5 jul 2011

El compromiso de las ideas



Manzanares, 28 de noviembre de 2008
Por Román Orozco
En un mundo con una fuerte crisis de liderazgo ciudadano, iniciar este curso con una persona que se ha convertido en una referencia indiscutible de la defensa de los derechos cívicos, es un lujo impagable.
Almudena Grandes es, además de una de las más brillantes narradoras del momento en lengua española, una mujer comprometida con su tiempo. Su activismo militante en defensa de los derechos ciudadanos la han convertido en un símbolo de la izquierda.

Ella fue la encargada, por ejemplo, de leer un manifiesto contra la guerra de Irak en 2003 y otro contra el terrorismo etarra, tras la ruptura de la tregua y el atentado de la T-4 en el aeropuerto de Barajas en 2007. Ha escrito hermosos textos en defensa de la II República y ha defendido con pasión los valores republicanos: una España verdaderamente moderna, laica, culta, igualitaria, democrática y progresista.
Almudena podría haber vivido cómodamente de su pluma, sin complicarse la vida. A los 29 años publicó su primera novela, Las edades de Lulú (1989), que la hizo millonaria. Esa obra, que obtuvo el premio La sonrisa vertical, ha sido traducida a 22 idiomas y ha vendido más de un millón de copias. Ha publicado seis novelas más y dos libros de relatos. Se han hecho cuatro películas basadas en sus novelas y cuentos. Escribe desde hace diez años una columna semanal en El País y ha colaborado regularmente en importantes programas de radio (Cadena SER). Ha sido distinguida con importantes premios: en Italia, con el Rossone d’Oro y en España, con el premio del Gremio de Editores y de la Fundación José Manuel Lara.
Su calidad literaria solo es comparable con su calidad humana. Es por esa razón por la que inaugura hoy esta Escuela de Ciudadanos. Además de sus grandes obras, como Malena es un nombre de tango, Los aires difíciles o su última y monumental novela, El corazón helado, Almudena ha encontrado tiempo para ocuparse de los problemas que más angustian al ciudadano hoy.
En Al Rojo vivo, un libro reciente que recoge una amplia conversación de Almudena con el líder de Izquierda Unida (IU) Gaspar Llamazares, reflexionan sobre el estado de salud de nuestra democracia. Entre las muchas ideas que nos dejan ambos, me interesa destacar esta frase de Almudena: “nos hemos convertido en un país desagradable, lleno de nuevos ricos, sin memoria y sin sensibilidad, de gente indiferente que no tiene principios...” A Almudena le gusta hablar con claridad. Es una mujer valiente que no se esconde. Dice en Al Rojo vivo que acude a actos como éste a pecho descubierto: “yo no suelo llevar gabardina, no me levanto las solapas”.
Almudena es también una intelectual honesta que defiende sus ideas libre de ataduras. Como ella misma dice: “No represento a nadie, mas que a mi misma, tengo las manos libres y ningún compromiso más allá del que me impongan mis propias ideas”.
Para eso estamos hoy aquí, inaugurando esta singular escuela. Para escuchar las ideas de esta extraordinaria mujer y escritora que es Almudena Grandes. Una ciudadana ejemplar.

4 jul 2011

Prólogo



Por qué una Escuela de Ciudadanos

Manzanares, 20 de octubre de 2009
Por Román Orozco
Director de la Escuela de Ciudadanos
De niño, tuve que estudiar una asignatura que se llamaba Formación del Espíritu Nacional. Cuando Franco murió, los españoles comenzamos a quitarnos la caspa que nos habían dejado cuarenta años de dictadura.
El tiempo demostró que las ansias de libertad eran mucho más poderosas que las cuerdas que tenían atado y bien atado el régimen represor. Llegó la democracia. La libertad. Una nueva Constitución. Los partidos. Las elecciones. La alternancia en el poder.
En 2006, el Congreso de los Diputados, a propuesta del gobierno socialista de José Luís Rodríguez Zapatero, aprobó la Ley Orgánica de la Educación que incluía una novedosa asignatura llamada Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (EpC). 
El real decreto que la desarrollaba señalaba que esta nueva asignatura deberá prestar “especial atención a la igualdad entre hombres y mujeres”. El apartado a) del artículo 3º del real decreto, no tiene desperdicio. Por la manipulación que en los meses siguientes hicieron de esta ley los sectores más reaccionarios de la sociedad española, transcribo íntegramente ese párrafo:
“La Educación secundaria obligatoria contribuirá a desarrollar en los alumnos y las alumnas las capacidades que les permitan:
a) Asumir responsablemente sus deberes, conocer y ejercer sus derechos en el respeto a los demás, practicar la tolerancia, la cooperación y la solidaridad entre las personas y grupos, ejercitarse en el diálogo afianzando los derechos humanos como valores comunes de una sociedad plural y prepararse para el ejercicio de la ciudadanía democrática”.
Hermosas palabras: respeto, tolerancia, solidaridad, diálogo, derechos humanos, ciudadanía democrática.
El gobierno socialista, con esta iniciativa, no hacía sino seguir las recomendaciones del Consejo de Europa de 2002, que pedía a los Estados miembros que establecieran, como objetivo prioritario de la enseñanza escolar, la educación para la ciudadanía democrática.
Al fin, tras décadas de oscurantismo y aislamiento de nuestros vecinos europeos, los jóvenes españoles serían educados en los valores universales de la democracia.
Inexplicablemente, un sector recalcitrante de la derecha política, social y religiosa puso desde el primer momento el grito en el cielo. Solo una semana después de que apareciera en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el real decreto, el 12 de enero de 2007, el consejero de Educación de la Comunidad Valenciana, Alejandro Font de Mora, lanzaba el primer dardo y decía, nada menos, que la nueva asignatura se convertiría en “un adoctrinamiento equiparable a lo que en el franquismo supuso la famosa Formación del Espíritu Nacional”.
Otros dirigentes del Partido Popular (PP), organizaciones integristas como el Foro de la Familia y la práctica totalidad de la jerarquía católica, muchísimo más escorada a la derecha que la mayoría de los creyentes de su iglesia, siguieron por la misma senda. Una inmensa bola fue creciendo en todo el país. Esperanza Aguirre, la neocon que gobernaba la Comunidad de Madrid, amenazó con no impartir en su territorio EpC. Hasta el mismísimo presidente de su partido, Mariano Rajoy, tuvo que recordarle que las leyes hay que cumplirlas.
Pero la derecha había encontrado un argumento que, bien manipulado, podía servir de punta de lanza para socavar al gobierno socialista. Primero en Andalucía y más tarde en otras comunidades autónomas, familias ultracatólicas, asesoradas por abogados vinculados al Opus Dei –en el caso de Sevilla, por ejemplo- exhibieron ante los tribunales de justicia la objeción de conciencia para evitar que sus hijos cursaran la asignatura.
Después de varias sentencias contradictorias, a favor y en contra, de algunos Tribunales Superiores autonómicos, como el andaluz, el Tribunal Supremo unificó doctrina y rechazó en enero de 2009 la objeción de conciencia por no existir “adoctrinamiento” alguno en la asignatura.
Atrás quedaban declaraciones tan extemporáneas como la del cardenal de Valencia, Agustín García-Gasco, quien en una multitudinaria manifestación que tuvo lugar en Madrid el 28 de diciembre de 2007, auguraba que “el laicismo radical, que no respeta la Constitución, conduce a la desesperanza por el camino del aborto, el divorcio exprés y las ideologías que pretenden manipular la educación de los jóvenes”.
Durante meses, todo ese conglomerado integrista que defiende la vuelta a las catacumbas, despreciando el sentir mayoritario de la sociedad española, mucho más tolerante, enarboló las banderas de su moral particular y nos azotó con ellas. Curas y peperos se echaron a la calle y demonizaron a quienes defendían una sociedad laica en la que los ciudadanos actuaran como tales.
Fue en esas fechas, verano de 2008, cuando pensé: ¡pobres españolitos! Sus propios padres quieren impedir que en las escuelas les enseñen a ser respetuosos, tolerantes, solidarios, dialogantes. Que les enseñen que las niñas y los niños tienen los mismos derechos y las mismas responsabilidades. Y se me ocurrió si no habría que empezar por enseñar a esos padres en qué consiste ser un buen ciudadano en una sociedad democrática. Se me ocurrió crear una Escuela de Ciudadanos.
¿Quiénes serían los maestros de esa singular escuela?
Por desgracia, vivimos tiempos turbulentos. Días de crisis, y no solo económica. Hay también una crisis de liderazgo, de valores, de ciudadanía. Vivimos, como dirían luego varios de los profesores invitados, en una democracia de mercado habitada por consumidores compulsivos.
Por ello, pensé que los miembros del claustro del primer curso de la Escuela de Ciudadanos tendrían que ser personas respetadas en su profesión y que, además, les preocupara, y se ocuparan, de los problemas de los demás. Que no pasaran el día contemplando su propio ombligo. Como se decía antes, gente comprometida.
A lo largo de mis cuarenta años de periodista había conocido a muchos que cumplían esos requisitos. Personas que habían alcanzado un alto prestigio profesional en diversos campos: la literatura, la música, la poesía, la cátedra, el periodismo. Todos ellos eran primerísimas figuras en su especialidad y al tiempo agitadores de conciencias dormidas. Los seis primeros que llamé respondieron afirmativamente a la invitación cursada: la escritora Almudena Grandes, el cantante Miguel Ríos, el poeta y catedrático Luís García Montero, los periodistas y escritores Miguel Ángel Aguilar, Nativel Preciado y Javier Reverte.
El lugar elegido para desarrollar el primer curso fue la biblioteca pública Lope de Vega de Manzanares (Ciudad Real). A ese pueblo manchego habían llegado mis padres en los años 40, cargados de hijos, procedentes de la depauperada provincia de Jaén. Formaban parte del primer pelotón de emigrantes andaluces que traspasaban el murallón de Despeñaperros en busca de pan y trabajo.
Había sido precisamente en la primitiva biblioteca Lope de Vega donde, siendo adolescente, descubrí que había una vida mejor, más libre e ilusionante, fuera de aquella España triste y uniformada. Que aquella Formación del Espíritu Nacional lo único que hacía era deformarnos, aborregarnos, mientras que los libros de la biblioteca me mostraban un mundo de aventuras y emociones.
Hoy, la nueva biblioteca, levantada en el solar de la antigua cárcel del pueblo, se ha convertido en un foro cultural de primera magnitud. Su directora, Paqui Díaz Pintado, acogió con entusiasmo que la biblioteca fuera la sede de la Escuela de Ciudadanos. La ayuda decidida del concejal socialista de Cultura Antonio Caba hizo posible que se celebrara el primer curso. Desde aquí, mi sincero agradecimiento a ambos.
Almudena Grandes abrió las clases en noviembre de 2008 y Javier Reverte las cerró en mayo de 2009. Miguel Ríos y Miguel Ángel Aguilar llegaron en los helados días del invierno, diciembre y enero. Nativel Preciado en febrero y García Montero en marzo. Todos ellos fueron escuchados con atención por más de un centenar de personas que abarrotaron siempre la sala.
Los seis profesores nos explicaron cómo ellos, a través de su propia educación y del ejercicio de su profesión, habían llegado a convertirse en ciudadanos ejemplares. Porque, aunque todos rechazaban ese calificativo, lo son realmente. Son ejemplares.
Quienes les escuchamos, asistimos emocionados al relato de algunas etapas de sus vidas particularmente emotivas. Almudena, que se declaró “del Atleti y de izquierdas”,  contó cómo la foto de una bailarina negra desnuda, Josephine Baker, una vieja canción de los tiempos de la República, La hija de Juan Simón, o la historia de un cura fascinante y seductor de la novela Tormento, de Pérez Galdós, le forzaron a preguntarse en qué país vivía, y cómo podía saber tan poco de él. Sólo tenía 15 años y Franco agotaba los últimos meses de su vida.
Miguel Ríos rechazó el titulo de profesor, porque, parafraseando a Groucho Marx, “yo no entraría nunca en una escuela que me tuviera a mí como maestro”. Pero dio una lección magistral y propuso, entre otras cosas, que si el fuera “baranda del Ministerio de Educación”, lo primero que haría sería abrir “escuelas de felicidad, en las que se enseñaría exactamente lo contrario que me enseñaron a mí en un colegio de Granada de cuyo nombre no quiero acordarme”.
Aguilar contó emocionado cómo sobrevivió su padre, médico, con once hijos, en los años de la posguerra y el riesgo que corrió al negarse a cumplir la orden que le dio un oficial para que se incorporara a filas para extender certificados de defunción de los fusilados por el ejército franquista.
Reverte recordó también a su padre, un conservador que peleó en zona republicana y que para lavar su pasado se apuntó a la División Azul. “Como tenía mucho sentido del humor, me solía decir: he estado en dos guerras y he perdido las dos, no creo que me contraten para una tercera. Y añadía: además, a mi edad he muerto ya demasiadas veces por la patria”. Odiaba las guerras y ese odio lo heredó su hijo.
Nativel tuvo suerte también con sus padres: “me llevaron a un colegio laico, fundado por un hombre excepcional, muy comprometido con su labor didáctica, y rodeado de unos maestros y maestras de procedencia republicana, la mayoría represaliados por el régimen franquista, como mi profesor de literatura, que tuvieron mucho empeño en transmitirnos sus valores democráticos, aunque se vieran obligados a hacerlo de una forma encubierta”.
Luís nos explicó como nació su poema Mujeres. Después de pasar una noche de amor con una amiga, y cuando la acompañaba al trabajo, vio en la marquesina de la parada del autobús un anuncio de ropa interior protagonizado por Maribel Verdú, “que estaba maravillosa”. El poeta quedó emocionado por la escena: “había una tensión entre la experiencia de las mujeres que se levantaban para trabajar sin más tiempo que darse una ducha y pegarse un alisón en el pelo, frente a la mujer de la publicidad, a la realidad virtual, a la mujer que no existe en la realidad”.
Era una pena que los testimonios de estos seis ciudadanos ejemplares quedaran desperdigados. Así nació la idea de reunirlos todos ellos en estos Cuadernos de Ciudadanía. Hemos trascrito esos testimonios y editado mínimamente los textos, por lo que conservan el inconfundible sabor del lenguaje hablado.
Gracias a mi buen amigo Ángel Fernández Noriega, Director de la División de la Secretaría General de Unicaja, este libro ha sido posible. Lo que demuestra que también los hombres que se dedican a las altas finanzas están interesados por el desarrollo de los valores ciudadanos.