatro o cinco años en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en la isla de La Palma. Aquel observatorio me parecía un lugar verdaderamente único, en el que los físicos pasaban unos días utilizando esos instrumentos maravillosos para hacer sus observaciones. Estaban una semana o diez días como máximo, porque habia otros colegas esperando su turno. Aquella gente tenía el rostro de la beatitud. Estaban viendo las estrellas, contándonos a partir de sus observaciones muchas de las cosas más relevantes y que más nos preocupan de manera inmediata. Allí redescubrí esos momentos que había pasado de joven en mis estudios de Física....
Todo esto viene a colación porque Heisenberg 4 decía que no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla. Y es verdad. Es una grandísima verdad que acabo de experimentar a través de las preguntas que me han hecho unos colegas antes de entrar aquí y subirme al estrado.
La forma como se interroga a la realidad es absolutamente clave para la clase de conocimiento que vamos a obtener de ella. Y, en particular, si vamos al periodismo, la forma de interrogar los periodistas es clave para que lleguemos a conocer unas cosas u otras. Muchas veces me disgusta que se extraiga una frase suelta de un político, mientras se omite cuál ha sido la pregunta originaria. Me parecería mejor que se pusiera por delante la pregunta a la que está dando respuesta esa persona. Así se observaría la importancia que tiene la manera de interrogar al poder.



Voy a hacer un paréntesis para explicar esa forma de interrogar a la realidad.
En este ciclo de la Escuela de Ciudadanos me imagino que, en algún momento, aparte de hablar de los valores constitucionales y del consenso moral de nuestro país, se hablará también del horizonte europeo.
Se dice que la Union Europea (UE) tiene un déficit democrático y yo me he rebelado contra esa afirmación muchas veces. He negado repetidas veces que la UE tenga un déficit democrático. Porque los presidentes de gobierno de los países miembros han sido elegidos por los ciudadanos de cada país. El europarlamento también resulta de unas elecciones. Nadie ha llegado a las instituciones europeas por el dedo de Berlusconi, por ejemplo. Todos presentan títulos indiscutibles de legitimidad democrática. No hay déficit democrático, lo que hay es déficit mediático. Lo que no tiene la comunidad europea, y es una carencia muy grave, son medios de comunicación europeos.
Hay medios de comunicación italianos, británicos, franceses, austriacos, españoles, pero no hay medios europeos, en el sentido en que nos referimos a la existencia de medios, por ejemplo, españoles. Porque en un ámbito nacional reducido como el español, podemos decir que hay medios de comunicación catalanes, vascos, gallegos, andaluces, murcianos o lo que sea. Pero hay también medios de comunicación españoles. ¿Qué quiero decir con eso? Que son medios de comunicación con una difusión en todos los territorios que componen España; una difusión eficaz, suficiente, significativa.
Eso no existe en Europa, no hay ningún medio que tenga una difusión relevante en todos y cada uno de los países europeos. Lo más parecido a un medio de comunicación europeo es un periódico norteamericano, el International Herald Tribune, que llega a todos los países europeos, que se puede adquirir con facilidad, que está bien distribuido y digamos que lo lee una élite en todos ellos. Este periódico, que acompañó la presencia de las fuerzas americanas en Europa desde la primera guerra mundial, tiene una aproximación incolora o mínimamente coloreada de intereses nacionales. Porque hay otros periódicos con una difusión relevante, como The Financial Times o Le Monde. Pero Le Monde es francés y enseña la patita francesa de manera permanente y el Financial Times es británico, y apuesta siempre por el ‘Dios salve a la Reina’. Eso lo llevan hasta el final. Que el Herald sea americano implica que observa lo europeo con más distancia, con más imparcialidad.
¿Qué pasa cuando termina un consejo europeo, una cumbre europea? Pues que volviendo a Heisenberg y a su afirmación de que no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla, los líderes de los distintos países miembros se reúnen con los periodistas de su propio país y esos periodistas desisten de preguntar sobre Europa, porque no tienen una concepción general de Europa, y se limitan a interesarse sobre cómo han ido las cosas para los ciudadanos de esa nación.
Imaginen ustedes si, al terminar un Consejo de Ministros en Madrid, en la conferencia de prensa de Moncloa no hubiera periodistas de los medios de comunicación que hemos dado en llamar de alcance y difusión nacional y sólo estuvieran los gallegos, los vascos, los andaluces, etcétera y cada uno preguntara por lo de su región y nadie inquiriera desde una concepción general, global, íntegra del país que llamamos España.
Entonces, las respuesta serían otras y nuestro conocimiento de la realidad sería otro. Nuestro conocimiento de la realidad queda en función de los interrogantes planteados.



Hablemos de la Escuela de Ciudadanos y de los deberes con los demás.
El ser humano es el único capaz de comprometerse por la palabra, de hacer honor a la palabra dada. Tener en cuenta la realidad de los demás y participar en la solución de los problemas que nos afectan como comunidad es una obligación social básica. La primera Escuela de Ciudadanos es desde luego la familia. También lo es la profesión. Y también es a lo que nos referimos cuando se dice aquello de ‘lo que les ha enseñado a estos la vida’. A veces para mal, porque la vida enseña muchas cosas, incluso a pervertirse.
Pero donde se implanta la idea de las primeras exigencias es en la familia. Los hijos aprenden más del comportamiento de los padres que de la prédica de los padres. Si cada uno de nosotros revisa su pasado, coincidirá en buena proporción conmigo.
En la época en que yo era joven, el diálogo con nuestros padres era muy distinto del que hemos tenido nosotros con nuestros hijos. Más aún en familias muy numerosas. Nosotros éramos once hermanos y yo estaba muy mal situado: en el medio. Cuando mi hermano mayor, que estudiaba Medicina, tenía exámenes, se vivían en la familia como un desafío muy importante; se les prestaba mucha atención. Igual que cuando mi hermano José María ingresó en Arquitectura. Pero, claro, cuando llegábamos los más pequeños, nuestras vicisitudes de estudiantes carecían de interés y eso era algo un poco desalentador.
Recuerdo que llevaba a casa bastantes buenas notas, pero daba lo mismo. Solía estar entre los cinco primeros de mi clase, en el Colegio Maravillas.
Llevaba el boletín semanal con las notas. Mi madre las veía y me decía: “muy bien, hijo mío, de ahí para arriba”. Nunca salía de ahí. Luego veía en el colegio que al que había quedado el primero de la clase, le habían comprado una bicicleta. A mí, ni bicicleta, ni nada. Teníamos el deber de sacar muy buenas notas. No se aceptaba un suspenso. Había que trabajar y punto final. Porque éramos once.
No recuerdo grandes diálogos con mis padres. Pero si he tenido muchísimos diálogos con mis hijos, muchas veces, bastantes duros y otras, muy humorísticos. De todo. Pero antes, los niños estábamos aparte, en el cuarto de jugar. Y, como decía mi hermano el mayor, cuando apretaba el verano: ‘esos niños que se acuesten, que dan calor’.
No era el tipo de dialogo que hemos tenido luego con nuestros hijos. Pero incluso sin esos diálogos, había un a escuela: la escuela del trabajo. Era decisivo ver cómo se comportaban los padres, cómo hacían frente a las distintas situaciones que planteaba la vida.
Mi padre era una persona que nunca se metió en política. Bastante tenía con sacar adelante a sus once hijos. Pero un día me contó cómo vivió el final de la guerra civil.
Mi madre, a sus 31 años, con cinco criaturas de edades entre 9 y 2 años, había logrado salir por tren a Valencia y embarcado hasta Marsella, desde donde llegaron a Fuenterrabía para instalarse. Pero cuando mi padre abandonó en 1938 el Hospital de San Luis de los Franceses, en Madrid, donde estaba refugiado, sin que hubiera tenido militancia política alguna (su hermano sí, había sido de la CEDA, la Confederación Española de Derechas Autónomas), al llegar a Francia lo internaron en un campo de concentración.
En Fuenterrabía, al mayor de mis hermanos, Miguel (por eso me llamo yo Miguel Ángel, al ser el primer varón que nació después), se le diagnosticó una encefalitis de la que se estaba muriendo. Mi padre quería a toda costa ir a verle. Consiguió a través de un miembro de la Cruz Roja salir del campo de concentración para reunirse con su familia. Luego estuvo movilizado como médico en algunos hospitales de campaña. En alguna ocasión me contó cómo les gustaba el jamón y el alcohol a los moros, que lo tenían prohibido por su religión, o la cantidad de heridos que atendió en aquellos hospitales improvisados extrayéndoles balas de la tripa, o donde fuere, con su destreza de cirujano.
Mi padre regresó a comienzos de abril de 1939 a Madrid y apenas unos días después se presentó en mi casa un comandante del ejército que le dijo: “tiene usted que incorporarse mañana, porque empiezan los fusilamientos y necesitamos médicos que firmen los certificados de defunción”.
Una sola vez le oí contar la escena a mi hermano Paco, pues no se hablaba nunca de la guerra, considerada asunto excluido de toda conversación en torno al cual tampoco nadie preguntaba. Me dijo que mi padre le respondió al comandante: “Yo no me voy a incorporar a esa tarea”. Entonces, el oficial le replicó: “Es que si se niega, usted se va a jugar su carrera”. Mi padre le indicó: “mire, aquí tiene la guerrera, la pistola, el no sé qué de alférez honorario médico y hagan ustedes lo que quieran, porque mi carrera de médico no creo que me la puedan quitar”. El comandante le insistía: “pero hombre, no sea usted así, si es un espectáculo, hay ruido, hay sangre, eso es un espectáculo como los toros...”.
Ésta es la versión de la barbarie.
Por ello, digo que se aprende rápidamente, de muy pequeños gestos, de muy pequeños detalles, sobre cuáles son las cosas a las que no hay que prestarse, qué actitudes hay que mantener, qué compromisos profesionales hay que respetar..
En fin, se aprende al ver a gentes que se manifestaron en las antípodas de los trepadores; que jamás sacaron una ventaja sobre la vulnerabilidad de los demás. Eso lo he visto en mi padre, entregado a sus enfermos. En las visitas a sus pacientes operados, ingresados en los hospitales de la beneficencia, donde daba igual si iba una o tres veces al día, nadie pasaba revista. He aguantado muchas horas en el coche esperando, camino de Cubas de la Sagra, el pueblito en las afueras de Madrid donde teníamos una casa. Mi padre se paraba en el Hospital de la Beneficiencia, donde está ahora el Centro de Arte Reina Sofía, para ver a sus enfermos.
Pero no he visto nunca a mi padre hacer exhibición de eso. No le he visto dar discursos, ni decir “pues lo que tenéis que hacer es esto o lo otro”. Era más bien aprender de lo que veíamos. Esa es la escuela de la familia. Se aprendía en gran parte sin palabras, más que con razonamientos, como intentamos hacer ahora, con escaso éxito en muchas ocasiones.
Después, escuela de ciudadanía fue la Universidad, a la que ya me he referido.
Y cómo no, escuela de ciudadanos fue el trabajo profesional, que empezamos Román y yo casi simultáneamente, Roman en Gaceta Universitaria, donde yo colaboraba y en mi caso en el Diario Madrid, donde conseguí una posición más estable, con una retribución de 10.000 pesetas al mes. Y a ese periódico, meses después, también se incorporó Román.
El Diario de Madrid tampoco era un periódico de oposición al régimen. ¡Si es que no se podía hacer un periódico de oposición! Era un periódico que acabaron cerrando por falta de calor en el elogio a Franco. Eso es lo que no toleraban.
Recuerdo una manifestación que hubo en Madrid tremebunda, en la Plaza de Oriente, en 1970, en apoyo al llamado juicio de Burgos contra dieciséis etarras. Al día siguiente de la manifestación, los periódicos de Madrid y de toda España se volcaron en el halago a Franco, e hicieron verdaderos cuadernillos monográficos. El Diario de Madrid publicó de aquel acto una fotografía en la primera página con un pie de foto que yo redacté. Eso fue todo el despliegue, lo cual produjo un encabronamiento, si me permiten ustedes la palabra, indescriptible, porque se consideraba que ese tratamiento escueto era una afrenta.
Al periódico le incoaron un montón de expedientes sancionadores, abiertos por el Ministerio de Información y Turismo, siempre molesto, a veces por cosas ínfimas. Por ejemplo, porque informábamos del cierre de la Universidad. O porque publicábamos una carta aparecida en el diario Le Monde de dos profesores franceses renunciando al doctorado honoris causa concedido por la Univeridad Complutense, alegando que estaba ocupada por la Policía Armada. Aquello originó un expediente gravísimo y así fuimos sumando otros cariños del régimen y de Fraga, hasta que en el año 68 se produce el cierre por dos meses, que se prorroga dos meses más, por iniciativa de ese benefactor de la humanidad que es Fraga. El motivo fue que habíamos publicado un artículo, que tampoco era nada del otro mundo, de Rafael Calvo Serer, presidente del Consejo de Administración del periódico. Se titulaba Retirarse a tiempo, no al General de Gaulle, y sostenía que el presidente francés debía retirarse. Pero en el ministerio de Fraga optaron por otra interpretación y consideraron que allí se quería decir “retirarse a tiempo, no al General Franco” y fueron a por nosotros.
Trabajando en ese Diario Madrid fui procesado por primera vez, en febrero de 1967, por un artículo editorial sobre los disturbios universitarios de entonces. Se titulaba, y tampoco era para tirar cohetes, La protesta no es siempre moralmente condenable. Vamos, que no se podía decir menos. Bueno, el Tribunal de Orden Publico (TOP) no lo entendió tan inocente y me procesó.
Mi padre, que entonces era médico de muchas cosas, ¡para mantener esa familia!, trabajaba en el Seguro Obligatorio de Enfermedad y también en un servicio medico que cubría a los magistrados. Un día me dijo:
– Oye, hijo mío, he operado de apendicitis (o no sé qué) al presidente del TOP y me ha dicho que estás procesado. Me ha comentado que por qué no te buscas otro abogado.
Mi abogado era Gregorio Peces Barba, más tarde uno de los padres de la Constitución y presidente del Congreso de los Diputados. A mí me pareció que de ninguna manera podía aceptar que me defendiera otro y muy digno contesté a mi padre:
– Bueno, padre, eso no puede ser. Yo tengo este abogado...
– Es que me dicen que intentarían ver bien tu caso, pero que ese abogado les perturba mucho, que busques otro.
Luego sucedió que la víspera de la vista del juicio fui llamado por Peces Barba a su despacho. Eran las ocho de la tarde. Apareció en la biblioteca y me dijo:
– Oye, Miguel Ángel, ¿mañana es la vista?
– Sí, sí, claro, por eso vengo- le contesté.
– ¿Y a ti, de qué te acusan?
Pensé, ¡Dios mío! Mañana empieza el juicio a las diez y mi abogado no sabe de qué va.
Me pedían seis años y un día. Me condenaron. Recurrimos y me absolvieron. En fin, no quiero yo tampoco que esto se convierta en la charla que hubiera podido dar Teresa Neumann 5, a base de exhibir sus llagas. Pero la verdad es que nos han sacudido hasta en el carnet de identidad.
Otro de los momentos ciudadanos interesantes tuvo lugar en Diario 16. El viernes 25 de enero de 1980, siendo yo director, se publicó una información titulada Intentona militar abortada en Madrid. En un sumario se leía: “El General Torres Rojas, destituido del mando de la División Acorazada.”
Era verdad la intentona militar y era verdad la destitución. Teníamos el Boletín Oficial del Estado. Pero no gustó al Gobierno de Adolfo Suárez. No gustó y aquel ministro de Defensa, el primer ministro de Defensa civil que hubo tras la muerte de Franco, Agustín Rodríguez Sahagún, al que llamábamos cariñosamente pelopincho, compareció ante las cámaras de Televisión española, tras el Consejo de Ministros, y nos amenazó con todos los males del infierno.
Aquello pintaba muy mal. Recuerdo que a casa empezaron a llamar los amigos preguntando que dónde había que llevarme los bocadillos, porque pensaban al oír al ministro que ya me habían metido en trullo.
Donde sí me llevaron inmediatamente fue al Juzgado Militar nº 5 del Paseo de María Cristina de Madrid. ¿Qué hicieron? Pues en vez de proceder contra el general Torres Rojas y desarticular la conspiración, procedieron contra los periodistas que habían dado la información. Así de sencillo. Con el resultado de que un año después el asunto fue a mayores. (Golpe de Estado del 23-F de 1981)
Aparecemos en el juzgado al día siguiente, sábado por la mañana, y lo único que quería el juez era, primero, que le dijera quien era el autor de la información, porque no estaba firmada. Y segundo, hacernos creer que sabían quién era. Me decían:
– Si contra usted no tenemos nada. Díganos, el autor ¿es Fernando Reinlein?
O sea, iban a por Reinlein, un militar al que habíamos reconvertido en redactor. Era capitán del Ejército y había formado parte de la Unión Militar Democrática (UMD), por lo que fue procesado, condenado y expulsado. Querían llevarse por delante a Reinlein. Insistían:
– Pero hombre, díganos usted, si ya lo sabemos...
Entonces, le pregunté al coronel juez instructor:
– Antes de estar usted destinado en este juzgado, ¿en qué unidad estaba?
– Hombre, ¿le interesa a usted?
– Sí, sí, dígame –le contesté.
– Mandaba el CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) de Cáceres.
– Pues muy bien, coronel. Y digame, si alli se hubiera producido alguna irregularidad ¿usted cómo hubiera reaccionado? Si hubiera habido que dar cuentas ¿quien debería asumir la responsabilidad, siendo usted el coronel al mando?
– Yo – me contestó.
– O sea, que si hubiera habido algo indebido, el responsable sería usted. Pues eso es lo que me pasa a mí en el periódico. El responsable soy yo. Si después creyera que algo no se ha hecho correctamente, ya deduciré yo hacia abajo y hacia adentro las responsabilidades que correspondan. Pero de puertas afuera, el responsable soy yo.
El coronel aquel me decía, “pero hombre, no se ponga usted así, no se ponga solemne”. Le dejé claro que mi deber era asumir esa responsabilidad, no espolvorearla. Esa era una lección de ciudadanía.
Recuerdo otra ocasión en Cambio 16. Junto con un amigo común, Ignacio Álvarez Vara, había hecho una información a doble página que nos quedó muy interesante y titulamos La Guardia Civil no se rinde. Teníamos una garganta profunda, el General Manuel Prieto López, jefe entonces de la VI Zona de la Guardia Civil, una figura que dio luego mucho que hablar como candidato de Alianza Popular (AP) por Granada en las elecciones generales de 1977 y columnista algún tiempo de Interviú. El general nos daba información más o menos por goteo. Nos citó en la Plaza Mayor de Arévalo (Avila) a las ocho una tarde de febrero cuando ya estaba oscurecido. Le pregunté cómo íbamos a reconocerle y me dijo: “Iré con un sombrero de ala de mosca”. Su objetivo era pasar inadvertido, pero daba un cante estruendoso...
Entramos en el restaurante de los soportales pensando que tomaríamos un café. Pero el general pidió de inmediato un cochinillo. Llevaba una cartera voluminosa de la que extraía documentos en apoyo de cada una de las afirmaciones que hacía. Muy sagaz, iba aclarando que las fotocopias no estaban hechas con su fotocopiadora, y que los folios escritos no lo habían sido en su máquina de escribir para evitar que pudieran relacionarle, si caían en manos indeseadas. Había tomado medidas cautelares extremas para garantizarse quedar fuera de cualquier implicación en aquello que nos contaba. De repente, al leer un texto de los que me había entregado, advertí un error y le dije: “Pero general, esto no es así”. Lo aceptó y con un bolígrafo introdujo las salvedades pertinentes a mano. Me guardé el papel mientras decía “pero la letra de las correcciones que acaba de hacer sí es la suya”.
Al final, publicamos la historia en Cambio 16. La Guardia Civil se lo tomó por la tremenda y empezó a llamarme mi amigo el general Sáenz de Santa María 6, Jefe del Estado Mayor de la Benemérita. Me citaba en un bar de mala nota, Pigmalión, con un público femenino preciosísimo a disposición de los clientes. Al entrar, le preguntaba a la señora del ropero si había llegado el general. Ella me señalaba: “Sí, sí, está allí, al fondo, con unas amiguitas”. Y allí estaba el General Santa María, enseñando unas fotos mientras hablaba con una joven a la que le decía: “Martita, ¿no es este un italiano que salía contigo?” O sea, que el general no dejaba de hacer su trabajo.
Santa María quería a toda costa que le reveláramos nuestra fuente de información. Con una táctica parecida a la del presidente del TOP, me decía: “¿Quien os ha contado esto?, aunque en realidad ya lo sé. Ha sido el coronel fulano de tal” No, general, ese no ha sido, le replicaba. Y me contesta: “bueno, pero de momento a ése ya le he arrestado”. Esa era su manera de proceder.
A todo esto, naturalmente, el que estaba aterrorizado era el General Prieto, que dejó de ponerse al teléfono. Pensaba que nos presionarían y terminaríamos por dar su nombre. Pero nunca lo dimos.
Y ese es un acto de ciudadanía: preservar los compromisos con las fuentes informativas.
Este asunto del periodismo tiene sus aristas. Tantas veces nos ha pasado estar con alguien manteniendo una conversación cuando de pronto te dice: “de esto, no contéis nada, porque claro...”. Tú le contestas que merece la pena contarlo, pero existe un pequeño problema y es que tienes que decir quién lo cuenta, quién es la fuente. Tu interlocutor dice que su nombre no puede salir, que se juega la vida, el empleo, no se cuantas cosas mas.
Ante esos casos, hay ocasiones en que las cosas se cuentan preservando a la fuente que muchas veces se oculta, no por especial cobardía, sino porque es especialmente vulnerable. Entonces, el periodista tiene que hacer honor a ese compromiso. Lo que no puede hacer es revelar la fuente y dejarla contra las cuerdas.
Esos conflictos pasan también hacia el interior del periódico, porque el director, según quien sea, quiere saber la fuente. Y si se lo cuentas, a veces el director lo que intenta es hacer comercio personal con esa información, porque le sirve para tal y cual cosa.
Todo esto nos lleva a la independencia de los periodistas.
La independencia es uno de los compromisos ciudadanos más importantes del periodista. Yo no creo que nadie pueda ser perfectamente neutral, que pueda ser completamente objetivo. Todos estamos teñidos de intereses, de propensiones, de ideas previas, de multitud de cosas y siempre tenemos un punto de vista subjetivo incluso ante las cosas más frías.
Donde menos compromiso puede haber, un accidente de tráfico por ejemplo, nunca hay dos personas que lo hayan visto igual. Y no digamos si uno de los implicados en el accidente es un colega. Entonces, nuestro amigo será el que iba por la derecha, hizo el stop y el otro llegó como un bárbaro a toda velocidad y lo arrolló. Somos prisioneros del punto de vista, del efecto perspectiva.
Quiero decir con esto que no existe la independencia absoluta, pero hay grados de aproximación. Nadie puede vaciarse de su subjetividad, pero hay maneras de aproximarse a los acontecimientos que son, digamos, más virtuosas, más morales, que la insidia permanente, la actuación envenenada, ese sistema que tanto se ha extendido en España y que yo llamaba “por la contigüidad a la causalidad”.
Una vez escribí sobre este asunto y puse el ejemplo de qué pasaría si a Marcelino Oreja se le definiera como un político de la derecha, que ahora reside en el corazón del barrio de Salamanca, donde ha progresado mucho el consumo de la droga y así sucesivamente. De modo que, al final del artículo, nadie ha dicho de Marcelino Oreja que sea un camello y un drogadicto, pero el público que leyera de corrido ese texto llegaría a esa conclusión inexcusable. Sin que le quede a la víctima la posibilidad de enviar una réplica o interponer una querella, porque en parte alguna hay una afirmación que diga “Marcelino Oreja es un drogadicto”. Esta manera de atribuir sin atribuir, de dejar a la gente además sin poder defenderse, es intolerable. Pero cosas como esa ha habido millones. Es el periodismo de la insidia.
Frente a ese periodismo, está aquel otro que la da a la gente la posibilidad de contestar, de brindar la oportunidad al discrepante, de respetar al que tiene una carta de rectificación o aclaración.
Una de las cosas menos cívicas de la prensa española, que resulta especialmente detestable, es su resistencia a publicar las cartas de réplica. Muchos directores, si pueden, no las publican o las retrasan. A veces, después de haber insultado a alguien a toda página, dan cuenta de la réplica de una manera escondida, en página par, por abajo y en el cuerpo seis, ilegible. Y cuando la publican de modo más visible, le colocan debajo una nota de la redacción diciendo que cómo se atreve este insolente a decir que no sé qué, y que ahora se va a enterar. Por ello, la gente está aterrorizada y piensa que si envía una carta de réplica, le va a lucir el pelo. Esa falta de juego limpio que anida en las redacciones me ha costado a veces serios disgustos.
Recuerdo una ocasión cuando dirigía El Sol. Se estaba preparando un reportaje sobre Banesto y ya se sabe que meterse con un banco siempre es arriesgado, que suele traer consecuencias. Advertí a quienes estaban investigando que si hacían un dossier sobre Banesto, era obligado que escucharan a Banesto, que no sólo valía la opinión de los enemigos de Banesto, de los críticos de Banesto, de los estafados por Banesto, que debía figurar tambien la versión de Banesto. Insistí en que averiguaran lo que tuviera que decir Banesto y lo añadieran sin privilegiar la versión del banco, pero sin excluirla.
Pues bien, en el único día que me tomé vacaciones de los ocho meses que fui director de El Sol, el único día que no estuve en el periódico, lo publicaron. Naturalmente, lo publicaron sin el punto de vista de Banesto. Al día siguiente, amanecí con una llamada de Mario Conde. Me hablaba como si hubiéramos sido amigos de toda la vida: “Pero ¿qué habéis hecho? Esto hunde el banco, la cotización se derrumba”. Le expliqué lo que había pasado, que yo había dado unas instrucciones precisas que no se habían cumplido, pero que el periódico, como tiene la ventaja de salir todos los días, daría la versión del banco, al día siguiente, empezando en primera página, como había sucedido con la información de la que discrepaba.
Aquí comenzaron los problemas. Mario Conde me contesta: “bueno, yo preferiría no dar la versión de Banesto, sino que hablarais con el Banco de España, para que sean ellos los que desmientan la información”. Yo llamé a continuación al Banco de España, a la persona que Conde me había señalado, y me dijo: “Nosotros preferimos no hablar de la cuestión”. Volví a hablar con Conde y le informé: “Mira, éstos del Banco de España son muy amigos tuyos, pero no dicen nada, así que dais vosotros vuestra versión o no se da nada”. La dieron y yo la publiqué arrancando en primera página. ¡Y se me sublevó la redacción del periódico! Tuve que explicarles que, mientras fuera el director, yo sería quién graduaría la forma en que aparecían las réplicas, y que el día en que llegara otro director, lo graduaría él.
Quiero decir con esto que la prensa y los periodistas, y vuelvo a los valores de ciudadanía, que tantas veces comparece o comparecemos como víctimas, en muchas más ocasiones funciona como el agresor. Que el periodista o el medio de comunicación se convierten en agresores. Y además, cuando un periódico o un periodista son agredidos por un poder determinado, tienen bastantes, no digo todas, pero tienen bastantes posibilidades de defenderse. Los periódicos no están inermes, tienen capacidad de hacer valer su punto de vista. Mientras que cuando el agredido es un ciudadano de a pie, que pasaba por ahí, éste no se recupera en la vida si lo fusila al amanecer un diario en primera página.
La gente de bien siempre ha tenido mucho interés en no salir en los papeles. ‘Éste ha salido en los papeles’, se dice, y suena terrible. Lo que le gusta a la gente más inteligente es que la única referencia que se haya publicado a través de toda su vida, sea su esquela mortuoria y se acabó. Porque cuando sacan a alguien en los papeles, suele ser siempre en la misma dirección.
Quiero decir que este oficio de la profesión de periodista es muy apasionante, es muy comprometido, es una de las maneras mas claras que tiene la sociedad de estar presente ante los poderes públicos, de exigir responsabilidades y demás, pero que el oficio también vive muchas veces en el exceso, se instala en la insolencia, en la arrogancia y eso debe ser permanentemente revisado y corregido.
Debemos estar en un proceso constante de autocrítica, porque se podría constituir, y tendría muchísimos socios, una agrupación de damnificados por los medios de comunicación. Porque cuando se dice algo de alguien, las cosas no vuelven a ser igual que antes. Creo que ustedes estarán de acuerdo: nada es igual, nada permanece igual a si mismo después de haber sido difundido como noticia.
Algo que solo un pequeño círculo conoce, tiene consecuencias muy limitadas. Pero si rebasa ese círculo, si aparece en un periódico de alcance nacional, produce unos efectos imparables. Ya no se puede meter de nuevo al genio en la botella. Por tanto, los periódicos, los medios en general, además del ejercicio crítico que hacen frente a los demás, deben añadir otra mirada crítica hacia sí mismos y ponderar las consecuencias que tiene la difusión de las informaciones. Hay mucha gente en nuestro país que ha sido fusilada al amanecer en los periódicos. Se hace una imputación y a continuación, al imputado le retiran cautelarmente el crédito en el banco, por ejemplo.
He sido procesado muchas veces y esa situación contribuía al desconcierto del portero de la finca urbana: porque un día aparecía un motorista de la Casa del Rey para entregar una invitación y al día siguiente era la policía quien traía una citación del juzgado. Si de la citación del juzgado sólo quedaba enterado el portero, todo pasaba sin consecuencias, pero, si entraban los periódicos a dar cuenta de la misma, podían desencadenarse adversidades múltiples y empezaba a ser mirado como un presidiario en potencia.
Ciudadanía, escuela de ciudadanía, impregnarse de los deberes que tenemos con los demás. Sobre todo, cuando se está, como es nuestro caso, en un medio de comunicación que tiene una alta capacidad de incidencia, de amargarle la vida a la gente a la que se le hacen imputaciones no contrastadas, que se deslizan por la pendiente de ese periodismo de la insinuación, que convierte a los periodistas tantas veces en mamporreros, en agentes comprados, en mercenarios al servicio de intereses descarados que no se declaran.
Hay unos deberes que han de cumplir también los periodistas y a veces el cumplimiento de esos deberes trae consecuencias y renuncias honrosas, pero desagradables. Es un proceder que nos ha impedido ir de oca en oca y tiro porque me toca, que ha hecho de las nuestras unas trayectorias en diente de sierra: hemos estado en el paro, hemos trabajado, hemos tenido posibilidades de alcanzar posiciones jerárquicas, hemos caido al nivel de la calle, hemos vuelto a empezar y así sucesivamente, lidiando con infinidad de quiebros y seguramente con quebrantos inevitables.
Cuando alguien declara, como el otro día el presidente de la agencia EFE, que “a mi nunca me han presionado”, me dan ganas de enviarle una carta diciendole, “tú nunca has sido periodista”. Porque el mundo del periodista es el mundo de las presiones. O sea, ¿usted es periodista y no ha recibido ninguna presión? ¡Pero qué me cuenta!
Resistir, resistir y atender a los deberes que esa escuela de ciudadanía nos impone. Al final, eso es lo que le permite a uno afeitarse por la mañana y no sentirse un perfecto hijo de puta. En fin, no perder la última referencia de la autoestima. Creo que muchos de los deberes que hemos intentado cumplir y a los que he pasado revista esta tarde aquí no han sido precisamente retribuidos, sino más bien lo contrario. Pero estamos íntimamente muy orgullos de haber procedido así.
Muchas gracias.
Notas a pie de página
1. Julián Grimau García, miembro del Partido Comunista de España, fue fusilado el 20 de abril de 1963, siendo Manuel Fraga Iribarne ministro de Información y Turismo.
2. Salvador Puig Antich fue ejecutado mediante garrote vil el 2 de marzo de 1974. Fraga Iribarne era entonces embajador de España en Londres.
3. Enrique Ruano Casanova falleció el 20 de enero de 1969 tras ser arrojado desde un septimo piso en Madrid. Manuel Fraga Iribarne era ministro de Información y Turismo.
4. Werner Karl Heisenberg, físico y premio Nobel, creador del principio de incertidumbre.
5. Teresa Neumann, laica alemana de la Orden de San Francisco, en proceso de beatificación.
6. General José Antonio Sáenz de Santa María, que intervino activamente en defensa de la democracia en el golpe del 23-F.

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