8 ago 2011

Cartel de Manuel Marín


Manzanares, 7 de mayo de 2010
Cartel anunciando la conferencia de Manuel Marín

Conferencia de Manuel Marín


Anclados en Europa


Manzanares, 7 de mayo de 2010
Por Manuel Marín
Buenas tardes-noches. Quiero en primer lugar agradecerle a Román sus amables palabras, tal vez excesivas, y saludar a un compañero clásico, porque ahora se dice viejo por cualquier motivo, que es vuestro alcalde Miguel Ángel Pozas y otros compañeros más de la agrupación local del PSOE. Ya no somos tan jóvenes como cuando empezamos, pero seguimos con la misma ilusión.
También deseo deciros el gusto que siento de estar aquí, en la Escuela de Ciudadanos. Me parece una iniciativa loable. Todo lo que signifique presentar ideas, presentar argumentos, presentar escenarios y a partir de ahí establecer una reflexión, siempre es útil.
¿De qué podría yo hablaros?  Pues qué mejor que hablar sobre aquello a lo que me he dedicado toda mi vida: algunas reflexiones sobre Europa, lo que ha significado para nuestro país, el recorrido que hemos hecho.  Sobre dónde estamos ahora y cómo estamos. Hablaré sobre algunas ideas sobre el futuro. Y me voy a atrever, porque ya tomé la decisión de cerrar la ventanilla de mi vida política, a reflexionar respecto a lo que está aconteciendo en este momento y qué es lo que se podría hacer dentro de Europa, pensando también, lógicamente, en España.
El próximo día 12 de junio se va a producir una circunstancia, que no sé si se festejará o no con júbilo, pero creo que es una de las cosas que merecen una reflexión. 
El 12 de junio de 1985 se firmó en el Palacio Real de Madrid el Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas. Han pasado ya 25 años, un cuarto de siglo. Suficiente tiempo como para poder establecer un juicio crítico, con lo bueno, lo malo, lo regular, de aquel episodio. Además,  se da otra circunstancia: en este primer semestre, se produce la cuarta presidencia rotatoria española de la Unión Europea (UE), con la puesta en marcha  del Tratado de Lisboa, al que luego me referiré. Así pues, veinticinco años y cuatro presidencias españolas.


Manuel Marín estampa su firma en el Tratado de Adhesión a la CEE en el Palacio de Oriente. (Fotografía de García Francés)
En términos históricos, parto de una constatación: creo con toda seguridad que la adhesión es una de las operaciones más rentables de política exterior, de relaciones internacionales que haya podido hacer España en nuestra historia reciente. Si no es la más rentable. Digo rentable en un sentido político y también en un sentido social, en un sentido económico, en un sentido estructural de aparato productivo. Ha sido, en todos los sentidos, una operación rentable. No digo con eso que todo se hiciera magníficamente bien y que los resultados fueran iguales para todos los sectores productivos,  pero creo que nadie, viendo nuestra historia reciente, pondrá en duda que el hecho de anclarnos a Europa, que fue una operación sobre todo de anclaje político, ha sido la operación más rentable que hayamos podido hacer en nuestra política exterior desde hace ya bastante tiempo.

La primera plana de EL PAIS del 13 de junio de 1985 refleja la alegría por la firma del Tratado de Adhesión a la CEE y la tristeza por el asesinato de cuatro españoles a manos de ETA. Manuel Marín, de pie, a la izquierda de la foto, junto al entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán.
Se ha debatido mucho sobre cuál fue el objetivo fundamental de querer ser europeos, algo que ahora incluso parecería banal. Se han desarrollado teorías sobre si lo que nos llevó a solicitar la adhesión era hacer un anclaje político a Europa. Sobre si la joven democracia que acababa de nacer, apenas en julio de 1977, lo que quería era agarrarse a lo que había sido nuestro entorno natural, nuestra historia: Europa.

España fue una potencia europea. Y España, siendo potencia europea, hizo cosas buenas, cosas regulares y alguna que otra mala. Pero participó activamente durante siglos en la construcción de este continente, como luego hizo el imperio francés, y luego el imperio británico. Como anteriormente había hecho Carlo Magno y mucho antes Roma y Grecia. Tuvimos una participación importante. Desafortunadamente, la dictadura de Franco nos dejó fuera de un proyecto histórico: la fundación de la nueva Europa. Teníamos que volver a él. Por tanto, no  hay que dale más vueltas a la historia: en aquel momento, los españoles queríamos ser europeos, porque eso significaba, simplemente, anclarnos en un territorio, en un continente que también era nuestro.
¿Fue una operación política? ¿Fue una operación económica? ¿Fue una operación de modelo de sociedad? No. Fue todo eso y mucho más. Fue la parte exterior, la parte internacional de la transición democrática. La transición democrática lo que pretendió en el dilema reforma-ruptura era encontrar una Constitución para todos. Lo conseguimos. Conseguimos resolver el problema de la articulación y del modelo territorial del Estado. Lo conseguimos, aunque últimamente se están creando bastantes problemas respecto a la concepción del Estado autonómico, como es público y notorio. Nos faltaba la otra pata de la transición. Esa pata, lógicamente, era incorporarnos a Europa.
Así pues, fue una operación política, económica y de modelo de sociedad, desde luego, pero representaba también resolver nuestras alianzas políticas con Europa. Es cierto, como luego me referiré, que no fuimos capaces de resolver una contradicción que nos obligó a hacer un referéndum dramático, que el partido socialista (PSOE) no supo resolver, que fue el tema de la OTAN
Así pues, mi primera conclusión es la siguiente: si fue la parte exterior de la transición, no hay que olvidar un dato que tiene un enorme valor, aunque ha pasado mucho tiempo. Las Cortes que salieron de las elecciones de junio de 1977, aunque no estaba previsto en la ley de reforma política, se convirtieron automáticamente en Cortes constituyentes. Era una forma de establecer una diferencia, de afirmar que aquello no iba a ser una herencia del régimen franquista. A veces, se  olvida un dato importante: apenas un mes después, el 27 de julio, la primera decisión que toman esas Cortes constituyentes, por unanimidad, es mandatar al Gobierno, en  aquella época con Marcelino Oreja y Leopoldo Calvo-Sotelo, para que solicitaran la adhesión de España a la Comunidad Económica Europea de la época. Es decir, la primera decisión que toma la joven democracia recién estrenada, en el ámbito de la política exterior, y se toma por unanimidad, es adherirse a Europa.

Portugal, el otro país ibérico, también lo hizo, pero con una gran diferencia: hubo una fortísima oposición interna, con un gran partido, el Partido Comunista, que se opuso tajantemente a la adhesión. Aconteció igual en el caso de Grecia, cuando se fueron los coroneles en 1974. Y en todas las adhesiones siempre ha habido partidos que han dudado, que han sido escépticos. No fue el caso de España. Aquí se tomó una decisión por unanimidad. Eso supuso la gran operación política de la transición: integrarnos en Europa. Lo que hicimos fue recuperar una parte de nuestra historia. Creo que la, operación estuvo bien planteada. Después de la dictadura, nos unimos a Europa
¿Qué significó aquello?  Todos queríamos ser, perdón, modernos. Éramos un país anticuado en todo: en infraestructuras, en sociedad, en servicios. Esta Biblioteca Municipal no existía, era impensable. Esta noche estamos aquí muchos de los que nos conocimos en aquella época. ¿Qué era Manzanares en aquel tiempo?  Era lo que era, más bien poquita cosa, en términos de servicios, de apertura. ¿Qué eran nuestras carreteras?, ¿qué eran nuestras comunicaciones? Nada. Éramos un país muy atrasado, que apenas llegábamos a los 4.000 dólares de renta per cápita. Fijaros: ahora estamos, a pesar de la crisis, en 20 o 21.000 euros de renta per cápita. El progreso ha sido absolutamente colosal y me alegro. Aquella era la gran oportunidad que teníamos para modernizarnos. 
Por eso, creo que ahora que hemos festejado los 30 años de democracia, y se ha dicho que esos 30 años son el periodo de tiempo más prolongado de democracia en nuestra historia y más fructífero en términos de paz social, estabilidad, crecimiento económico y social, cosa que es verdad, creo que una parte de ese mérito lo tiene el haber entrado en Europa.


Hablaba de anclajes: fuimos capaces de resolver bastante bien el anclaje en Europa, porque era nuestra responsabilidad. Pero hay un anclaje que no fuimos capaces de hacer bien: el anclaje atlántico. Esa fue la gran contradicción de los socialistas. Dijimos primero no a la OTAN y luego, a través de una pregunta absolutamente extravagante, organizamos un referéndum (en 1986) para permanecer en la organización. 
Nos dimos cuenta, y ahora ya se puede decir claro. Después del golpe de Estado del 23 de Febrero, más otros dos que se pudieron abortar a tiempo, muchísimo más peligrosos, llegamos a una conclusión elemental: ¿por qué nuestros coroneles, nuestros tenientes coroneles, no los mezclamos con los noruegos, con los daneses, con los alemanes, con los ingleses, con los italianos? A lo mejor es bueno que los estados mayores de los ejércitos se formen en Inglaterra
¿Comprendéis lo que quiero decir? Tuvimos que replantearnos en aquel momento toda una operación política que nos desgastó bastante. No lo hicimos bien. Nos la jugamos a un referéndum y menos mal que el liderazgo de Felipe en aquel momento era imponente y la gente siguió ese liderazgo. Si no, probablemente hubiéramos creado una situación de asimetría o de falta de simetría en nuestra política exterior que nos hubiera penalizado enormemente.
Pregunta y reflexión: ¿hemos aprovechado nuestra pertenencia a la Unión Europea? La respuesta es sí, rotundamente sí. La apuesta europea nos ha ido bien. España, además, es un país básicamente europeísta. No hay nadie que se manifieste como euroescéptico. Todo lo más, últimamente, han sido algunas declaraciones de dirigentes importantes del partido popular, con motivo de la crisis griega, que hubiera sido mejor que no se produjeran. 
Pero dicho esto, en términos generales, en el Parlamento español, en las fuerzas sindicales, en fuerzas económicas, entre las gentes de la cultura, de la sociedad, de la universidad no hay ningún discurso que sea clásicamente euroescéptico ni que proclame en ningún caso, yo no lo he oído nunca, la idea de que España abandone la Unión Europea
Eso es bueno porque no se puede olvidar que España es un país periférico. No tengo un mapa, pero España es periférico y del sur. Y un país que es periférico y del sur tiene que tener una tentación permanente para estar muy cerca del centro de las decisiones. Cuando eres periférico, cuando estás en una orilla, procuras tener una representación muy potente allí donde se decide. Porque si no, esa periferia se va acusando, cada vez eres más periférico y cada vez pintas menos. Esto siempre lo tuvimos muy claro. Por ello, tiene que ser una regla de oro en nuestro país, gobierne quien gobierne, mande quien mande. Porque somos periféricos y tenemos una frontera en el sur complicada es muy importante estar en el corazón de Europa. Es una regla elemental.
Las políticas comunes nos han servido para modernizar el aparato productivo y creo que lo hemos hecho francamente bien. Hablaba antes con Miguel Ángel, vuestro alcalde y con Román, tomando un cafetito en el Parador, antes de venir aquí, sobre el tema de Grecia. (1) ¿Ayudamos a Grecia o no ayudamos?
Creo que hemos hecho bien en ayudar por un principio de solidaridad. Pero es que los españoles no deberíamos olvidarnos de algo fundamental: durante todos estos años, los contribuyentes europeos, ciudadanos daneses como vosotros, pero en Dinamarca, alemanes, franceses, luxemburgueses, belgas, y no sigo, que son contribuyentes netos, han estado enviando al Banco de España, al tesoro público, entre 13 y 14.000 mil millones de euros todos los años. Regalados, gratis. Y gracias a eso tenemos los aves. Gracias a esos fondos y al esfuerzo nacional, por supuesto. Sin esfuerzo nacional no se puede hacer nada. 
Pero muchas de las cosas que tenemos ahora aquí se lo debemos a ese principio de solidaridad y de generosidad del tesoro europeo. Tesoro en términos financieros. Fondos del presupuesto europeo que han mandado a España. Eso no lo debemos olvidar. Y no lo debemos olvidar porque España va a salir dentro de dos años del programa de esos fondos. Nos queda hasta el 2012, porque ya somos un país rico, afortunadamente. Hemos mejorado mucho. Incluso, en años muy recientes, pues a lo mejor buena parte de nosotros nos hemos comportado como nuevos ricos. Pero ese no es un tema para debatir hoy. Aunque es cierto que algunas de las cosas que nos pasan ahora es porque hemos actuado más como nuevos ricos, sin pensar en el futuro. 
Hemos sido los principales beneficiarios de los fondos de cohesión y no  nos ha ido mal. Y también hemos sido los segundos beneficiarios de los fondos agrícolas. La modernización que ha tenido nuestro campo, con las políticas comunes, ha sido espectacular. Luego hemos hecho, naturalmente, una serie de esfuerzos en la ordenación de nuestra forma de entender la sociedad, de nuestros negocios, del cambio de mentalidad, que ha sido fundamental.

Me acuerdo cuando vine aquí hace años. ¡Dios santo, el mitin que me hizo el compañero Nieto en la cooperativa! Me acompañaba una compañera de Valdepeñas. Se llamaba Millares, la enóloga, ¿no?
Les dije a los cooperativistas que había que cambiar, que se podían hacer las cosas de otra manera, que se podía hacer buen vino cambiando los procedimientos de la gerencia de la cooperativa, que estaban muy anticuados… Recuerdo que al frente de la cooperativa estaba el compañero Nieto, con su boina. ¡Lo que nos costó convencerles de que había que cambiar!  Fue muy duro, pero se consiguió. Se produjo una adaptación natural de la ciudadanía. Se abría un gran mercado y había que aprender a competir, había que aprender a pelear por nuestros intereses y los intereses de los demás.
Añadiré otra cosa que tiene que ver con la entrada de España en el Mercado Común. Se produjo un cambio de modelo productivo en España. Veníamos de la autarquía  de Franco. Con el dictador, la economía española estaba totalmente cerrada, aquí no podía entrar nadie a vender nada, ni a comprar nada porque estaba todo cerrado, todo protegido, con aranceles del 30 o 40%. No se podía vender, nada, ni una botella de agua de otro sitio, y tuvimos que abrirnos. 
Por ello, la entrada de España en el Mercado Común se recuerda como un éxito, pero ejecutar esa unión nos llevó a veces a tomar decisiones muy complicadas. Porque para cambiar el modelo productivo de un país, hay que tomar decisiones que en ocasiones son muy duras, muy impopulares. Lo digo porque recientemente me invitaron a dar unas conferencias en un universidad de Nueva York para que explicara estas cosas. La pregunta que me hacían era: ¿se puede hacer el tránsito de un modelo productivo a otro modelo, digamos, sin romper un huevo? Es imposible, es imposible. 
Recuerdo mis negociaciones con el comisario Étienne Davignon, siendo yo Secretario de Estado de Relaciones con las Comunidades Europeas y responsable del equipo negociador de la adhesión de España a la Unión Europea. Era tremendo. 
Porque España tenía entonces un serio problema en su aparato productivo. Teníamos una siderurgia vieja, mala. Lo único que producía eran alambrones para la construcción. Había países, como India, Camboya, que competían seriamente con nosotros. Éramos los grandes especialistas de las vigas en forma de t y de u. En Bruselas se nos dijo: señores, si ustedes quieren entrar aquí, tienen que desmantelar todo eso; tienen que ponerse a hacer empresas de automóviles y, sobre todo, introducirse en el mundo de la tecnología, de los aceros especiales, de los laminados en caliente. 
Yo traía de Bruselas todas esas recomendaciones en mi cartera y me tocaba ir a la reunión de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos para decir: “señores, hay que ir a la modernización de nuestro aparato industrial, no podemos seguir haciendo redondos de construcción y alambrón, porque esto es la ruina. 
Recuerdo que tuve que ir a comunicarle al compañero Joan Lerma, entonces presidente de la Comunidad valenciana: Joan, vamos a cerrar Sagunto. Luego fui a Avilés a decir: vamos a cerrar Avilés. Y como teníamos una flota que no sabíamos qué hacer con ella, fui a Ondarroa, donde estaban todos los de Herri Batasuna, a decir: esta flota hay que llevarla al desguace. 
Pero gracias a eso hicimos un país moderno. Por ello, para cambiar un modelo productivo a otro modelo productivo se necesita un proyecto muy sólido y convencer a la opinión pública de que ese salto hay que darlo. 
En estos momentos, con la crisis actual, tenemos que abandonar el ladrillo para ir a otro modelo productivo. Pero, creedme, hay que tomar decisiones rápidas, sabiendo que algunas de ellas, forzosamente, tienen que ser duras. No podemos continuar diciendo: ¿qué hacemos?, ¿qué hacemos?, ¿qué hacemos? El tiempo nos come.
He querido poner este ejemplo porque es verdad que nos modernizamos, pero, ojo, nos costó dos huelgas generales. Y quiero recordarlo ahora: dos huelgas, no porque nosotros fuéramos malos socialistas en aquella época, sino porque inevitablemente había que reformar el país de arriba abajo. Seguro que estáis comprendiendo perfectamente el mensaje que os quiero transmitir. Pero para hacer algo así, se necesita conciliar un relato, un proyecto político, explicar a la gente el por qué no podemos salir adelante sin  esas reformas. 
Eso sí, hay que tomar medidas de compensación social. Ahora que estamos aquí, en Manzanares, acordaos lo que significó la batalla por extender la seguridad social agraria al campo. Es decir, puedes hacer grandes transiciones de tipo económico y estructural de una economía a otra, pero sin olvidar el ámbito social. No lo olvidamos. Se hizo lo que se pudo. Atención pues a esta idea que os deja alguien que ha vivido una situación sumamente ingrata. Pero a veces, en política, tienes que tomar decisiones que son no ya ingratas, sino ingratísimas. Pero hay que hacerlas. Porque fijaos: si no llegamos a hacer aquello, no salimos. Y se hizo en unas condiciones del demonio. Todo aquello coincidió con el secuestro y asesinato del ingeniero José María Ryan (1981) y el posterior cierre de la central de Lemóniz (Vizcaya), donde trabajaba.
Creo que en la situación actual, se puede reclamar a quienes están en el Gobierno o en la oposición,  que hagan un esfuercito para ser conscientes de que las cosas no están bien. A mí, sinceramente, y sin criticar a nadie, sin entrar en polémica, hay que pedir mucho más, hay que exigir mucho más. Porque la opinión pública tiene que estar informada y ser consciente de que probablemente haya que tomar medidas, insisto, no gratas. En aquellos años, teníamos una ventaja: operábamos sobre la unanimidad en el Parlamento. Reconozco que ahora eso no es reproducible.
España además, estuvo en todos los retos. Por eso es bueno que España haya estado también en el reto de la ayuda a Grecia. Estuvimos en el reto del mercado interior sin fronteras y participamos activamente y nos la jugamos. Había que modernizar y se modernizó. Estuvimos en la Unión Económica y Monetaria y, afortunadamente, creo que hicimos muy bien de meternos en el euro, porque la peseta no era una moneda consistente, era una moneda de devaluaciones. Si las pesetas hubieran sido los doblones y los escudos de la edad del oro, entiendo que hubiéramos luchado por ella. Pero la peseta no era una moneda de gran prestigio. Creo que ya podemos decir esto, una vez que ha pasado tanto tiempo.

Luego estuvimos en la puesta en marcha y en circulación del euro. ¡Caray! Me acuerdo cuando se decía: la gente no va a abandonar la peseta, los pobres pensionistas no se van a enterar, la pobre ama de casa, se va a tirar por la ventana, pues irá al mercado y no se va a enterar. 
Pero no pasó nada. Hubo un tránsito más o menos bien explicado y la gente se ha acostumbrado a la nueva moneda. Hoy todo el mundo trabaja en euros, para bien o para mal. Ahí se dio un salto. Quiero deciros algo: ¿sabéis lo que más nos costó?  La gran batalla fue cuando tuvimos que anunciar que el 1 de enero 1993 entraba en vigor del nuevo IVA. A los pequeños y medianos comerciantes de todas las tiendas de España les suponía un elemento de modernización extraordinario: incluir la caja registradora y llevar doble contabilidad, para luego el poder hacer las devoluciones del IVA a Hacienda. Algo que se hace ahora normalmente cuando vas a comprar a cualquier sitio. Te hacen el albarán y luego la factura con el IVA. Todo eso se hace ahora mecánicamente por ordenador. En aquellos años, acordaos, el tendero tenía un alambre doblado en el que pinchaba las notas. ¿Os acordáis de aquello? La gente decía: el país se paraliza, esto no puede ser, esto es un disparate. Pero no pasó nada, y ahora aquellos retos te producen una risa enorme.
Muchas veces tienes que tener el coraje de decir: voy a tirar adelante, aunque se me puedan quedar en el camino dos mil o tres mil personas que no van a ser capaces de seguirme, aunque esas personas se recuperen más tarde. 
Además, estuvimos en la batalla de la Constitución europea. Fue el primer país que la ratificó (20 de febrero de 2005). Desafortunadamente, Francia, luego Holanda y más tarde Irlanda que, como sabéis, le dieron la puntilla. Más tarde hemos estado en el Tratado de Lisboa y lo estamos, lo estamos desarrollando.
¿Cómo resumo la adhesión a Europa en 1986? La adhesión y aquella firma del 12 de junio de 1985, produjo algo rarísimo. Fue uno de esos momentos raros, raros, raros, como decía el papá de Julio Iglesias: raro, raro, raro. Se produjo un momento de autoestima colectiva, algo que es dificilísimo de conseguir en nuestro país. Todo el mundo estaba feliz, todo el mundo se sintió feliz, la gente dijo lo hemos conseguido. Y conseguir en nuestro país un momento de autoestima colectiva es terrible, es complicadísimo. Creo que ese es uno de los grandes defectos nacionales que tenemos. La gente se sintió feliz, se sintió contenta, estamos progresando, lo hemos conseguido, vamos a más. Creo que tuvo mucho que ver mucho el que en aquel momento hubiera un proyecto muy claro para todos los ciudadanos: queremos ser europeos, vamos a por todas y aguantamos los asesinatos y el terrorismo feroz de ETA, los golpes de Estado y lo que sea, porque este país sale para adelante.
Ese es un gran valor, que no se si hemos perdido definitivamente. Pero es un valor que nos cuesta mucho conservar, el valor de la  autoestima colectiva. 
Han pasado veinticinco años y nos encontramos en un momento que yo no me atrevería a calificar, pero que desde luego no es fácil. La historia de Europa se ha hecho progresivamente a través de crisis. Venía una crisis, luego otra y siempre Europa ha emergido y ha sido capaz de progresar de una manera determinante. 
Tuve la fortuna de vivir uno de los momentos históricos mas interesantes de la construcción europea. Fue el periodo de lo que se llamo la gran cabalgada en frase de Jacques Delhors.
Fue la etapa que se corresponde con el Consejo Europeo cuyos miembros se llamaban Khol, Miterrand, Felipe González, Mairtens, Lubbers …. Todos Jefes de Estado o de gobierno, grandes europeístas.  Un consejo Europeo que mantuvo su estabilidad por un período de 10 años y que fue capaz de conseguir grandes cosas. Además, se dio una circunstancia, que fue muy molesta al principio, pero que finalmente generó una situación muy favorable para la UE. Fue el contrapunto de la señora Thatcher. La primera ministra británica siempre estaba en contra de cualquier progreso en el proceso de integración europea y su actitud era tan negativa que terminaba molestando y, disculpen por la palabra, cabreando al resto del Consejo Europeo. Incluso se dio la circunstancia de que la señora Thatcher llegó a regañar a algún jefe de Estado o de Gobierno en el desarrollo de las reuniones. lo que provocaba la reacción del conjunto frente a sus posiciones anti-europeas. 
La actitud de Thatcher terminó por aislar al Reino Unido, y la incorporación al tratado de Maastricht de la cláusula del optim out, -si te quieres quedar fuera del Euro, te puedes quedar, pero nosotros seguimos sin el Reino Unido-, permitió el nacimiento de la moneda única, el Euro.
Y a partir de ahí se hizo el acta única, el mercado interior sin fronteras, Maastricht, el tratado de Ámsterdam, de Niza, la Unión Económica y Monetaria y el principio de la ampliación. Muchos se han preguntado si debían entrar a todos estos países de la antigua órbita soviética. La respuesta es, naturalmente que sí. Porque el elemento central de la Unión Europea es ofrecer estabilidad al continente. 
Les voy a poner una trampa que les hago a mis alumnos. Les digo: dadme el nombre de tres dictadores. Invariablemente, Franco sale el primero, luego, Pinochet, Mussolini, Hitler. A partir de ahí, les pido que me señalen grandezas y miserias de Europa, es decir, lo que ha aportado Europa a la historia: el derecho romano, la filosofía y el primer sentido de la polis y de la política, la democracia en RomaEuropa ha inventado la música sinfónica y la gramática. Europa ha inventado la imprenta y la Ilustración. Hemos hecho la Revolución Francesa, con su bandera de libertad, igualdad y fraternidad. Hemos hecho la revolución marxista, la revolución rusa; hemos descubierto el nuevo mundo; hemos constituido, realmente, una sociedad de valores con la Ilustración y la Declaración Universal de los Derechos Humanos
En fin, Europa he hecho grandes cosas, pero Europa también tiene sus miserias. Hemos inventado la intolerancia, el oscurantismo y no os olvidéis de que ha sido en el continente europeo donde se han desarrollado las ideologías totalitarias, fascistas y nazis. En Europa se ha cometido el mayor crimen contra la humanidad: el holocausto y la limpieza étnica. En Europa creamos la Inquisición. En Europa hemos aprendido a perseguir al otro por su identidad, y hemos empezado a perseguir a los otros por su religión. Hemos echado a los judíos y a los moros. En resumen, hemos hecho cosas buenas y cosas malas.
Las dos guerras más crueles que ha habido en la historia de la humanidad no tuvieron lugar en África, ni en Asia. Sucedió aquí, en Europa: la I y la II Guerra Mundial
Pues bien, el invento de la Europa actual ha servido para frenar todo eso. Desde hace un tiempo, vivimos en Europa en una situación  envidiable: cayó el Muro de Berlín, cayó la Unión Soviética, se colapsó el comunismo… Por ello, había que dar respuesta a esos países que habían estado sufriendo la división del mundo tras el acuerdo de Yalta en la II Guerra Mundial. No se podía decir que no. Porque Europa ha sido un factor fundamental de recuperación de la democracia en nuestra historia reciente. De la misma manera que Europa recuperó para la democracia a Grecia después de la dictadura de los coroneles, que recuperó para la democracia a Portugal después de la dictadura de Salazar, y recuperó luego a España. De la misma manera tenía que recuperar los bálticos. Esa es la historia de Europa. Esa operación había que hacerla porque creo que era la única manera de poder organizar el continente.
Mi punto de vista respecto al futuro ha empezado con esta presidencia rotatoria española de la Unión Europea. Además, se está rodando el Tratado de Lisboa, con independencia de lo afortunado o desafortunado de algunas cosas. Hay datos que apuntan a que probablemente ha habido algunas decisiones poco pensadas. Pero, en fin, se está rodando el tratado, se nombró presidente del Consejo europeo al belga Herman Van Rompuy, y alta representante para Asuntos Exteriores a la británica Catherine Margaret Ashton
Manuel Marín atiende a los periodistas.
La posición que está teniendo la presidencia española me parece muy europeísta y digna de agradecer. Rodríguez Zapatero ha dejado que sean ellos quienes empiecen a trabajar y les está facilitando el trabajo, porque es muy importante que durante este rodaje estas figuras, Van Rompuy y Lady Ashton se consoliden y ojalá se consoliden. 
Ha habido suerte, porque detrás de nosotros vienen los belgas y es otra presidencia, por así decirlo, proeuropeísta. Luego llegará el nuevo gobierno húngaro, en donde hay partidos políticos absolutamente euroescépticos, que probablemente nos creará el mismo tipo de problemas que nos creó la presidencia checa. Eso hay que tenerlo en cuenta también. 
Pero no es el momento de entrar en veredas. Hubo un método que ha dado mucho resultado y que no se debió abandonar: el método funcionalista, sobre el cual se basa la integración europea, la integración política y la integración de la sociedad. Las sociedades funcionan cuando los dirigentes políticos son capaces de crear solidaridades de hecho, que es la palabra entre los ciudadanos. Porque, si se generan solidaridades de hecho sobre intereses, que es una cosa muy legítima, la gente normalmente no se pelea. A nadie le gusta pegarse tiros en los pies. 
Regreso un momento a mis estudiantes y los dictadores. Después de escuchar todas las barbaridades que hicimos, me preguntan: ¿de vedad hemos sido los europeos tan malos en nuestra historia? Pues sí, pues sí. Junto a cosas excelentes, hemos hecho barrabasadas, qué le vamos a hacer. Entonces les hago la siguiente reflexión sobre el tema de los valores.
En  mi larga experiencia de nueve años como Comisario de Cooperación al Desarrollo, me enamoré profundamente de África. Pero, ante el asombro de algunos alumnos, sobre todo los que trabajan en las ONG, quizá porque ha quedado de mí una imagen más o menos razonable, les digo: aparte de lo que he contado del mal que hizo Europa, yo he conocido a las dos más malas personas de mi vida. Eran dos negros.  Pues sí, el tío más malo que he visto en mi vida que fue el general Mobutu y era negro. Y el segundo más malo que me he topado en mi vida ha sido el general Mohamed Aidid, de Somalia Los dos negros. Pero el más malo de todos los que vi, fue a Pol Pot en Camboya
¿Qué quiero decir con esto? Que, en orden a la definición de los valores, los europeos hemos hecho cosas buenas y cosas malas. Pero fruto de toda esa reflexión colectiva y detrás de esas normativas de Europa, que no entiende nadie, hay toda una historia que afortunadamente hemos sabido reconducir. Y es ahí donde quería llegar. Hoy, la Unión Europea es un factor de estabilidad sin ninguna duda en el continente. Y porque existía este factor de estabilidad se pudo derribar el Muro de Berlín, y no pasó nada. Si no hubiera existido este invento europeo, probablemente, con toda esta reversión de fronteras que ha habido, nos habría ido mucho peor. 
Aún así, en 1995 descubrimos con estupor que la limpieza étnica no era solo cosa de hutus y tutsis en Ruanda. La limpieza étnica estaba a hora y media de vuelo desde Madrid, a una hora desde Barcelona y a dos horas de París. La limpieza étnica estaba en Bosnia, y ahí si que perdimos una parte de nuestra dignidad. 
Pero aceptando lo bueno y lo malo, creo que el invento europeo merece la pena vivirse en términos de ciudadanía. La gran pregunta ahora es: ¿por dónde tiene que ir Europa, por donde el mundo, por donde la sociedad? ¿Se tiene que construir a través del liderazgo o a través de instituciones?
Está de moda en España oponer ahora dos legitimidades: la legitimidad democrática, el pueblo, y la legitimidad de las instituciones. Voy a expresar mi criterio. 
Paseando por Nueva York con Virgilio Zapatero, rector de la Universidad de Alcalá, antiguo ministro de la Presidencia y profesor de Derecho Constitucional, que fue invitado conmigo a las conferencias a las que aludí antes, llegamos a una conclusión que las dos somos unos enamorados sin control de la democracia representativa. La democracia deliberativa ha dejado de interesarnos. Prefiero la representativa: te voto y si no me gustas, te quito.  
¿Por qué? Jean Monnet, el gran creador del funcionalismo europeo, el ideólogo y fundador de la Unión europea, dijo una frase rotunda: “los hombres pasan, pero las instituciones permanecen”.  Y para una democracia, y para Europa, las instituciones son básicas, fundamentales. Al final de su vida, cuando dejó de ser presidente de la alta autoridad de lo que entonces era la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, dijo esta frase: “nada se puede hacer sin contar con el hombre, pero nada se puede hacer si no existen instituciones respetadas”. Creo que llevaba toda la razón.
Concluyo con una referencia que suele utilizar habitualmente uno de nuestros ponentes constitucionales, Gregorio Peces Barba, al referirse a los elementos fundamentales de la democracia. Me estoy refiriendo al gran maestro de la politología moderna: Norberto Bobbio.
Norberto Bobbio, decía, atención:  “los pactos de la política, por muy importantes que sean, son precarios y coyunturales por definición; la fuerza de la democracia está en sus reglas y en sus instituciones”. Lo voy a repetir: “los pactos de la política son por definición precarios y coyunturales, la fuerza de la democracia está en sus reglas y en sus instituciones”.
Creo firmemente en eso. Más en un país como el nuestro, que es diverso y complejo. Y por definición, un país que es diverso y complejo tiene que tener reglas muy claras e instituciones que funcionen. Gran parte de lo que está pasando es porque desde la política nos saltamos las reglas con una tranquilidad que da miedo y luego tenemos una institucionalidad pública que está sufriendo enormemente. Esto es lo que explica muchas cosas.
Si hubiera reglas claras y nadie se las saltara, y si hubiera instituciones respetadas e impecables, este país funcionaría mucho mejor y nos ahorraríamos muchas querellas inútiles. Esto vale para España pero también para Europa
Creo que es el momento de hacer un debate de gran envergadura pensando en que seguramente hay que volver a las reglas de la democracia, muy perturbadas hoy algunas de ellas, y dotarnos de una institucionalidad pública potente. 
Porque no es solo el Tribunal Constitucional, es que en España no funciona ningún regulador público. El único que queda es el Banco de España. Hoy el Banco de España es una maravilla porque ha anunciado que hemos crecido un modestísimo 0,1%. Pero si anuncia algo ingrato, decimos que es la muerte pelona. Esto no puede ser. Cada uno tiene que hacer su trabajo y si se tiene que anunciar que pintan bastos, pues pintan bastos. Y si se tiene que anunciar que pintan espadas, pintan espadas.
Espero, y ya termino, que se vuelva a la sensatez. Que nos demos cuenta, sobre todo los dos partidos mayoritarios, tengo que decir que uno más que otro, de que hay que intentar recuperar rapidísimamente las reglas de comportamiento de las democracias. Esto es muy importante. Que se sepa respetar a las instituciones y que al frente de las instituciones haya gente impecable que no acepte el mando a distancia que es manejado desde el Gobierno, y yo sé de lo que hablo. Que sepa parar los pies a la oposición, esto también es muy importante. Porque si no, entraremos es una espiral que no va a ayudar a nadie. Creo que me estáis comprendiendo perfectamente. Esto es algo que la ciudadanía debería decir a los dos partidos mayoritarios: hemos llegado a un punto en el que no podemos seguir así.
Hace poco me invitó Jordi Pujol a ser su contrapunto en Esade (Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas), la escuela que va a dirigir Javier Solana. Yo le dije a Pujol ¿por qué no hacemos, honorable, una lista de los rotos, de las goteras que todos hemos creado en el sistema de institucionalidad pública española?
A mí, ese tema, me parece básico, porque en estos 30 años, que son nueve legislaturas, en estas nueve legislaturas, solamente en tres ha habido mayoría absoluta de partidos estatales. Tres. En las otras seis, han gobernado partidos estatales con apoyos de gobierno por legislatura, o con pactos de legislatura, o con pactos puntuales. Entonces, tanta o más responsabilidad tienen los partidos estatales como los partidos nacionalistas en los rotos y en las goteras que existen en el entramado público español. Esto no se puede negar.
De la vida de nuestra democracia, en 30 años, el 30% es responsabilidad absoluta del PSOE y del PP. Hasta ahí llegamos. Pero el otro 70%, cuando menos, es responsabilidad compartida. Esto es innegable.
Si uno empieza a sacar la lista de los rotos y de los descosidos, hay rotos y descosidos que ha hecho el PSOE, públicos y notorios, que no necesito recordar. Rotos y descosidos que ha hecho los PP. Pero algún roto han hecho los nacionalistas, que no necesito citar, pero que está en la memoria de todos. 
Entonces, esto se puede arreglar de dos maneras: con la recriminación permanente y aludiendo al precedente de lo que tú has hecho contra mí y yo contra ti, con lo cual no arreglamos nada, o nos paramos un ratito, nos ponemos a pensar, nos pacificamos y decimos: ¿se puede tener en España una institucionalidad pública que muchas veces responde más a criterios de la democracia cristiana-italiana de los años sesenta con el famoso manual de Cencelli?
¿Sabéis lo que es el manual de Cencelli? Italia destruyó su institucionalidad pública y por eso el modelo italiano se basa en una potentísima sociedad civil. Ellos tienen sus armanis, tienen Fiat… Es una sociedad que va sola. Mientras, los políticos se pelean en el Palacio Chigi, sede del Gobierno. Así se generan los Berlusconi y cosas de esas, gentes muy extravagantes, ¿no?  
Yo no quisiera este modelo para nuestro país. Y voy al manual Cencelli: en los años sesenta, un funcionario de la Democracia Cristiana se inventó ese manual para repartir los cargos públicos según los votos obtenidos por cada partido. Hizo un gráfico de todo el Estado: Congreso, Senado, poder judicial, Consejo de Estado, Consejo Constitucional y puntuaba cada organismo. Los grandes Ministerios, de Exteriores, de Justicia, valían 10. Los ministerios secundarios, 8… Así sucesivamente. Se hacían lotes y se distribuían entre los partidos, según sus resultados electorales. A eso se le llamó la lotizacione. El reparto del poder en lotes.
¿Cuál ha sido el resultado de la aplicación de los lotes en la institucionalidad pública española? No digo más, no digo más, porque eso explica gran cosa de lo que está pasando. Este sistema lo han sufrido otros países y se ha demostrado que el sistema de lotes no es bueno. 
Quiero decir que no hay que dejar a los corporativismos que se expresen. Hay que hacer reglas, hay que respetar las reglas, hay que poner al frente de las instituciones a gente con la suficiente solvencia, serenidad, categoría moral y autoritas para que las Instituciones Públicas, estén al servicio de los ciudadanos, al servicio del Estado
Bueno termino con este punto y esto vale no solo para España. Vale para muchos países europeos. Por ejemplo, si el señor Van Rompuy no es bueno, no se le discute, pero cámbiesele. Pero Europa necesita reglas e instituciones,  porque si no, como dicen en Italia, terminas siendo l’Armata Brancaleone, esa película maravillosa. 
Nosotros diríamos que al estilo del ejército de Pancho Villa
Gracias.
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Notas a pie de página
(1) Esa mañana del día 7 de mayo, el periódico EL PAIS titulaba en su primera página: La crisis griega y órdenes erróneas provocan el pánico en Wall Street. Los líderes del Eurogrupo aprueban hoy el rescate a Grecia.
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