12 may 2021

Cultura literaria y compromiso



Cultura equivale a desarrollo intelectual, a civilización. Y política viene a ser, en teoría, el arte de orientar y consolidar esa civilización. Ambos conceptos se complementan

“Imposible concebir ningún trabajo cultural al margen de la realidad histórica en que se produce. Imposible aceptar, insisto, que ese trabajo se verifique sin contagio social alguno”

“Lo único que puede hacer el escritor para intentar corregir las erratas de la historia, es actuar según sus posibilidades. Esto es, acrecentar con su escritura la sensibilidad ajena”

“Quien lee, nunca se sentirá lejos de los demás. La lectura es una operación solidaria de múltiples compensaciones sensoriales”

“Leer a los grandes escritores universales me sigue pareciendo una inmejorable excusa para sortear el peligro del desánimo, y consumir de paso ese beneficio social de la cultura, propio de todo buen ciudadano”


Texto íntegro de la conferencia de José Manuel Caballo Bonald pronunciada el día 15 de octubre de 2010 en la Biblioteca Municipal 'Lope de Vega' de Manzanares en el III Curso de la Escuela de Ciudadanos. 

Por José Manuel Caballero Bonald

Buenas tardes. Agradezco mucho en primer lugar a Román Orozco sus inteligentes y amables palabras, unas palabras tan generosas, que enseguida se ve que son obra de un amigo, de un viejo amigo. Y le agradezco asimismo que me haya invitado a intervenir en esta tribuna ya tan prestigiada. Me siento realmente muy honrado y muy satisfecho por haber podido volver, aunque sea fugazmente, a estas tierras, a Manzanares.

Pienso que el título Cultura literaria y compromiso, con el que se ha anunciado mi charla, necesita de alguna precisión.

Siempre me ha parecido redundante el hecho de unir los términos cultura y compromiso. Cada uno de ellos presupone al otro. Porque, ¿puede existir un proyecto cultural coherente desvinculado de la historia en que se produce?, o al revés, ¿es legítimo hablar de cultura sin asociarla de algún modo al concepto general de la política?

Recuérdese que cultura equivale a desarrollo intelectual, a civilización. Y política viene a ser, en teoría, el arte de orientar y consolidar esa civilización. Ambos conceptos se complementan, se fusionan en una misma aspiración, la de conseguir que todos los integrantes de una sociedad sean más libres, más solidarios.

Partiendo de esos conceptos, voy a esbozar algunas ideas sobre lo que yo creo que debe ser la función del escritor como participante en la forja de una sociedad. En la defensa de lo que se entiende por un buen ciudadano.

Imposible concebir ningún trabajo cultural al margen de la realidad histórica en que se produce. Imposible aceptar, insisto, que ese trabajo se verifique sin contagio social alguno. Desentendido de las preocupaciones humanas de cada día. Recuérdese ese viejo concepto del compromiso del escritor como conciencia crítica de la sociedad. Para la gente de mi edad, es decir, para los que hemos vivido desde niños los infortunios de la posguerra, el concepto sartreano del engagement (compromiso) supuso un inevitable factor de cohesión moral. A partir de ahí, de ese compromiso, el propio trabajo creador debía estar supeditado a su eficacia como tal aportación a la causa de la libertad, al progreso social. Y por consiguiente, tenía que poner al descubierto, sacar a la luz las injusticias y abusos que se producían a su alrededor.

¿Pero cómo contribuir a remediar esas averías sociales? ¿Bastaba para ello con denunciar esa situación por medio de la palabra escrita? ¿O lo que realmente hacía falta era la acción directa del escritor con independencia de lo que pudiera escribir?

Todo ese complejo asunto replantea algunas viejas contradicciones de hace 40 o 50 años, es decir, en plena época asfixiante de las posguerra, que es la que yo viví. En los años 40, en los años 50, se insistía mucho en que lo primero que debía hacer todo escritor comprometido era compartir sus opiniones morales con sus presuntos lectores, tratando de incentivar así, de comunicar a través de sus lectores algún necesario cambio social.

Desde la regeneración, permítanme un recuerdo del pasado, desde la regeneración cultural promovida por los ilustrados, por los racionalistas, se ha venido repitiendo de muchas maneras que la voz del escritor alcanza un eco que lo sobrepasa, con independencia de sus otros valores puramente artísticos. Lo que el escritor dice es en teoría escuchado, y lo que calla también es tenido en cuenta. Esto es importante: poner el dedo en la llaga supone una dignificación moral. Y guardar silencio, una perfidia. Sartre, por ejemplo, consideraba a Flaubert y Gouncourt responsables subsidiarios de la represión que siguió a la Comuna de París, porque no escribieron una sola palabra para impedirla. ¿Es tolerable tan grave acusación?, cabe preguntarse. ¿Correspondía a esos escritores una activa implicación personal en los hechos?

No sé si peco de ingenuidad, pero cada vez tengo más claro que lo único que puede hacer el escritor para intentar corregir las erratas de la historia es actuar según sus posibilidades. Esto es, acrecentar con su escritura la sensibilidad ajena. Tratar de suministrar al ciudadano un más provechoso disfrute del arte de escribir. Bien entendido que, lo que el escritor piensa, está reflejado en todo lo que escribe, de modo que su más exigente compromiso con la sociedad, muy bien podía consistir en dotar del mayor grado posible de eficacia artística a su propia obra.

Esa actitud ya es socialmente útil, cumple con ese objetivo de sensibilización de la ciudadanía. Como se ha reiterado tantas veces, el compromiso del escritor incluye antes que nada el compromiso con el lenguaje, esto es, con el instrumento que utiliza para crear su versión del mundo.

Cierto que hay momentos en la vida de todo escritor responsable en que las exigencias de la historia pueden más que la voluntad de ejercer su oficio sin otras preocupaciones que las estrictamente literarias. Ningún artista puede sustraerse a ese papel de testigo, de crítico de la sociedad en que vive y del poder que la condiciona.

Una tesis que, aparte ya de manoseada, suena ya a deficiente, pero que aún conserva una palmaria vigencia, entre otras cosas porque esa función crítica de los intelectuales frente al poder siempre será tildada de prescindible por parte de quienes disponen del poder. De sobra sabemos que el pensamiento crítico está siendo sustituido, cada vez más, por el pensamiento único en los grandes centros dominantes.

La mundialización financiera, el capitalismo desalmado, la globalidad partidista, se desentienden, por sistema, de la libre tramitación de la cultura. Igual podría decirse de los fanatismos de cualquier signo y de la mala educación generalizada. Y el escritor tiene que intervenir en esa situación anómala, rechazándola con su palabra escrita o, en cualquier caso, con su comportamiento social. El artista es por definición un vigilante del poder, sea el que sea ese poder. Un crítico de sus presuntos desvíos y atropellos.

Decía Machado, y cito textualmente sus palabras: “Para nosotros, disfrutar y defender la cultura son una misma cosa. Aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante”, y continúo la cita: “Como hombre, el artista participa en toda época del resultado de las contingencias que en su seno se encrespan y estallan. En España, en estos momentos, las cuestiones políticas y más concretamente, las sociales, a todos nos atañen tan directamente que es imposible librarse de que nos preocupen”.

Esto lo dijo Machado en los días terribles que precedieron a la victoria del fascismo. Pero son aplicables a cualquier otro tramo de nuestra historia reciente. Hay quien opina que no, que tras el arduo advenimiento de la democracia, ya no es necesaria esa toma de partido moral. Es como si el compromiso hubiese pasado de moda, no tuviera ya justificación. 

Antes la política servía de aglutinante a los escritores que defendían la democracia. Ahora, la supuesta libertad de la cultura tiende a desplazar esa postura solidaria, comprometida. Yo creo que la consciencia vigilante de que hablaba Machado, ni es privilegio de unos pocos, ni debe ser relegada dentro de la común preocupación de los escritores, sino de todos los demócratas.

Me tienta añadir una acotación marginal a este respecto. Siempre he considerado indispensable el fomento de la lectura en todo programa de reactivación cultural, o de la llamada hoy, oportunamente, Educación para la ciudadanía, eso que muchos están impidiendo ahora que realmente se canalice. Leer es recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, aun pensando en nuestras propias carencias.

El libro es un acompañante fiel y disponible, un confidente que estará siempre dispuesto, no ya a confiarnos una y otra vez su intimidad, sino a oírnos. Su capacidad dialogante jamás se agota. Quien lee, nunca se sentirá lejos de los demás. La lectura es una operación solidaria de múltiples compensaciones sensoriales.

Recuérdese que todos aquellos que han programado desde los tiempos de los terrores inquisitoriales  hasta los de cualquier censura el mantenimiento de sus poderes y privilegios, han coartado la libre circulación de las ideas. Los abyectos enemigos históricos de los derechos del hombre, han recurrido siempre a una suprema barbarie, la hoguera: o quemaban herejes o quemaban libros. En las imágenes futuristas de un mundo despersonalizado, regido por computadoras, la quema de libros representa algo más que un mandamiento atroz, es una nueva metáfora de la esclavitud.

Todos sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no leía, tampoco almacenaba conocimientos, y quien no almacenaba conocimientos era apto para la sumisión, de lo que fácilmente se deduce que todo demócrata, que toda democracia, será tanto más efectiva cuanto más propicie el ascenso cultural de los ciudadanos.

La difusión integral de la cultura debe acompasarse a la renovación de las ideas, a la recuperación de la lucha ideológica, de la voluntad crítica, inherente a toda democracia. Ese es el compromiso al que vengo refiriéndome. El compromiso con la sociedad, con la libertad, con la justicia, con el medio ambiente, con los derechos humanos, en suma. Y  justo es recordarlo en un ciclo acogido al honroso y oportuno título de Escuela de Ciudadanos.

Todo escritor que se precie también está condicionado por esa ineludible responsabilidad, la de ser de alguna forma, directa o indirectamente, un portavoz de los derechos humanos. No quiero decir que lo que escriba deba atenerse a ninguna clase de consigna. En ese sentido, basta con que su obra, gracias a los estrictos valores que contenga, sirva, de una u otra forma, para llenar de nuevos contenidos la experiencia del lector, del ciudadano.

Me gustaría esbozar algunas ideas sobre la lectura, a través de mis propias experiencias. Con la lectura precisamente porque, insisto, el hábito, la costumbre de leer supone sin duda uno de los máximos mecanismos de progreso social que deben integrarse en la educación de la ciudadanía, esa tan denostada.

Podría argumentarse que todo buen ciudadano no podría dejar de ser un buen lector. Por lo que a mí respecta, siempre me ha parecido lógico pensar que la biografía de un escritor está tan estrechamente vinculada a los libros que ha escrito como a los que ha leído.

Los años y los libros tienen, en ese sentido, una relación muy estrecha. Tampoco es que comparta aquella afirmación excesiva de Borges a propósito de que él se enorgullecía de los libros que había leído, mientras que otros se jactaban de los que habían escrito. Yo no llego a tanto, pero los libros que he leído desde mi ya remota infancia constituyen como una especie de espejo múltiple, donde me veo frecuentemente reflejado, y donde a veces no consigo reconocerme del todo. Sea como fuere, en esos libros se alojan todos mis descubrimientos de la vida. Precisamente porque también en esos libros descubrí esas vidas. El espacio que ocupan viene a ser el espacio natural de mi biografía de escritor.

Pero qué libro o qué libros fueron los que realmente primero alcanzaron a seducirme? Los que se convirtieron de hecho en el origen de mi educación sentimental y educación literaria. Yo fui un lector bastante precoz, quizás por eso no oficié demasiado pronto como un aprendiz de poeta. Prefería leer antes que aspirar a ser leído.

Recuerdo muy bien aquellos años de adolescente y aquellas lecturas nunca olvidadas. Para muchos escritores, las horas más emocionantes de la infancia remiten al encuentro con algún libro que luego se convertiría en inolvidable. El simple hecho de elegir un libro y aislarte con él para compartir no se sabía qué emociones, ya tenía algo de ceremonia placentera. Lo recuerdo muy bien, como si estuviera viviéndolo en mi lejana casa materna en Jerez. Nunca he olvidado aquel incipiente lector, un poco retraído, un  poco desconcertado, crecido en la hostilidad ambiental y en las alarmas de un tiempo temible, cuando quizás buscara en un libro lo que aquel infortunio histórico de la guerra le impedía alcanzar.

En la pequeña biblioteca de mi casa familiar había algunas novelas decimonónicas de escaso relieve y algunos ejemplos parciales de la novela, de la poesía romántica y modernista. Yo iba espigando a ciegas entre esos libros, sin ningún tipo de consulta previa y los hojeaba o leía muy por encima, pero en ellos descubría un raro atractivo, una especie de sensación de que algo había allí que me ofrecía la posibilidad de acceder a un mundo ignorado y excitante.

En el colegio, en aquellos primeros años de bachillerato, nos habían hecho aprender de memoria algunas composiciones poéticas del Siglo de Oro, como era habitual, aparte de algún ejemplo romántico, alguna letrilla más o menos patriótica, pero nada de aquello me produjo ningún especial interés. No sé si porque eran lecturas obligadas o porque los textos seleccionados no me resultaban especialmente atractivos.

Un día, entre los libros que fui encontrando por ahí, de forma desordenada, independiente, leí uno que me sedujo de modo especial, de manera desusada: El rey del mar, de Salgari. Las hazañas heroicas de Sandokán, los magníficos lances de aquel pirata justiciero, me parecieron de lo más fascinante. Esos consabidos conceptos de la libertad del navegante, del amor como destino intrépido, se convirtieron en otros tantos nutrientes de mi fantasía. A la que tampoco empezaba a ser ajena la figura de Espronceda, el cantor de la mar como única patria, sobre todo por su ejemplo como hombre de acción, como luchador de una libertad de cuño romántico, frente al absolutismo de aquella primera mitad del siglo XIX.

Mi devoción por las novelas de aventuras, sobre todo por las ambientadas en el mar, viene de ahí, y se acrecentó cuando cayó en mis manos un libro que me dejó una huella muy acusada: El lobo de mar, de Jack London. El protagonista de esa atractiva novela de aventuras, el lobo Larsen, pasó a ser el prototipo del navegante cuyas peripecias merecían, al menos, el privilegio de ser imitadas.

Esas lecturas de novelas de tema marinero se fueron ampliando bien pronto a Conrad, Melville, Stevenson, y a tanto llegó mi devoción, que un día, de pronto, decidí estudiar Náutica par poder embarcarme como piloto de altura y emular así las hazañas de esos héroes novelescos. Luego, todo eso se vio frustrado, no por la dura realidad del oficio de marino, sino porque padecí un afección pulmonar y acepté la evidencia de que mi salud no daba para muchas navegaciones. Me imagino que fue durante aquellos obligados meses de reposo cuando comprendí que si quería ser escritor fue porque mis lecturas me habían proporcionado también una querencia poderosa: parecerse a quienes escribían los libros que más me gustaban, esto es, tratar de escribir como mis escritores predilectos.

Quizás fue entonces cuando cambiaron mis inclinaciones literarias. Pienso que todo eso no fue más que el resultado de un largo proceso de intuiciones, de compensaciones, más o menos imaginativas, y que esa variedad de sensaciones y sugerencias contribuía, en definitiva, a habituarme a la cultura de la libertad. Y si un libro no nos enseña algo, como me ocurría a mí con frecuencia, no nos agrada o no nos divierte, siempre queda la opción de buscar otro. La obligación de leer un libro tampoco debe ser nunca tenida en cuenta, hay que elegir lo que más te guste, para poder seguir leyendo.

Yo estaba seguro que había muchas personas que en el momento oportuno escogerían un libro como quien escoge el itinerario de un viaje y se internarían por él sabiendo que allí les aguardaba una aventura desconocida, un mundo cuya presunta fascinación ellos podían encargarse de interpretar a su modo y asimilar como un espectáculo por ellos mismos programado. Es como si el lector pudiese ir más lejos que el autor, descubriendo lo que éste quizás solo alcanzara a esbozar. Sin esa contribución fructífera  ningún libro alcanzaría su más propio destino, el de servir de fértil alianza entre quien escribe y quien lee. De no ser así, el acto creador de la escritura quedaría incompleto. El lector justifica la literatura.

Es posible que todo eso lo piense ahora, pero lo que me importa ahora destacar es, sobre todo, un episodio que influyó decisivamente no ya en la efectividad de mis lecturas sino en mi vocación de escritor.

En mi Jerez nativo también había un viejo erudito republicano que había conseguido salvar de la quema una estimable biblioteca, era amigo de mi familia y cuando supo que yo andaba con averías en el pecho y que era aficionado a leer, me llevó a casa en calidad de préstamo, actitud insólita en un bibliófilo, dos libros: La antología de poesía española de Gerardo Diego y La segunda antología poética de Juan Ramón Jiménez. Dos libros que tuvieron para mí el valor de un punto de partida, de un modelo que me mostró una desconocida manera de interpretar la realidad por medio de la palabra. Juan Ramón supuso el descubrimiento de otro horizonte estético, de otra sensibilidad poética. Todavía recuerdo la extraña emoción, el extraño sentimiento de plenitud que me produjo esa poesía. Una emoción que respondía sobre todo al hecho de sentir que estaba descubriendo una desconocida manera de mirar el mundo, de entender la vida.

Creo que en esa antología, en la antología de Diego, también encontré unas pistas para salir del atolladero literario en el que andaba metido, si es que andaba metido en algo que no fuera la melancolía del convaleciente. Allí me empecé a familiarizar con los poetas del 27: Cernuda, García Lorca, Guillén, Salinas, Aleixandre, Alberti. Estoy seguro de que si yo no hubiese sido lector de esos poetas mi trayectoria literaria hubiese sido muy distinta. Quiero decir que yo comencé a escribir poesía porque primero fui lector de esa poesía.

Más de una vez se ha dicho que siempre se escriben aquellos libros que a uno le gustaría leer. La aseveración también vale invirtiendo los términos, siempre se leen los libros que a uno le gustaría escribir. Quizás por eso mis años universitarios están marcados por una serie de lecturas que suplían en cierto modo mi todavía incierta capacidad para la escritura. El índice de obras que me abrieron puertas fue de muy varia índole. Más que alguna expresa recomendación docente, o a mis pesquisas en la censurada biblioteca de la Facultad, no pocas de mis lecturas de entonces procedían de préstamos de amigos que disponían de libros prohibidos. Tal fue el caso de dos de los títulos de los que me considero más deudor y que más me enriquecieron entonces: La realidad y el deseo, de Cernuda y Residencia en la tierra, de Neruda.

De mis enseñanzas en la facultad hay algo que me impresionó muy vivamente, al margen de las aulas. Es un arco que va nada menos que de la Grecia heroica a la España barroca y en cuyos extremos podrían situarse la Odisea de Homero y las Soledades de Góngora. La Odisea me sedujo al principio, sobre todo por los modales poéticos del narrador de las aventuras de Ulises, un tono y un tema que me hizo recuperar mi precedente afición a la novela de ambiente náutico, acrecentado ahora por la espléndida fantasía homérica.

En cuanto a las Soledades de Góngora sí puedo hablar de auténticos deslumbramientos. En las Soledades se concentran como una obsesión ininterrumpida por ir inventando sustituciones al mundo real, convirtiendo así a la escritura en la quintaesencia de la imaginación. Muchas veces me perdía como lector, aún me pierdo, por la intrincada selva de las Soledades, pero, de pronto, aparecía un claro, una iluminación en el bosque, un prodigio verbal absolutamente incomparable.

Bueno, hay aquí otra lista de libros que me voy a saltar porque tampoco voy a hacer un inventario exhaustivo de mis lecturas. Pero quiero recordar que, antes de todos esos libros que tanto me impresionaron y que tuve muy presentes siempre, algunos como Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke o La casa encendida, de Luis Rosales. Pero quiero recordar que antes de todo eso, y gracias a un profesor que nunca he olvidado, leí una selección del Quijote, la preparada por Gómez de la Serna, que me animó a leerlo entero y a prolongar mis lecturas fervorosas hasta hoy mismo, redescubriendo siempre lo que esa cumbre novelística tiene de inagotable.

Sería por esas mismas fechas cuando me adentré un día en las poesías de San Juan de la Cruz, uno de los hechos fundamentales de nuestra literatura clásica. La aparente simplicidad de esa poesía, su manifiesta brevedad, quedan vinculadas al profundo secreto, a la exquisita interiorización, a la delicadeza verbal de una experiencia que va más allá, incluso, de su alcance místico. Releer esos poemas equivale a vivirlos cada vez con una nueva y rara sensación. Eso es al menos lo que me pasó hace más de medio siglo y lo que me sigue pasando a estas alturas del milenio.

Dentro del desarrollo de mis actividades literarias, hubo un momento en que me incliné más como lector y como escritor por la novela. Fue un cambio que me sobrevino de repente y que como cualquier cambio de esta naturaleza, ocurrió sin ningún motivo razonable. Era como si hubiese perdido la fe en la poesía, como si se hubiese producido una súbita mudanza en mi estado de ánimo y descreyera de la efectividad humana y artística de un poema.

Algo tuvo que ver con todo eso la situación política de España y la necesidad cada vez más acuciante de reflejar a través de la literatura ese estado de cosas. El caso fue que leí ávidamente novelas porque también pretendía escribirlas, pensando que ese era el mejor método para intervenir en la realidad histórica que estaba viviendo. Fue mucho lo que leí entonces, de modo desigual: La metamorfosis, de Kafka, El ruedo ibérico, de Valle Inclán, ¡Absalom, Absalom!, de Faulkner, La náusea, de Sartre… Son libros que me marcaron de forma muy evidente. También leí en aquellos difíciles años las primeras novelas de Delibes, de Cela, de Torrente Ballester, de Ana María Matute, más o menos por este orden o por este desarreglo. Ni siquiera hace falta señalar el carácter heterogéneo de esas referencias.

Creo que la diferencia estética de esos ejemplos define muy bien la pluralidad de mis opciones narrativas. También podría hablar, en este sentido, de otras predilecciones mías, entonces y ahora, en relación con la gran novela latinoamericana: Onetti, Rulfo, Carpentier, Lezama, Guimarães Rosa, García Márquez, algo de Cortázar, casi todo de Vargas Llosa. Una tradición a la que me siento muy próximo, no ya porque mi padre fuese cubano y yo haya vivido años en Bogotá y casi uno en La Habana, y porque algunos de mis primeros grandes amigos escritores fuesen latinoamericanos, sino por una profunda identificación estética.

Y ya termino, no sin antes recordar que esas novelas tan diferentes corroboran la búsqueda, tal vez, de un compromiso estético que era la consecuencia de otro previo compromiso moral. Por aquellos años, a mediados de los cincuenta, a fines de los sesenta, la lucha por las libertades democráticas exigía, sobre todo en esos años, que el escritor adaptara su obra a esa lucha, utilizándola, en parte, como un vehículo de agitación social. Mis opciones literarias también se supeditaron entonces a esas gestiones políticas, pero del  mismo modo que me había centrado con atención perseverante en la novela o en las memorias noveladas, regresé con entusiasmo casi excluyente a la poesía. Los motivos podían ser tan arbitrarios y extremosos como los precedentes.

Se conoce que ya de viejo me he ido identificando con un principio verdaderamente sabio, el de la incertidumbre. El caso fue que de pronto, casi sin previo aviso, me volvió la fe en la poesía, recuperé el tono y el deseo que ya daba por extinguido y me dediqué de nuevo a la lectura de poetas a los que no frecuentaba desde hacía tiempo: los barrocos, los románticos, los simbolistas, convenciéndome, una vez más, que en un poema radica la máxima temperatura que puede alcanzar el instrumento del idioma.

Ahora ya, con los años, me dedico a releer más que a leer. Releo a los clásicos de todo tiempo y lugar, desde la Odisea al Ulises de Joyce, desde Cervantes a Shakespeare, desde los barrocos castellanos a los simbolistas franceses, desde Clarín a Valle-Inclán, desde Flaubert a Proust, desde Los placeres prohibidos de Cernuda al Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca. Son unos ejemplos, entre otros muchos, de esa inclinación a la relectura; que es desde luego un ejercicio sumamente remunerativo. Decía Onetti, Juan Carlos Onetti, que le gustaría sufrir de amnesia para leer de nuevo, como si fuera la primera vez, los libros que más lo habían cautivado. No es mala idea. Leer a los grandes escritores universales me sigue pareciendo una inmejorable excusa para sortear el peligro del desánimo, y consumir de paso ese beneficio social de la cultura, propio de todo buen ciudadano.

Los escritores que he citado, más los que he olvidado citar, siguen siendo, realmente, los que más me ayudaron a leer, perdón, a vivir y a escribir. Y por ahí ando yo todavía a ver qué pasa.

Muchas gracias.

Manzanares, 15 de octubre de 2010


El Coloquio

A continuación, algunos de los presentes hicieron las siguientes preguntas a Caballero Bonald.

Manuel Serrano Señor Caballero, conozco su obra poética, porque también soy poeta. Aunque no he leído sus novelas. Conocí sus Pliegos de cordel (1963) y desde entonces he leído cosas suyas. Ahora mismo tengo en el bolsillo su libro Manual de infractores (2005, Premio Nacional de Poesía), que he traído, pues me gustaría que luego me firmara…

Caballero Bonald Con mucho gusto…

MS Quería saber una cosa un poco bromística : creo que he leído en algún libro suyo que versaba sobre el mar, tan próximo a donde usted vive, que naufragó usted dos veces y que le quedaría una tercera para ser inmortal… ¿Es verdad o es una boutade?

CB  Es una verdad poética. Yo me inventé ese código no escrito de los viejos navegantes que decían que si uno se libraba de un tercer naufragio, se hacía inmortal. Yo he tenido dos naufragios, de poca monta, naturalmente. Uno de ellos, fluvial, en la desembocadura del Guadalquivir, tampoco fue un naufragio de… Pero en todo caso, sobreviví, según se ve. Y ya entonces, por una ideas más o menos ocurrente, poéticamente hablando, pensé que si tenía un tercer naufragio y sobrevivía me iba hacer inmortal y que eso era realmente muy incómodo, la inmortalidad. De modo que por eso no navego más, porque no quiero tener la posibilidad de naufragar.

MA A usted que, al menos por su poesía, le gusta la noche, la vida, le preocupa el tiempo, tiene usted también un extraño insomnio, le gusta el lenguaje, ¿qué se saltaría usted de la actual poesía?

CB Soy poeta y he sido novelista, porque me he preocupado siempre por el lenguaje. Me parece que es fundamental. El escritor trabaja con el lenguaje y por lo tanto tiene que cuidarlo, que seleccionarlo para que su obra, sus textos sean lo más artísticamente válidos posible. Esto actualmente parece que está un poco desplazado de la atención de muchos escritores.

Un buen número de escritores no se preocupa por el lenguaje. Siguen una tendencia, una tradición realista muy simple, muy plana, muy explícita y a mí eso me interesa poco. No me interesa la poesía que no trabaja con el lenguaje, ni la novela que no indaga en las posibilidades del lenguaje, por eso he hablado de una serie de novelistas latinoamericanos que son, en este sentido, ejemplares, desde Juan Carlos Onetti, a Juan Rulfo, Carpentier, Lezama Lima, Borges… Bueno, Borges no es novelista, pero es un gran prosista, hasta García Márquez y Vargas Llosa, por citar al último premio Nobel.

Todos ellos están preocupados por el lenguaje, son escritores que escriben pensando que en el lenguaje radica el valor intrínseco de la literatura y que si uno se despreocupa del lenguaje, la literatura no tiene valor. Y a mí no me interesa la literatura simple, plana.


Pregunta Ha definido usted el compromiso social, cívico y político del escritor y en el ámbito de la poesía, y le pregunto por el ámbito de la poesía porque el ámbito de la novela lo veo de una manera diferente, ¿cree usted en la posibilidad de una poesía social, política, tipo Gabriel Celaya, de la generación precedente a la de usted, o considera que esto, como decía Claudio Rodríguez, ni es poesía, ni es política?

CB Los temas en poesía son superficiales, bueno, no superficiales, son adyacentes. No son importantes, porque realmente, de un tema cualquiera se puede hacer un poema. Los temas en poesía, en literatura en general, son eternos: el amor, la muerte, el paso del tiempo, etcétera. Esto está vivo en cualquier literatura en prosa, o en verso, desde el origen de la literatura.

Lo que importa es tratar esos temas de una forma especialmente válida, trabajando con el lenguaje. Por eso, a mí me parece que lo que pasó con el realismo social de Celaya y otros escritores es que supeditaron el valor de la poesía a su valor social, cosa perfectamente respetable y que en aquellos años era casi obligado, pero que actualmente puede dejar de tener sentido.

El escritor traspasa siempre a su obra, aunque no se lo proponga su propia ideología. Pero otra cosa es escribir a partir de una consigna previa ideológica. Eso es otra cosa muy distinta. Contra eso estoy en contra.

Pienso que la poesía hoy, ¿por qué no puede estar comprometida también socialmente en este sentido, siempre que el tratamiento de esos temas políticos o sociales se produzcan con un lenguaje rico, con  una preocupación lingüística de innegable capacidad indagatoria.

Lo que pasa es que hoy es muy difícil hablar de lo que ocurre ahora con lo que ocurría en mi época de joven comprometido con la sociedad de mi tiempo y luchando políticamente contra el franquismo, que entonces era absolutamente obligado.

En esos momentos históricos no se podía renunciar a poner tu poesía,  tu obra, al servicio de esa causa. Pero, hoy, eso no es absolutamente necesario. Las libertades, para bien, más o menos, están conseguidas, aunque yo pienso que cada vez van a estar más restringidas. Pero, hoy por hoy, parece que uno puede decir lo que le de la gana.

 

Pregunta Ha dicho que está vinculado sentimentalmente a Cuba, pues su padre es cubano. Al hilo de esto y de la preocupación del intelectual de la cultura por los temas políticos y sociales, ¿echa de menos en el ambiente cultural actual español una manifestación más clara sobre lo que está pasando en Cuba, sobre la dictadura cubana o por el contrario piensa que está bien, que hay suficientes manifestaciones en ese sentido?

CB Hay muy pocas manifestaciones en este sentido a no ser para manifestaciones anticastristas. De otra forma, yo no he leído, o no conozco a nadie que haga ahora una alabanza del sistema político cubano. Empezando por Vargas Llosa y yo mismo, que estuvimos al lado de la revolución cubana, a principios de los años sesenta, cuando la revolución recién triunfante, hasta mediados de esa época.

Pero a partir de ahí fuimos críticos con esa revolución que había traicionado ciertos principios básicos de la moral social o de la ética más evidente. Actualmente,  no se habla de Castro o del castrismo a no ser criticándolo. Cada uno es libre de expresar sus puntos de vista libremente. Lo que no admito es lo que antes estaba diciendo, que hoy se confunde mucho, si uno disiente de alguien, disentir se confunde o equivale a insultar. Y eso es lo que me parece absolutamente inaceptable, y es lo que está ocurriendo cada vez más. Se cree que el adversario político merece toda clase de insultos. Nunca había ocurrido eso y ahora cada vez ocurre más. Me parece un disparate y unos malos modales que están muy a ras del suelo.

Vídeo de la conferencia:

 

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